decreto implica un nuevo paso hacia canonización del primer obispo uruguayo

Jacinto Vera ya es un "Venerable"

El papa Francisco declaró ayer Venerable al primer obispo uruguayo, Jacinto Vera, cuando se cumplieron 134 años de su fallecimiento, en Pan de Azúcar.

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Jacinto Vera: dos tribunales de Roma estudiaron sus virtudes y aprobaron nombramiento.

El reconocimiento destacó sus "virtudes heroicas". La Iglesia católica en Uruguay celebró este significativo paso hacia la beatificación y canonización del obispo misionero con misas en las catedrales y parroquias de todo el país.

El decreto con el que Jacinto Vera fue declarado "Venerable" se firmó en la audiencia que concedió el Papa al Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, arzobispo Angelo Amato. El camino hacia la santidad tiene varios escalones.

Jacinto Vera es considerado el padre de la Iglesia en el Uruguay, fundador del clero nacional, organizador del laicado y de la prensa católica, y promotor de la enseñanza religiosa.

Hasta el nombramiento que realizó el papa Francisco, Jacinto Vera fue llamado "Siervo de Dios". Este título se otorga cuando comienza oficialmente la causa de un "candidato a la santidad", después de que la Santa Sede autoriza la apertura del proceso, ya que comprueba que el candidato tiene "fama de santidad". Luego se estudia en profundidad su trayectoria para comprobar que ha vivido heroicamente las virtudes humanas y cristianas.

Esto quiere decir que lo ha hecho con una fidelidad que va más allá de lo común y supone una repuesta generosa a la Gracia de Dios.

Estas virtudes "humanas" son las clásicas del mundo griego: prudencia, fortaleza, justicia y templanza. A ellas se suman las virtudes cristianas de la fe, la esperanza y el amor.

Si tal conducta se comprueba después de pasar por dos tribunales, el Santo Padre firma el decreto que declara al siervo de Dios como Venerable.

Después pasa a ser beato y, finalmente, santo. Para que un venerable sea beatificado es necesario que se haya obtenido y ratificado un milagro debido a su intercesión. Para que sea canonizado debe darse un segundo milagro después de ser proclamado beato.

Vida y obra.

Jacinto Vera, el primer obispo y padre de la Iglesia del Uruguay nació el 3 de julio de 1813 durante el viaje de su familia, que había decidido emigrar hacia Uruguay. A los 19 años, después de una tanda de ejercicios espirituales, sintió el llamado al sacerdocio.

Luego de los estudios de Teología en el seminario de los jesuitas en Buenos Aires, en 1841 Jacinto Vera resultó ordenado sacerdote.

De regreso a su patria, es nombrado teniente cura y después párroco de Canelones.

En 1859 es designado Vicario Apostólico del Uruguay y empieza una difícil tarea de organización de la Iglesia en todo el territorio nacional.

En 1865 es consagrado obispo pero recién en 1878 se crea la diócesis de Montevideo (que abarcaba todo el país) y monseñor Vera es nombrado como su primer obispo.

En 1870 participó en el Primer Concilio Vaticano. Diez años después inauguró el primer Seminario de Montevideo.

En tiempos con pocos caminos y puentes, recorrió más de cuatro veces el país, haciendo unos 150.000 kilómetros en viajes misioneros. Murió el 6 de mayo de 1881, en una posada del pueblo Pan de Azúcar.

Conflictos.

Jacinto Vera, quien apoyó el retorno de los jesuitas al Uruguay, y propició la presencia de los salesianos después de mantener correspondencia epistolar con Juan Bosco, padeció el destierro en Buenos Aires, desde el 8 de octubre de 1862 hasta el 23 de agosto de 1863. Después de este episodio que se conoció como "conflicto eclesiástico", Vera consiguió la libertad en los nombramientos, medida que tenía por objetivo mejorar la atención general y el gobierno del clero, seleccionando a los párrocos sin las presiones sociales y políticas.

Un semestre antes de ser nombrado obispo, en diciembre de 1864 Jacinto Vera socorrió a las familias refugiadas en la Isla de la Caridad, durante el sitio de Paysandú.

Y en 1871 llevó adelante una misión de paz entre el general Timoteo Aparicio y el ejército gubernista del presidente Batlle, aunque fracasó su mediación y no pudo evitar la batalla de Manantiales.

Mientras este año se cumple el sesquicentenario de la ordenación episcopal de Jacinto Vera, y ante el reciente nombramiento como Venerable, desde la oficina de prensa de la Congregación Episcopal se rememora que "a lo largo de la vida afrontó con decisión y audacia su tarea de pastor. Sufrió diversas contradicciones, fue exiliado por el gobierno, regresó sin ánimo de revancha y buscó siempre la reconciliación y la paz entre los orientales. A su muerte el país se paralizó y gobierno y pueblo le tributaron sentidos honores. Había muerto el oriental más querido en la segunda mitad del siglo XIX".

En el libro de Francisco J. Pose se recuerda que día y noche miles de personas —que dicen deberle algún favor— acompañaron el cadáver del pastor desde Pan de Azúcar a Pando, de allí hasta Toledo, y después hasta el templo del Cordón, en cuya sacristía fue embalsamado el cuerpo.

"El corazón queda en dicha iglesia, y el cuerpo es conducido en apoteosis a la Catedral".

En el atrio de esta, Juan Zorrilla de San Martín lo despidió en nombre del Club Católico. El poeta dijo: "Ha caído, señores, como él lo presentía, como él lo anhelaba: en actitud de apóstol, andando, abrazado a su cruz en medio de nuestros campos desiertos, mártir de su deber de caminante".

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