NOMBRES

Un hit de la moda y el reciclaje

Amanda Rilley enseña a niños y adolescentes a fabricar su ropa a partir de prendas y telas que nadie usa. Su libro es best seller y sus talleres tienen lista de espera.

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Desde el primer día los adolescentes se sumaron a la iniciativa. Foto: Anthony Lysycia

Un día de junio de 2009, la diseñadora de moda Amanda Riley salió de su casa en el barrio de Notting Hill, en Londres, a pegar carteles en los árboles. Era verano y en ellos promocionaba su nuevo proyecto: Fashion Factory, un workshop dirigido a adolescentes para enseñarles a hacer ropa a partir de prendas o telas viejas.

Era una idea por la que estaba apostando todo. En su casa desarmó su living, puso grandes mesas y compró varias máquinas de coser. Por eBay compró un container de una tienda de costuras que había cerrado, y que traía cientos de agujas, hilos, cierres, cintas, etcétera.

Tenía todo listo para la convocatoria del primer día de Fashion Factory, y ocurrió algo que la sorprendió: llegaron más de 50 niños y adolescentes. Dos semanas después la editora internacional de Vogue, Suzy Menkes, estaba tocando la puerta de su casa de la mano de su nieta para que entrara a su taller.

"Quise hacer este proyecto porque sentía que hay tantas cosas en el mundo que ya no se necesitan y que se tiran; mejor seamos creativos y hagamos algo con eso. Además, en las escuelas del Reino Unido están sacando todas las materias creativas, y creo que es algo que los niños necesitan para sus vidas", dice Amanda al teléfono.

Desde que comenzó ese día de junio de 2009 no ha habido ningún momento en que no haya lista de espera para los workshops de Amanda. Sin tener ni siquiera página web, los adolescentes londinenses llegan ahí por el boca a boca. Dice que le gusta hacerlo en su casa porque es más acogedor y seguro, y que por cada taller —hace siete a la semana— trabaja con cinco jóvenes durante dos horas, en las que hacen de todo: vestidos a partir de antiguos jeans, poleras hechas con la camisa de trabajo de sus padres, faldas creadas con una sábana vieja o lo que se les ocurra.

Todos los años organizan el Fashion Factory Fashion Show, un desfile en el que cada alumno desfila su propio outfit, y en el que en primera fila hay editores de Vogue y otros personajes de la moda londinense. Ha sido tal el éxito que Amanda lanzó en 2015 un libro en el que explica de manera sencilla cómo hacer la propia ropa a partir de prendas que nadie usa. Un libro que en Inglaterra se transformó en un best seller.

Amanda siente las ganas de "hacer cosas" desde que era niña. Creció en un pueblo llamado Rugby, a 160 kilómetros al Norte de Londres, y en su casa veía cómo su madre les hacía la ropa a ella y a su hermana. Su padre trabajaba con madera y su abuela solía estar usando una máquina de coser. Ella le enseñó a usarla, y Amanda comenzó a practicar, hasta que a los ocho años hizo su primer vestido.

"Cuando yo era chica, en los años 70, era una época muy creativa y yo veía que mucha gente estaba haciendo cosas. Me acuerdo que veía un programa de televisión que se trataba de pintar y dibujar, y también había otro sobre un diseñador de moda, que me encantaba y yo decía quiero hacer eso", cuenta.

Después de su primer vestido fue a comprar moldes para intentar hacer otras prendas. Sin tutoriales de Internet, solo haciendo y haciendo, Amanda comenzó a aprender.

"Cuando crecí no teníamos mucho dinero; entonces, la única manera de tener lo que quería era si yo lo hacía. Para conseguir las telas iba a ventas de ropa de segunda mano, compraba looks vintage y los cambiaba y actualizaba, o también me gustaba comprar cortinas y hacer ropa con eso", dice.

De a poco, a sus familiares y amigos les empezó a gustar la ropa que Amanda llevaba puesta, y que ella misma se había fabricado. Se acercaban y le pedían: ¿Me podés hacer un vestido como el tuyo?, Me gustaría tener una chaqueta igual, pero en otro color. Así, a los 14 años, tuvo su propio negocio, en el que vendía ropa a sus cercanos. Dos años después decidió dejar el colegio para sacar un diploma en moda.

"Era lo que quería hacer, y mis padres en realidad no podían detenerme. Creo que ellos estaban felices de que sabía lo que quería. Pero la verdad es que en ese tiempo yo ya llevaba ocho años cosiendo, diseñando y dibujando. Sabían que era mi pasión desde muy chica", recuerda.

A los 18 años, una vez terminado su diploma, quedó aceptada en la Escuela de Modas de Kingston University, una de las más prestigiosas en ese momento. Recuerda que estudiar ahí le costó mucho, porque el nivel era muy exigente, pero que gracias a eso logró salir titulada con un portafolio profesional que le permitió encontrar trabajo muy rápido en una marca de ropa en Milán.

Entró directo al mundo del fast fashion, en el que la ropa se produce en masa y de baja calidad. Trabajó durante dos años en Milán y luego se fue a Hong Kong. Allí nunca pudo aplicar lo que hacía desde niña.

"No había ningún tipo de reciclaje, todo eran nuevas telas. Cuando estaba en Hong Kong, trabajé en producción en masa, con volúmenes muy grandes que eran enviados a América. Vendíamos quinientas mil piezas de un mismo tipo. También viajaba a China, Taiwán y la India, y pude ver cómo usaban químicos, cómo mataban telas, y todos los procesos por los que las prendas pasaban para ser presentadas".

Pero después de unos años comenzó a molestarle el método de producción de la industria. Sentía que no estaba haciendo un aporte. "Me empecé a sentir incómoda trabajando en ese mundo, sobre todo cuando nació mi hijo. Ahí realmente abrí mis ojos respecto a los efectos dañinos del fast fashion. Me hice más consciente del medio ambiente, del aire que mi hijo estaba respirando y cómo estábamos afectando el planeta", dice.

Entonces, decidió renunciar a ese mundo y crear su propia marca, dirigida a mujeres y niños, y que buscaba destacar la calidad en vez de la cantidad. Y le empezó a ir bien. Tenía su propia tienda en Londres y además distribuía sus colecciones a otras 50 tiendas. Pero después de un tiempo se dio cuenta de que pasaba la mayor parte del tiempo frente a un computador y quiso cerrar ese proyecto. "Me encontré a mí misma sin tiempo para ser diseñadora. Decidí entonces que no quería crear más cosas para este planeta, ya había suficiente". Y así nació Fashion Factory. Para seguir haciendo cosas nuevas, Amanda está constantemente recorriendo las ferias independientes para comprar a un precio muy barato jeans, poleras y todo tipo de ropa que ya no se usa. También está muy conectada con las tendencias para crear prendas que a los niños les interesen.  

GENERA MAYOR CREATIVIDAD.

"Esto es lo que me hubiera gustado que me enseñaran".

Después de pasar por varios años por la industria del fast fashion y de hastiarse de ella, Amanda comenzó a gestar la idea de su nuevo proyecto: Fashion Factory.

"Empecé a pensar que me gustaría enseñar a niños cómo reciclar, a usar lo que tienen y enseñarles a hacer ropa. Algo que me hubiese gustado que me enseñaran a mí cuando niña. Quería que se empezaran a dar cuenta cuánto trabajo cuesta hacer una prenda y ojalá tratar de educarlos para que no compren ropa y luego la tiren. Así, tal vez entenderían que es bastante importante no usar las prendas de esa manera", dice. Además de ayudar al medio ambiente y desarrollar la creatividad de los niños, Amanda cuenta que mejora mucho la autoestima de los adolescentes. De hecho, dice que a muchos de sus alumnos los paran en la calle y les preguntan: ¿Dónde compraste eso?, y ellos responden Yo lo hice. A veces, señala, incluso les han ofrecido comprarles sus creaciones. "Mis alumnos ya entendieron que es mejor para el ambiente si ellos no siguen comprando en Prime Mark, por ejemplo, y además se sienten muy felices de haber creado algo", concluye.

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