Antonio Mercader
Antonio Mercader

¿La Constitución tiene la culpa?

Como no puede cambiar una realidad cada vez más adversa para sus intereses el Frente Amplio quiere cambiar la Constitución. Es un rasgo típico del subdesarrollo creer que así se solucionan los problemas del país. Ni la crisis económica, la inflación o la inseguridad se arreglan discutiendo artículos constitucionales. Pero la tentación de diseñar en el papel un país imaginario está presente en una izquierda que persiste en su idea fundacional: la de borrar la obra de los partidos tradicionales y empezar de nuevo.

Como no puede cambiar una realidad cada vez más adversa para sus intereses el Frente Amplio quiere cambiar la Constitución. Es un rasgo típico del subdesarrollo creer que así se solucionan los problemas del país. Ni la crisis económica, la inflación o la inseguridad se arreglan discutiendo artículos constitucionales. Pero la tentación de diseñar en el papel un país imaginario está presente en una izquierda que persiste en su idea fundacional: la de borrar la obra de los partidos tradicionales y empezar de nuevo.

Decía Hannah Arendt que “el acto de fundación se identifica con la elaboración de una nueva Constitución en tanto la convocatoria de Asambleas Constituyentes ha llegado a ser la nota característica de la revolución”. Así, nuestros aspirantes a revolucionarios quieren reemplazar la actual Constitución porque, según ellos, “fue redactada para defender el derecho de propiedad” y hacerlo prevalecer sobre los demás derechos. Pretenden establecer nuevas formas de propiedad como “la social, comunitaria y cooperativa”. La propiedad privada les gusta poco.

Aunque con lo dicho alcanza para alarmarse, el Frente Amplio plantea más reformas riesgosas, entre ellas una que modifique la estructura del Poder Judicial para quitarle, entre otros atributos, la posibilidad de declarar la inconstitucionalidad de leyes mal hechas. Hay otras iniciativas como la habilitación del voto de los uruguayos en el exterior, vieja aspiración (inconstitucional) de la izquierda. Y una de la que se habla poco pero que es quizás la madre del borrego: la eliminación del balotaje para que el Frente Amplio pueda conservar el poder si en las próximas elecciones se convierte en la minoría mayor.

Es claro que sobre la marcha brotarán proyectos reformistas de todos colores pues se sabe que comenzar estos procesos de cambio constitucional es como abrir la caja de Pandora. De allí puede salir cualquier cosa, sobre todo si el camino de la reforma es convocar a una Asamblea Constituyente, lo que implica realizar el año próximo las elecciones de 260 convencionales y ponerlos a deliberar por su cuenta. Habrá propuestas de todo tipo para llenar la Constitución con nuevos derechos y generosas concesiones que luego se verá si pueden cumplirse. Pero para un auténtico revolucionario esos detalles prácticos son lo de menos.

No todo el Frente Amplio adhiere al jubileo que significa la apertura de un proceso reformista. Hay quienes discrepan con propiciar la reforma, caso de Asamblea Uruguay. Y están los reformistas que le temen al caos creativo de una Constituyente y prefieren presentar, con las firmas del 10% del electorado, un proyecto para plebiscitarlo en las elecciones de 2019. Pero en cualquiera de los casos el debate sobre una nueva Constitución se mezclará con el discurso de los candidatos y los programas partidarios. El resultado será una gran confusión.

Esto último es peligroso: que el sistema político se la pase discutiendo los artículos de la Constitución mientras el país se cae en pedazos. Aunque tal vez eso sea lo que están buscando ciertos reformistas: proyectar una Constitución revolucionaria que si no se aprueba al menos servirá para desviar la atención sobre los problemas reales del país.

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