con rita fischer

"Hay un espacio donde no tengo miedo"

La artista uruguaya confiesa su arte y sus caminos creativos.

Rita Fischer (Foto Irina Raffo)
Rita Fischer (Foto Irina Raffo)
Rita Fischer (Foto Irina Raffo)
Rita Fischer (Foto Irina Raffo)
Rita Fischer (Foto Irina Raffo)
Rita Fischer (Foto Irina Raffo)
Rita Fischer (Foto Eduardo Baldizan)
Rita Fischer (Foto Eduardo Baldizan)
Rita Fischer (Foto Eduardo Baldizan)
Rita Fischer (Foto Eduardo Baldizan)
Rita Fischer (Foto Eduardo Baldizan)
Rita Fischer (Foto Eduardo Baldizan)
Rita Fischer (Foto Eduardo Baldizan)
Rita Fischer (Foto Eduardo Baldizan)
Rita Fischer
Rita Fischer

En invierno de 1997 me topé, paseando por la feria Tristán Narvaja, con una muchacha flaquita, alumna del taller Clever Lara, que vendía dibujos sentada en un cajón. Mientras yo los iba pasando, ella me señalaba salpicaduras de pintura y rastros de otros materiales caídos sobre las hojas Canson donde, antes o después, había dibujado. Elegí dos acuarelas de una mujer desnuda de rasgos difusos. Le pagué 50 pesos y pregunté si me las podía firmar, a lo que ella tomó un lápiz mecánico y escribió un minúsculo “Rita”. En los veinte años transcurridos desde entonces, Rita Fischer (Young, 1972) se afirmó públicamente como artista. Recibió premios, vivió más de una década en París y Berlín, da clases, expone, y sigue empeñada en cultivar su curiosidad e inquietud. Pero de una forma muy suya, muy particular.

— ¿Qué impulso, instinto o necesidad satisfacés al pintar?

— Es variado, nunca es una sola cosa. Yo trabajo por series: cada serie es diferente, y los sentimientos y necesidades que cubre son diferentes también. Hay obras que son más disfrutables en el proceso, en lo experimental, en el dejarte ir. Y hay otras en las que el proceso no me interesa tanto, y lo que quiero es ver el resultado. Hay series, por ejemplo “Ningún lugar”, expuesta en el Museo Nacional de Artes Visuales, donde todo puede pasar. No tiene límites muy concretos, está compuesta de pinturas, pequeños dibujos y una instalación, pero en realidad es una sola obra. Hay partes que son muy físicas, porque mis instalaciones son muy de meterse en la materia, con el cuerpo, con la gestualidad, con la sensación corporal. En ese sentido yo pienso que uno crea con todo: tenemos ojos, cerebro, tripas, brazos, piernas, piel. Cuando estoy armando una instalación hay posiciones del cuerpo que me hacen sentir una cosa, y si cambio de posición la emoción es diferente. Al crear esas obras hay como una inquietud, porque estoy buscando: miro cosas, voy para allá, voy para acá, estoy muy excitada. Y luego hay otro tipo de obras, como mis dibujos, que son unos dibujitos chiquitos, mínimos, pero recomplejos, de una realización muy minuciosa, que me implica estar sentada, concentrada sólo en eso, en un viaje donde nada me distrae. En esos momentos no pienso, y mi mente no está en nada que no sea ver esa línea que se está haciendo. Estoy completamente en ese instante, sin ninguna proyección. No sé para dónde va a ir la cosa, ni dónde va a terminar. Sólo sé que estoy dibujando una línea.

— Precisamente, en ese instante, ¿qué instinto satisfacés? Porque hay algo que recorre todo lo que contás, una cosa muy básica, factor común a todas tus obras. ¿Qué es ese impulso?

— No estoy segura. Creo que es como una necesidad. Y no sólo de hacer algo, también de comunicar algo. O sea que hay dos necesidades, dos tipos de intención. Está la intención interna, tu necesidad intrínseca, y hay otra que es como externa, lo que vas a comunicar. En mi caso hay una fusión entre ambas, experimento las dos cosas. Y otra cuestión que veo es que pienso mucho en la gente. En cierto sentido es muy generoso lo que hago, porque mi obra es para todo el mundo. Todos pueden involucrarse al verla, o al menos sentir que están entrando en algo. A lo mejor no la comprenden mucho pero por lo menos se pueden sentir atraídos. Tiene algo popular, de algún modo, a pesar de que es compleja.

— ¿Qué es para ti la belleza?

— Esa es una pregunta muy amplia, como para escribir una tesis, no te la puedo contestar así, en un rato. Para mí la belleza implica algo bueno y algo malo. Hay un poema de Baudelaire, “Himno a la belleza”, que plantea si la belleza vendrá del cielo o del infierno. Y de algún modo, como dice Baudelaire, es las dos cosas juntas. Tiene algo de sublimación, de angelical, porque es muy disfrutable. Y tiene algo un tanto demoníaco, de perversidad, porque lo extremadamente bello, la perfección, toca lo diabólico, no podés quedarte sólo con eso. En definitiva, yo no sé exactamente qué es lo bello, sólo puedo decir que es algo que te atrae. Y querés estar, te seduce.

— El asunto es que tus obras no parecen buscar lo lindo, lo bello, en el sentido más convencional. Y aún así, como tú decís, le pueden gustar a todo el mundo. Entonces ahí hay una complejidad de lo bello.

— Ahí hay una complejidad de lo bello, sí.

— Además hay cosas que pueden ser bellas para uno y feas para otro.

— La belleza es algo que también está en el mirar, en la mirada de cada uno, es súper personal. En mi caso, yo utilizo la belleza, a mí me gusta hacer cosas bellas. Y no bello en el sentido más decorativo. Pero es cierto que mi obra es muy seductora. No sé si es bella o no, pero sí es seductora. Y eso a su vez sí lo puedo asociar con cierta belleza. Porque incluso también se puede encontrar belleza en cosas feas. Entonces para mí belleza es lo que te atrae, por más que sea feo. Porque tiene un aura que te proyecta algo que te mueve, que te hace sentir. Para mí eso es bello. Para Francis Bacon bello era un pedazo de carne colgado de un gancho de carnicería. ¿Y qué hay de bello en eso? Cuando ves un cuadro de Bacon tiene una atracción extraña. Capaz que no es lindo, pero yo lo considero bello.

— Bueno pero es que aun si tú hicieras un arte feo, y todo el mundo lo considerara feo, igual podrías tener una opinión sobre qué es la belleza, que es la pregunta que te hago.

— Para mí la belleza es… la naturaleza. Algunas personas son bellas, también. Y algunas cosas que veo en la calle son bellas. No tiene por qué ser nada en particular, pueden ser simplemente sombras, o colores. La sensación que te provoca escuchar un buen tema musical, eso es bello. El té que serví y estás tomando es una belleza. Este cuadro es bello (suyo, enorme, rosado, una suerte de pequeña estación de trenes en medio de una campiña, colgado justo sobre el sillón del living). No todos son bellos, pero este sí. Las botas que llevo puestas me parecen bellas. Algunos sentimientos son bellos. ¿Qué más? Algunos momentos también son bellos. Es un adjetivo que se le puede poner a muchas cosas. ¿Qué es la belleza entonces? Es una proyección que uno hace sobre algo.

— No está mal. Ahora capaz que nos acercamos un poco más.

— Lo que pasa es que en esta dualidad que te digo, ángel o demonio, también yo me cuestiono muchas cosas en relación a mi obra. No pienso tanto en la belleza, pero pienso mucho en la seducción. Y eso que decía Baudelaire, que es lindo y endemoniado a la vez, lo uso porque también la obra que hago distrae mucho. A veces la belleza te puede distraer de cosas que son esenciales, o llevarte a lugares donde no tenés que estar.

LA NIÑA Y LA MUERTE 

— ¿Qué tipo de niña fuiste? Quisiera que hagas el ejercicio de mirar hacia atrás, verte a ti de niña, y después contar qué estás viendo.

— Veo una niña que está sentada abajo de un árbol jugando con tierra. Haciendo moldes de tierra, tortitas, y cosas por el estilo, y que está horas ahí sentada. Eso es lo que veo. También veo una niña que todas las personas que llegan a la casa tienen que hacerle un dibujo. Todos. Siempre estaba pidiendo que la gente me dibujara cosas. También veo una niña haciendo preguntas todo el tiempo. Y veo exactamente la imagen cuando pregunté, y mi madre me contó, que nos íbamos a morir, que yo me iba a morir. Que somos mortales. Veo la cara de esa niña. Y también me acuerdo de la niña preguntando qué es la fe. Y después veo la escuela, y veo a la niña tímida, con problemas de aprendizaje, con problemas emocionales… muchos problemas. Pero lo que más veo es la niña dibujando, y la niña pidiendo dibujos, y jugando abajo del árbol.

— Uno con el tiempo ve obra a la distancia y entiende cosas que antes no entendía, hay aspectos que se hacen más evidentes. ¿Qué podés entender hoy de tu obra que antes era sólo impulso, o intuición?

— No tengo tan clara la separación de lo que hago ahora con lo que hacía antes. Mi obra pasada está bien para la época en que la hice, y lo que hago ahora está bien para mi momento actual. Pero no puedo separar la reflexión, lo que pensaba antes de lo que pienso ahora, se me mezcla. O sea, no sé si aprendí algo. Creo que voy por el mismo camino, nada más he ido profundizando las mismas cosas. No he ido dejando nada de lado, ni trabajé en base a descartar cosas, más bien he ido incorporando. Creo que ha sido como una gran acumulación, algo a lo que vas sumándole, y no le sacás nada. Por eso es muy difícil separarlo.

— Claro, pero al encontrarse con obra vieja uno percibe motivos, o hace un nexo entre ese arte y su historia personal, que con la perspectiva entiende mejor. Tú no harás la misma lectura hoy de una pintura que hiciste hace 20 años, porque hoy podés verla con tu cabeza de 45, tenés todo un bagaje, una experiencia, un crecimiento.

— Es cierto. Pero el tema es que yo no soy muy de reflexionar sobre eso. En general no me interesa. Yo a mis trabajos simplemente los veo como una transición, hacia otra cosa. Parto de la base de que todo lo que hago lo dejo un poco sin terminar, para seguir construyendo.

— ¿Pero no te resulta revelador ver lo que hacías hace muchos años? ¿No te pasa que le ves un poco los piolines a la marioneta?

— Sí, en muchos casos le veo los piolines. Pero claro, por más que se los vea, en cierto sentido no puedo considerarlos piolines. Porque como decía recién, yo considero que esa obra pasada es un tránsito hacia otra cosa. Entonces por más que pueda hacer un juicio a la distancia, en el fondo no me interesa, porque para mí eso pasado no tiene un valor en sí mismo sino un valor en lo que sigue. Pero lo que sí me pasa –y esto capaz que es interesante- es enfrentarme a un cuadro mío, grande, hecho hace mucho tiempo, y estar rato mirándolo, y pensar “¿Esto lo hice yo? ¿Esto es mío?”. Hacerme esa pregunta. Estar completamente extrañada frente a una obra, como ante algo nuevo. Como si fuera de otra persona.

— Es que sos otra persona. Pasaron 20 años, viviste y pensaste un millón de cosas nuevas. Esa es la pregunta.

— Claro. Bueno, esa es la respuesta. Es como que otra persona hubiera hecho eso, y yo soy un espectador que no tiene nada que ver, que viene de afuera y lo mira. Me sorprende que lo hubiera hecho yo.

— ¿Lo ves como si lo vieras por primera vez?

— Sí. Me pasó eso con una obra grande, de 6 por 2 metros, que la volví a ver y fue una sensación extrañísima. Miraba las texturas, los colores… Me venía a la memoria la obra, pero era tan diferente a lo que estoy haciendo ahora que la sensación era de profunda extrañeza. Algo parecido me pasa con este cuadro del living que comenté recién. Yo en general no cuelgo obra mía porque me canso, me aburro. Es la primera vez en mi vida que cuelgo un cuadro propio. Lo colgué hace unos meses, primero porque no tenía otro lugar donde ponerlo, segundo porque lo quería ver, y tercero porque me parece que es algo que no hice yo, lo hizo otra persona. Pasó a esa etapa que es como si no fuera mío. Yo no hago un juicio de valor, sino que digo “bueno, esto es un proceso”. Incluso guardo todo lo que hago. Cosas buenas y cosas horribles, guardo todo, porque sé que en un momento, cuando las vuelvo a mirar, lo malo no me parece tan malo, y lo bueno no me parece tan bueno.

— Quizá abordás demasiado la pregunta por el lado de juzgar la obra. Y yo no apuntaba a eso. Hoy decías que mientras dibujás una línea no sabés a dónde te va a llevar. Pero seguramente si pudieras verla 15 años después entenderías mejor por qué hiciste esa línea en ese momento de tu vida. Porque tenés un contexto para mirar. La pregunta apuntaba más a eso que a si esa línea estaba bien o mal hecha.

— Yo sé que soy una persona diferente, pero no sé qué es lo que cambió. No puedo mirarlo con distancia. Me cuesta. Porque son ideas que han ido evolucionando. Sigo estando en acuerdo con todas las cosas que hice. No es ni siquiera decir si es bueno o malo. Estoy completamente de acuerdo con todas las cosas que he hecho, errores y aciertos.

— Es cierto que hay continuidad en tus trabajos, uno percibe cierta constante en tu obra. Da la impresión de que es un arte de intuición, de búsqueda, de tanteo permanente.

— Tiene pila de intuición.

HABLAR DE INCERTIDUMBRE.

— La pregunta entonces es qué es el arte de Rita Fischer. Y cuál es tu inquietud, cuál es tu ámbito de creación.

— ¿Mi inquietud? ¿En qué sentido, qué es lo que me mueve decís?

— Por ejemplo, puede ser una forma de verlo. Uno trabaja siempre en torno a obsesiones, que tienen que ver con el origen de cada uno como persona. Hay una inquietud que te mueve a hacer cosas. Y no es fácil explorar cuál es esa inquietud, ese ámbito, porque es muy complejo y no hay una respuesta en tres palabras. La idea es elaborar, y luego alguien podrá decir “ahora entiendo un poquito más lo que hace Rita Fischer”.

— ¿Y el té qué tal? Lo serví en esta tetera marrón que la amo. La tapa se rompió y la pegué porque dije no puede ser, es una belleza que me encanta. Es inglesa, en la serie Downton Abbey las teteras que usan los empleados en el subsuelo del castillo son estas.

— El té bien, era lo que esperaba. ¿Pero cuál es tu inquietud Rita, qué es lo que te mueve?

— Cuando yo empecé a trabajar en esto no tenía ni idea de qué era el arte. Simplemente hacía lo que me parecía. En esa época acá no había mucha información. Podías ver la “Pinacoteca de los genios”, y enciclopedias, o libros que alguien llevaba al taller de Clever Lara, al que entré a los 17 años. No había información como ahora. La primera vez que vi arte contemporáneo fue a los 18 o 19 en una bienal de San Pablo a la que nos llevó Clever. Y fue un shock. Yo ya pintaba, y hasta esa época no conocía nada de arte contemporáneo. Conocía un poco de lo moderno, del renacimiento, del barroco, pero de contemporáneo nada. No sabía del arte que se hacía ahora. Hasta que fui a esa bienal, y vi Georg Baselitz, y vi Julian Schnabel, y vi Gerhard Richter, y un montón de artistas más. Y claro, todo cambia al ir adquiriendo visiones nuevas. Yo muchas veces trabajé con conceptos que en ese momento no me daba cuenta de qué eran, pero después conociendo o leyendo a otros artistas entendí también por dónde iba yo. No sólo artistas: libros de arte, filósofos, curadores, gente, ideas de grandes pensadores… Al principio yo no tenía idea de nada. Lo único que sabía era que tenía esa cosa que vos decís, que era como un instinto, y ganas de hacer. Me costó, pero con el tiempo -analizando, pensando, y trabajando- descubrí que yo estaba siempre hablando de la incertidumbre. De lo misterioso, de esa cosa incierta, que te parece que no entendés pero de algún modo sí entendés. Esa ambigüedad, lo que está en el medio de las cosas. Con el tiempo lo comprendí, y me afirmé más en eso, y hoy cada vez estoy yendo más hacia eso. Algo que empezó de forma muy intuitiva, y terminó siendo un poquito más conciente, más racional. Y creo que incidió mucho en eso las vivencias que tuve, el vivir en países distintos, observar cosas, la gente, las sociedades. O sea, mi obra no ha ido cambiando, mi obra ha ido como afinándose, yendo siempre para el mismo lado. Se ha ido como desglosando un poco. Y a pesar de que he llegado a entender un poco más lo que hago, al mismo tiempo siempre hay, en todo, una parte que no termino de comprender. Y también me gusta eso. Considero dejar siempre esa parte. Creo que es importante para que mi arte funcione con vitalidad. Si eso no existe la obra está un poco muerta, o muertita.

— ¿Cuando arrancás una obra tenés una imagen en mente o te largás sin saber a dónde vas a llegar?

— Me largo. Pero es un diálogo: vas, hacés algo, y lo que hacés se te responde. O sea, hacés algo, lo ves, y tu cabeza responde después. Vas como dialogando con la materia. Es una forma de razonar, de pensar. Que no es la forma convencional, pero es un tipo de pensamiento también. Incluso lo podés hasta escribir. Yo no lo hago, pero podría pintar algo -una mancha- e ir y escribir. Y después volver a la mancha y modificarla. No lo hago porque ese proceso ocurre directamente en mi cabeza.

— Digamos que materializás procesos mentales.

— Claro, son procesos mentales, que después llegan a algo. A mí me gusta ser muy coherente con lo que se ve. Me gusta avanzar sin llegar a matar la obra, eso que decía recién, llegar a puntos donde no se entiende, y donde yo tampoco entiendo. Pero donde se percibe un criterio. Hay como un orden. Eso.

— ¿Y eso cómo se logra, en qué momento percibís que ya está?

— Si vamos al caso no hay camino. No tengo caminos que lleven exactamente hacia un resultado. Es depende de la obra, y del método que se utiliza. Y además llegar no me importa tampoco mucho, como ya dije. Por eso lo que hice estos años es ir ordenando las cosas y decir “esto es así”, “esta serie es asá”, “esta otra es de tal manera”… He hecho un orden que me da mucha libertad, porque al tener ese orden puedo hacer muchas más cosas.

— Yo percibo que hay una especie de “sello Rita Fischer” o factor común en todo lo que hacés, sean dibujos, pinturas, instalaciones. Suelen ser obras no lineales, complejas, difíciles de abarcar, y que remueven, obligan a hacerse preguntas. Hay que pararse a mirar y hacer asociaciones, leer mucho la obra. Y la pregunta es de dónde viene esa metafísica, qué dice de vos.

— A veces las obras nacen de una estupidez, de una casualidad. Mis mejores trabajos pueden haber surgido de una observación accidental, como “Novus”, que es una simple pared descascarada. Es una idiotez: miro, pongo el dedo ahí, se descascara… Hay cosas que no vienen de lugares muy complejos. Pero las asociaciones después son complejas.

— La complejidad también está en que tú identifiques eso como algo que te representa, y presentarlo como obra.

— Mirá, yo en un momento me di cuenta -y eso también es parte de la madurez- de que en realidad no tenés por qué ser fiel a las formas. Yo no tengo por qué ser fiel a las formas que invento, puedo inventar otras formas, y puedo decir las cosas de millones de maneras diferentes. Yo solamente tengo un hilo, algo que vengo diciendo y desglosando, que es una cosa sola. Es algo continuo. Algún día voy a hacer el ejercicio de agarrar los títulos de todas mis exposiciones y ponerlos juntos, porque mi obra es una sola, no muchas. Siempre ves cosas diferentes, en una u otra, pero en realidad es una sola obra, una sola construcción, que está como desglosada.

— ¿Y qué es lo que venís diciendo, cuál sería ese discurso continuo si ya no existiera la metáfora y tuvieras que intentar explicarlo?

— Un poco ya lo dije: lo que marca mi arte es la incertidumbre, la pérdida de referencias, el ser consciente de que nada es permanente, y de que vivimos en un mundo complejo. Y cómo me influye todo eso. En mi obra hablo de algo misterioso, inalcanzable, algo que está atrás de todas las cosas que vemos, asociable a lo grande y a lo micro, y que no se entiende, que te pierde. Si tuviera que definirme, intento hacer cosas intermedias, que no sabés en qué punto están, si en un punto de la construcción o de la destrucción. Cosas que intuís que pasó algo pero no sabés qué.

— ¿Y eso qué dice de tu persona en particular? Porque ese contexto que relatás nos afecta a todos, ¿pero a ti personalmente cómo te afecta?

— A mí me pasa, y me pasó, sobre todo cuando me fui de Uruguay, de ver muchas cosas confusas, mucha gente sin saber para dónde ir, incluyéndome a mí misma. Nadie sabe para qué lado ir, en muchos sentidos. No sólo en el sentido vocacional. Estoy hablando de un sentimiento mundial, universal. O sea, mis emociones no son sólo mías, las emociones son compartidas, son de mucha gente. Por más que vos tengas un sentimiento que es sólo tuyo, ese sentimiento pertenece a muchas personas. La emoción nunca dice “yo”. La emoción es “nosotros”.

— ¿Qué te conmueve?

— Todavía me sigo emocionando con algunas obras de arte. También me emocionan las flores, y los árboles. En la casa de mis padres hay un tilo gigante. Cuando tiene hojas queda como una carpa, entonces te metés abajo y estás como adentro del árbol, en un entorno translúcido. Cada vez que voy abajo del tilo me emociono, de la belleza, del sentimiento ese tan fresco. Es como lo de dibujar una línea: cuando estoy abajo de ese árbol no puedo concebir otra cosa que no sea estar abajo de ese árbol. ¿Entendés? No tengo lugar para otra cosa más. Esa experiencia no me transporta a ningún otro lado que a ahí, que a ese lugar, en ese momento. Estar completamente emocionada con eso, conmovida. ¿Qué más? Muchas cosas. Me encanta ir a un museo, a una exposición, busco encontrarme en esos lugares, y busco ser público. Me gusta ser público, y me nutro de las cosas que veo, me conmuevo cuando veo las cosas que hacen los demás. También soy una persona que se conmueve con el cine, el que retrata lo real y el fantasioso. Werner Herzog por ejemplo. Y puedo conmoverme con algo super triste también, me pasa muchísimo. A veces voy por la calle Fernández Crespo caminando, y veo mal a la gente. Físicamente digo: las caras, apagados, tristes… que uno va rengo, que a otro le falta un diente, otro va doblado, otro estresado, o con cara de loco. De diez personas que me cruzo ocho son así. Eso me conmueve, me toca, me duele. Son cosas que me acuerdo. Que no es que no las vea: yo las veo.

LAS FORMAS DE REPRODUCIRSE

— ¿Cómo creés que va a envejecer tu obra? ¿Pensás que va a resistir el paso del tiempo, que va a valer la pena mirarla en 20 o 30 años?

— Esa pregunta es muy difícil. Es una proyección muy ambiciosa, porque yo no concibo la obra como una reivindicación de mi vida, como algo que tenga que durar para siempre. Yo creo que es algo de un período. Cada pieza va a seguir su vida, y supongo que puede seguir aportando. A ver, veinte o treinta años está bien, es una obra que todavía tiene cosas para dar. Pero no sé qué tanto más, y tampoco lo pienso mucho. Lo veo más de esta forma: mientras yo viva, esto va a vivir. No sé qué harán los otros, y no sé cómo verán los otros, pero mientras yo pinte la pintura va a seguir existiendo. Después, no sé. ¿Qué va a pasar después, en un mundo tan tecnológico, tan cambiante, tan lleno de inmediatez? Yo qué sé.

— ¿Y cómo te proyectás tú, cómo te imaginás envejeciendo?

— Me gustaría tener una vida tranquila, más en contacto con la naturaleza, y tener varios perros. Pintar mucho, pensar mucho y leer mucho. No tengo grandes ambiciones materiales. Pero no me gustaría morirme de frío, ni de soledad, ni de pasar mal, de no tener un peso para ponerle a la estufa, ni nada para comer. Eso no quiero.

— Fernando Cabrera dijo que una de las cosas más importantes que dejó de lado por ser músico era tener hijos, formar una familia. ¿Te has planteado eso?

— Yo quiero formar una familia. Pero no necesariamente necesito a los hijos. Nunca tuve una necesidad biológica de tener hijos, como sí tuvieron muchas amigas. No sé si estaré distraída, o con otras cosas en la cabeza, pero yo eso no lo sentí. Tuve muchas oportunidades de ser madre, muchísimas. Pero no las agarré porque nunca me sentí completamente segura. Y más que un tema de egoísmo, también sentía que en definitiva todo el mundo tiene hijos. O sea que no va a pasar nada si yo no tengo.

— Ese razonamiento va muy en contra del impulso vital de tener hijos.

— Pero es que yo no tengo ese impulso vital, nunca lo sentí. Capaz que cuando llegué a los 40 tuve como un vislumbre, “ah, mirá, se termina esto, bueno ¿qué hago?”. Pero tampoco me sacudió, fue leve. A lo mejor me estoy re equivocando, pero bueno, en la vida hay opciones, y yo tomé esta. Te confieso que si hubiera tenido más plata, una profesión con sueldo fijo, capaz que hubiera tenido hijos. Pero con el tipo de vida que llevo, que hoy cobro, mañana no, que viajo para acá y para allá… Y aún así, quizá en algún momento forme una familia, puedo tener otro tipo de hijos, no tienen por qué ser hijos de sangre. Porque la idea de reproducirme a mí tampoco es que me llame tanto la atención. ¡Hay tantos niños además esperando ser adoptados! Hace un tiempo colaboré con una institución donde hay niños así, esperando. Pintamos un mural, arreglamos la salita donde meriendan… Vimos tantos niños, no sabés la cantidad de niños… ¡Hay muchos! Con historias complicadas, de todas las edades, veías cunitas, había un bebé recién nacido… ¿Vos preguntás qué me conmueve? Eso me conmovió profundamente, me hizo cuestionar un montón de cosas. Yo no soy una persona que se niegue a la maternidad, al amor de familia. Pero veo que hay muchas maneras posibles de hacerlo, no solo reproduciéndote. Traer un hijo al mundo implica mucha responsabilidad. Y lo hacés de una manera muy inconsciente o no lo hacés. Porque si te ponés a pensar mucho no lo hacés. Y a mí me pasó eso, me lo puse a pensar mucho.

— ¿Qué aprendiste pintando?

— Aprendí que hay un espacio donde no tengo miedo. Eso es lo que más aprendí. Que puede haber espacios donde no exista el miedo.

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