SALUD

Vivir la vejez con plenitud es tarea del Hogar Israelita

El único residencial judío del Uruguay tiene el 70% de ancianos becados.

Hogar Israelita. Foto: Leonardo Mainé.
Viviana Cirintana, profesora de hebreo, invita a los fanáticos del canto a entonar alguna melodía para aprender el idioma. Foto: Leonardo Mainé.

A Flora Malamud le cuesta imaginar el día en que deba desarmar su casa y mudarse de forma definitiva al Hogar Israelita, pero a sus 87 años vivir sola se le volvió muy cuesta arriba. No le gusta que la ayuden a pararse ni a moverse. “Puedo sola”, responde. Se auto vale, pero las últimas tres “caídas feas” en el baño de su casa la asustaron tanto que decidió irse un tiempo a un sitio donde la cuiden. Flora no sabe si podrá volver a arreglárselas sola. Tiene tres hijos “solidarios”, pero no viven con ella. Una sobrina suya es médica y le recomendó mudarse a esta residencia. Allí encontró el calor de un hogar.

“Están siempre atentos, hay buenas caras, nunca una excusa, un reproche o una tardanza”, enumera Flora las cualidades del Hogar Israelita.

Ella es una de las 100 abuelas que vive en el único geriátrico judío existente en Uruguay. El 70% de ellos no puede afrontar el costo de su estadía, que según Ionit Leibovici, directora ejecutiva del hogar, supera los US$ 2.500 mensuales. Por eso se implementaron distintos niveles de beca: unos reciben 100%, otros 90% o 50%.

Previo a su otorgamiento se realiza una “investigación exhaustiva”. “Se pide a la familia que haga el mayor esfuerzo posible, ya que salimos todas las semanas a conseguir donantes para sostener el edificio y la infraestructura, mantener la calidad y los servicios”, dice la licenciada Leibovici.

Se realizan ferias y eventos para recaudar fondos. Hay infinidad de empresas que contribuyen con la causa. También hay socios que no reciben mayor contraprestación que la de ayudar cada mes.

Se aprovecha, además, cada festejo de la colectividad -casamiento, Bar Mitzva o cumpleaños- para pedir una colaboración, aunque sea simbólica. “Son pequeñas tradiciones que queremos seguir manteniendo”, asegura su directora.

Hogar Israelita. Foto: Leonardo Mainé.
La profesora de hebreo cantando con Pablo. Foto: Leonardo Mainé.

No hay un dueño. La comisión directiva es 100% honoraria y ningún miembro tiene parientes que vivan en el hogar. “La única motivación que persiguen es que sea una institución modelo a nivel nacional”, asegura.

Los números del Hogar Israelita están siempre en rojo. La fuerza y actitud de los 70 voluntarios permite que el milagro sea posible. Hay 120 personas en planilla pero el 58% de los trabajadores no percibe sueldo. “Tenemos tanta gente honoraria que en las inspecciones de BPS no nos creen”, se ríe Leibovici.

Dulce hogar

Cada empleado o voluntario del residencial está “ducho” para hacer las veces de familia. Se activa un procedimiento cada vez que un adulto mayor debe internarse y no tiene quien lo cuide o visite.

Tienen prontos 10 kits de hombre y mujer por si surge un imprevisto y se comunican todo el tiempo con la mutualista para saber cómo está esa persona, si necesita servicio de acompañante o no. La logística está pensada para que nunca quede descuidado”, asegura la directora.

Vitalidad

Flora llegó el 13 de abril y desde ese día cambió la televisión y la radio por las manualidades. Cose almohadones y colgantes ayudada por Elizabeth, una de las voluntarias de los múltiples talleres y actividades diarias. “Acá podes sufrir de estrés, nunca de aburrimiento”, dice a El País.

Hay talleres de yoga, literatura, improvisación, teatro, coro, flamenco, tango, piano y filosofía. Los abuelos reciben animalterapia con los educadores del Equipo Interdisciplinario de Intervenciones Asistidas por Perros IAPUY. Tienen su propio programa de radio titulado Laborterapia y salen al aire cada domingo por Universal. Y cada tanto hacen una excursión al Sodre para ver ópera o ballet.

Hogar Israelita. Foto: Leonardo Mainé.
Molka en animalterapia. Foto: Leonardo Mainé.

Los abuelos reciben clases de hebreo, hacen Shabat y leen cuentos judíos. No es un lugar religioso, pero “se vive el judaísmo y se respetan todas las tradiciones”. Leibovici dice que hasta el más laico disfruta de esa conexión en esta etapa de la vida. “Los hace sentir más seguros y les permite estar lejos del antisemitismo que pueden sufrir en otros residenciales”, cuenta.

El objetivo de este sinfín de actividades es humanizar y dignificar la tercera edad. “Buscamos que vivan la vejez, no que la transcurran”, afirma Leibovici. Cada tanto se dan charlas sobre temás de actualidad -la ley del aborto o la crisis en Venezuela- para que estén al tanto de lo que ocurre extramuros. “Ya que no pueden ir más a tomar un café a un bar, les traemos la realidad aquí. Queremos que si mañana vienen su hijos y nietos tengan de qué hablar”, concluye Leibovici.

UN VALIOSO TESTIMONIO

Marcas a fuego que dejó el Holocausto

Irene Rzadzinska tiene 96 años y es una de las únicas dos sobrevivientes del holocausto que viven en el hogar. Habla con acento polaco y le cuesta hacerse amigos porque, de a ratos, se olvida del español y habla en su lengua nativa.

Irene repite varias veces durante la charla que salvó su vida y encontró a su familia por ser loca y vivir escapando. “Le dije a mis padres para huir de Varsovia a Rusia y me dijeron que estaba loca. Ahí no teníamos buena vida pero tampoco sentíamos miedo de que nos mataran por matar”, cuenta.

La arrestaron y la separaron de toda su familia. Pasó un largo tiempo en Siberia hasta que la mandaron con un grupo de refugiados polacos a la India.

Una vez libre, llegó a Uzbekistán para vivir en un kibutz, pero el encargado del lugar resultó ser un “señor horrible” que la “acosaba”. Un día decidió huir y pasó las mil y una. En el largo camino quedó “paralizada” al ver un hombre cortar carne. “Me tiró un pedazo y me lo comí crudo, como si fuera un perro. Estaba famélica. Me senté bajo un árbol y lloré por lo bajo que había caído”.

Al finalizar la guerra vivió un tiempo en Inglaterra y una agencia que se dedicaba a reencontrar familias la contactó con su tío Isaac y, tras un intercambio epistolar, se tomó un barco y llegó a Uruguay con 26 años. “Tenía la opción de irme a Australia pero terminé acá porque no quería estar tan sola en este mundo”, afirma.

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