CUBA

Masonería cubana, sobreviviente de la revolución de Fidel

La institución tiene 150 años en la isla; funcionan 321 logias.

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Cuesta: el primer negro en llegar a Gran Maestro en Cuba. Foto: AFP

Vestido impecablemente de blanco, con collarín y mandil, cruza las columnas de Salomón, sube los siete escalones simbólicos: Lázaro Cuesta es el primer negro que alcanza la dignidad de Gran Maestro de la Gran Logia de Cuba en 150 años. La institución supo tener entre sus filas nada menos que a José Martí.

A los 72 años de edad y 50 de masonería, Cuesta es uno de los sobrevivientes de una tormenta que estigmatizó a los masones desde el triunfo de la revolución de 1959 hasta 1990. "Superamos una crisis en principio de las décadas de años 60 y 70 (...) una gran cantidad de hermanos masones decidieron dejar el país por una razón u otra, y la masonería quedó deprimida", dice.

Colonos franceses llegados desde Haití a finales del siglo XVIII fundaron las primeras logias. Tuvieron un duro siglo XIX por su actividad independentista frente a la corona española y alcanzaron su esplendor en la primera mitad del XX.

Ser masón en los 60, cuando la revolución abrazó el ateísmo, "era pecado", recuerda Juan Antonio Vélez, mulato de 90 años, con 55 en la masonería. Ingresó en la masonería dos años después del triunfo de la revolución.

En abril de 1961 Fidel Castro se declaró socialista, nacionalizó la enseñanza y promulgó una reforma urbana, cortando las fuentes de financiamiento de los masones y las iglesias. Cuba fue el único país socialista "donde continuaron funcionando y trabajando los talleres masónicos", dice el historiador Eduardo Torres-Cuevas, director de la Biblioteca Nacional.

Ser creyente, masón, no era un delito, pero sí un estigma que limitaba el acceso a puestos del Estado, el empleador del 90% de los cubanos.

"Muchos hermanos tuvieron que dejar la masonería, se les aflojaron las patas, porque si estabas en la masonería no podías trabajar", dice Vélez en su casa, rodeado de atributos de Shangó (Santa Bárbara).

De 34.000 miembros, la Gran Logia quedó en 19.500.

Vélez montó un puesto de comida callejero hasta 1968, cuando la "ofensiva revolucionaria" terminó con los negocios privados. Cultivó café en un plan estatal, trabajó en una fábrica de tamales. En 1972 se colocó, gracias a un "hermano", como recepcionista en una "posada" (motel) hasta 1994, cuando se jubiló.

En 1991 el Partido Comunista de Cuba (PCC) se abrió a los creyentes y miembros de fraternidades. "Fue liberada la fe", dice Cuesta.

Masones, católicos, protestantes y cultos africanos vieron crecer sus filas, incluso con militares y militantes del PCC, los sectores más "duros".

"Una gran cantidad de hombres jóvenes se interesaron en ingresar a la masonería (...) y ha habido un notable crecimiento", hasta llegar a los 27.800 actuales, integrados en 321 logias, señala. Pero el renacer no trajo recursos. "Somos una masonería pobre", comenta Leonardo Hernández, economista jubilado de 82 años. Militan por un "reconocimiento social", ético y moral, y practican la solidaridad. "Yo me enfermo y siempre hay un masón al lado mío", añade.

En el techo del salón están representados el día y la noche. El piso es blanco y negro.

Hay estatuas de Venus (belleza), Atenea (sabiduría) y Hércules (fuerza). Una piedra sin labrar simboliza a los aprendices; una angulosa, a los ya formados.

El Gran Arquitecto, representado por un ojo omnividente, es el supremo hacedor y cada quien le rinde culto según sus creencias. Con el gobierno "son relaciones respetuosas (...) pero consideramos que pudiera existir una posibilidad mucho más amplia", opina Cuesta, quien confía en que la masonería cubana seguirá su remontada.

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