Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Yo no acuso

Mientras se decreta la esencialidad de la enseñanza, en los juzgados se acopian contradictorios testimonios sobre el pasado reciente y los maestros cuelgan sus túnicas como pendones de guerra, ilustres intelectuales van muriendo, uno tras otro, cerrando el ciclo de la célebre generación del 45. Quiero creer que esa coincidencia no será en vano.

Mientras se decreta la esencialidad de la enseñanza, en los juzgados se acopian contradictorios testimonios sobre el pasado reciente y los maestros cuelgan sus túnicas como pendones de guerra, ilustres intelectuales van muriendo, uno tras otro, cerrando el ciclo de la célebre generación del 45. Quiero creer que esa coincidencia no será en vano.

El término intelectual, acuñado en Francia a fines del XIX, durante el “affaire Dreyfus”, adquirió un creciente prestigio derivado de la actitud proactiva de esas inteligencias inspiradas en el “Yo acuso” de Émile Zola.

Montevideo supo ser “la ciudad de los círculos” intelectuales cuando despuntaba el siglo XX. Se formaban ruedas en torno a estudiantes, gente de teatro, periodistas y autores que se daban cita en tal café o en tal tertulia. La discusión, la consulta, el aparte, la lectura de una primicia, la cátedra, implicaban largas horas de vigilia, humaredas y manifiestos artísticos. Florencio Sánchez, Roberto de las Carreras, Horacio Quiroga, Herrera y Reissig, Alberto Zum Felde y tantos otros, buscaron sacudir la modorra de la pequeña aldea con rebeldes vanguardias y cierta dosis de dandismo.

Cuando apareció “Marcha”, se abrió el taller Torres García develando la estructura constructiva de la realidad y, en literatura, la voz desesperanzada de Onetti produjo “El Pozo”, una generación nueva se abrió paso. La del 45 tuvo sus círculos de conversación, pero sobre todo escribió: crítica musical y teatral, periódicos, revistas, semanarios, libros. No tenían la misma identificación política, pero sí modalidades de abordaje en común: la vida urbana (y no el campo al que le había cantado la tradición); lo cotidiano en su nimiedad (y no los escenarios heroicos de las gestas); la argumentación documentada y el distanciamiento implacable respecto a aquel optimismo complaciente del “como el Uruguay no hay”. Lo nuestro -decían, pensaban- es el rigor crítico.

Después, varios de ellos y algunos de los nuevos valores que surgieron hacia los ’60, abrazaron la causa de la liberación de los desposeídos. Galeano y Benedetti se constituyeron entonces en los intelectuales por excelencia y la utopía en una meta instrumental. Se sucedieron más tarde los exilios, las literaturas carcelarias y -con la recuperación democrática- los sitiales de reconocimiento.

La condición humana no es la naturaleza humana, ya lo dijo Hanna Arendt. La política no es esencia en el ser humano, sino un espacio de relación que moldea su naturaleza. Los intelectuales no pueden ni deben renunciar a accionar en esa esfera. Pero ellos, que aportan elementos riquísimos para la comprensión de la realidad, deben -más que ningún otro sector de la sociedad-, renunciar a la idea de “verdad” como revelación de sentido. A la idea de que hay cosas, hombres, instituciones, que tienen una validez que está más allá de la discusión. La verdad así entendida tiene un carácter despótico, antidemocrático y antipolítico.

Es probable que los intelectuales uruguayos de hoy ya no crean que la poesía es un arma cargada de futuro. Me produce cierta ilusión pensar que los últimos acontecimientos les harán abandonar las oficialidades burocráticas y los despachos, para volver a la creación irreverente, al camino que no tiene pausa ni más meta que sí mismo: el de la pluralidad.

Tengo un amigo intelectual que dice que los intelectuales ya no existen. Pero yo soy optimista.

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