kilómetros de pantalla

Rafa Villanueva, conductor de sol a sol

Rafa Villanueva camina por la Expo Prado y parece Justin Bieber. No puede avanzar sin que el público lo intercepte para sacarse fotos. “¿Dónde dejaste la moto?”, le preguntan. “Mi novia se quiere ir con vos”, le confiesa otro que se acerca.“¿No me saludás al nene?”, le pide un señor junto al hijo. Sólo uno le reclama: “a veces sos un poco atrevido”, y Rafa sale de la situación con la soltura que lo caracteriza. El conductor llega a la Rural para una charla que recorre el fenómeno Súbete a mi moto.

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Rafa Villanueva. Foto: Julmart Bueno

La fiebre que despierta Rafa Villanueva en la Expo Prado es tal que mientras la entrevista se desarrolla en el stand de El Emigrante, alrededor se aglomeran decenas de personas para esperarlo. El escenario no es casual, lo que ocurre en la Rural es apenas una expresión del desbordante amor que el conductor recoge por el interior del país al viajar con Súbete a mi Moto (Contenidos TV, Teledoce). "Una señora me mostró a la bebé, que le había puesto Rafaela por mí", señala sin encontrar explicación. Pero no todas son felicitaciones, y Rafa no tiene inconveniente en hacerle frente a las críticas que sentencian que su programa en realidad se burla de la gente. "En ningún pueblo me plantearon eso", se defiende. Las dos caras de la moneda del exitoso ensamble que alcanzó Rafa Villanueva con Súbete a mi moto, el ciclo que le cayó como anillo al dedo.

—¿Siempre te gustó viajar?, ¿eras de salir de mochilero en tu juventud?

—Hice mucho dedo pero Uruguay, y tenía la ilusión desde chico de recorrer América Latina. Siempre quise viajar y siempre tuve esa desfachatez de ir y hablar con la gente sin mucho reparo. Después, la profesión se me cruzó adelante, ni siquiera la busqué. Soy un afortunado que supo aprovechar las oportunidades.

—Súbete a mi moto te ha asociado mucho al interior, ¿cómo es tu vínculo con ese público?

—El cariño de la gente es absoluto, abrumador de verdad. En Montevideo la gente mira el programa y el cariño es el mismo, pero no hay mucha identificación. En el interior se divierten porque también se identifican. No importa que mostremos una criolla en Artigas, porque en Lavalleja se van a sentir igual de reflejados. En San Cono me emocioné. Vinieron tres generaciones de mujeres (abuela, madre y nieta chiquita de tres meses, cuatro), para contarme que a la bebé le habían puesto Rafaela por mí. Yo no te puedo explicar cómo me miraba esa abuela. Pobre gurisa, tiene que cargar con ese nombre toda su vida (risas). Le pusieron Rafaela, ¿entendés? Se me caían las lágrimas, son cosas que no me entran en la cabeza.

—¿La gente siempre se prestó al tono que propone el programa?

—Al principio la gente no sabía cómo venía el plan. Yo iba a meter la mano en su tupper y nos miraban medio raro, pero enseguida empezaron a identificar el personaje y a ver que yo iba en buena onda para mostrar sus fiestas. Hoy cuesta trabajar porque este juego del atrevido ya no corre mucho. La gente se anticipa, y cuando llegamos a los pueblos ya nos mandan a los niños con el tupper o nos acercan las botellas. Hubo que empezar a ver en un trabajo de equipo cómo seguimos buscándole una vuelta a esto porque la gracia de la sorpresa se fue porque la gente ya nos conoce.

—¿La faceta del notero divertido se puede agotar o podrías seguir toda la vida en este rol?

—El "notero gracioso" tiene fecha de caducidad, que por ahora no aparece, pero es un tema que he hablado con Contenidos (productora) y el canal (Teledoce). Soy un tipo bastante precavido, y creo que ya habría que anticiparse y pensar en eso. Hay que ver cómo ir saliendo un poco de ahí sin perder la esencia. No puedo andar haciendo eso con 55 años, a la gente no le gustaría. Aunque en Uruguay uno es joven hasta los cuarenta y pico. A mí nunca me gustó eso, así que está bueno ir buscándole la vuelta para que no me agarre desprevenido, porque la tele no avisa.

—¿No te gusta ver gente de tu edad haciendo el papel de jóvenes?

—Es que no hacemos el papel de jóvenes, nuestra sociedad nos trata como tales. Yo no me hago el pend… y Gaspar (Valverde), el Piñe, Maxi (De la Cruz), Coco Echagüe, Paola Bianco tampoco. No estoy de acuerdo con el teen de 40 años, pero el uruguayo nos ve así y no es culpa nuestra.

—¿Podés disfrutar de los viajes al estar trabajando?

—Ahora muy poco porque estamos siempre grabando y con poco tiempo. En los viajes largos a veces se podía disfrutar y a veces no. Los primeros dos ciclos de Sin Atajos al final eran tediosos. Laburábamos una semana, volvíamos, estábamos diez días, nos íbamos diez días, volvíamos, pasábamos cinco acá y era como que nunca estaba en ningún lado. Eso me terminó afectando: me despertaba y no sabía dónde estaba. Me levantaba y me preguntaba "¿estoy en Guatemala o en Ecuador?" Era una locura. En el último viaje de Sin Atajos estuvimos 45 días en Europa, y los últimos 15 lo único que me imaginaba era el puff del living de mi casa, el control remoto y la tele. Cuando llegué, me senté en el puff, prendí la tele y a los 15 minutos me quería ir a algún lado de vuelta. Uno se acostumbra a estar todo el tiempo así y después cuesta sacar el pie del acelerador.

—¿Te sentiste incómodo en algún evento de todos los que participaste?

—En la Tomatina. Yo piraba por ese evento, y al que le tenía mucho miedo y pensaba que no me iba a gustar nada era San Fermín, la corrida de toros. Al final se me cruzaron los cables. La fiesta que más disfruté, pasé bomba e hicimos un muy buen programa fue San Fermín, y en cambio la Tomatina me apabulló porque es muy violenta. Son 14 horas en las que 400 mil personas se matan a tomatazos. Cuando uno está ahí, la energía es muy violenta. Es como una cosa del paleolítico. En San Fermín es todo paz y amor, si alguien no quiere ver un toro no lo ve. Nos trataron como nunca. Hay de todo para comer y chupar. A mí siempre me hacen chistes como que tomo, pero la única vez que me emborraché en un viaje fue en esa fiesta en Pamplona. El copete de cierre del programa lo hice completamente borracho.

—Volviendo a Súbete a mi moto, ¿cuál creés que es la clave del éxito para mantenerse por tres años con buena aceptación de la audiencia?

—No lo sé, la televisión es muy rara. Hay cosas que uno dice "esto va a andar porque hay un talento atrás, hay un equipo muy salado" y no funcionan... Después aparece uno en una moto con un productor y una cámara, y la cuelga del ángulo. Yo puedo decir lo que me dice la gente, contrariamente a lo que han dicho algunos medios de prensa, que es que nos divertimos con la gente, que es un humor sano y muy uruguayo. Es un programa simpático, entrador, y hay un muy buen equipo trabajando mucho. Hay varios componentes: desde la canción, pasando por la moto, el encare que le damos en cámara, la previa y el post hacen que el programa sea ameno y a la gente le guste.

—Alguna columna crítica publicada en prensa, y algunos usuarios en redes sociales señalan que el programa no se divierte con la gente del interior sino que busca dejarlos en ridículo.

—En el negocio de la televisión hay mucha gente que te acepta y cree que uno es un genio. Me han llegado a decir que soy el mejor capocómico del Río de la Plata. También sé que hay personas que dicen que soy un nabo, un gil que le toma el pelo a la gente, "el vivo del barrio". Para estar tranquilo, hay que tener claro que no es ninguna de las dos cosas. Y yo juro que jamás nadie vino a decirme en una criolla ni en ningún pueblo, "vos le tomás el pelo a la gente". ¡Y los recorrimos todos! Nosotros no le tomamos el pelo a nadie, vamos a divertirnos con la gente y ellos se divierten con nosotros. El público conoce el tono del programa, sabe que vamos, bromeamos, pero cuando me joden a mí también se ve al aire. El juego es para todos. Si agarramos a un gaucho que me devuelve la pelota, y yo quedo en offside eso también va. No lo guardamos para que yo quede como un vivo. En Fray Bentos me esperaron con una nena que me ofreció empanadas que mandaba la madre, y estaban rellenas de arena. Me la comí y eso salió al aire. Está buenísimo que pasen esas cosas. No siento que nos vayamos a reír de la gente, sino no tendríamos el cariño que recibimos. Capaz que agarramos a uno de joda, pero no es la esencia. Súbete a mi moto no está parado en ese lugar.

—¿Cómo fue la experiencia de llevar las anécdotas del viaje a un espectáculo de stand up en Viaje al interior de Rafa Villanueva?

—Fue gracias a Manuela Da Silveira. Hace tiempo que veníamos hablando y un día le dije "escribilo, producilo y conseguime un director porque yo sólo no me subo a hacer el ridículo ni a palos". Ella es una grande, le debo todo porque se puso el proyecto al hombro. El día del estreno yo me daba la cabeza contra la puerta del camarín diciendo "¿para qué te hice caso Manuela?", tenía mucho estrés. El primer mes sufrí, pero enseguida me di cuenta más allá del sufrimiento, que era hermoso lo que estaba haciendo. El segundo mes la pasé mejor, después mejor, y después iba y lo hacía de taquito. Lo fui redescubriendo a medida que lo iba haciendo y la pasé bomba. Ojalá lo podamos hacer el año que viene.

—¿Por qué no funcionó Me Resbala?

—Me Resbala funcionó. Se replicó en 18 países, y en el país que se hicieron más programas en un ciclo fue en Uruguay. El formato no resiste más emisiones porque los juegos se empiezan a repetir, y si uno ve siempre a los mismos tipos jugando a los mismos juegos una, dos, tres veces, después hay que cortarlo. Es el formato que lo pide, no es que no haya funcionado. Se agotó el ciclo, pero si funcionó o no se verá el año que viene si es que se hace un segundo ciclo.

—El programa fue criticado por artistas dedicados al teatro de improvisación, ¿cómo procesaste esa polémica?

—Yo jamás me permitiría hablar del trabajo de nadie. El que lo hace le está errando. Con todo respeto por los que se enojaron con Me Resbala, pero me parece que uno no se puede parar en ningún lugar para hablar del trabajo de nadie. Aunque sea su metié. Caminan por una delgada línea que es complicada porque es trabajo, es con lo que la gente come, y con eso no se jode. A uno le puede parecer que es horrible, que está copiado o mal hecho, pero públicamente no tienen ningún derecho a decirlo. Y yo a su vez les diría "lo que ustedes están haciendo, ¿qué tan original es?". Me lo pregunto porque yo miro mucho You Tube… Aparte conozco muchos que después tuvieron que meter la cola entre las patas y venir a trabajar al lugar que habían criticado.

—Además de los artistas que critican el trabajo de colegas públicamente, ¿qué cosas no te gustan del medio en el que trabajás?

—Muchas. No me gusta el efecto Gran Hermano. Eso de querer estar quince minutos en televisión o aparecer en la foto de una revista "para estar". Hay que tener mucho cuidado con esa gente. Son los que quieren aparecer por aparecer pero no hay nada detrás que los sustente, sea bueno o malo. Me da pena leer esta gente diciendo: "yo no puedo laburar con éste, o con el otro". Pueden tener un ego enorme, pero no pueden salir a hablar públicamente sobre lo que no les gusta de aquel que tiene una trayectoria del carajo y se ha mantenido durante años. Encima buscan aparecer, y esa búsqueda me irrita. Uno tiene que buscar trabajar, no aparecer en los medios. Es la cultura de ir a Gran Hermano sólo para ser famoso. Eso es para Argentina, ¿acá en Uruguay? Me molesta, es una falta de respeto. Y de esos personajes hay muchos, y hay quienes piensan que este negocio funciona así, y no es así.

SABER MÁS

"A vos la cámara te acepta"

“Cuando llegué a la tele me preocupaba mucho si tenía que ponerme a estudiar algo. Trobo, un gran camarógrafo de Teledoce, me dijo: “flaco, ¿vos querés presentar noticias?”, le respondí que no y me explicó: ‘entonces no tenés que estudiar nada. La cámara te acepta o no te acepta, y no importa si vos estudiaste. Podés tenes 20 diplomas que si la cámara no te acepta, te va a escupir igual. Y a vos la cámara te acepta, entonces quedate tranquilo’”.

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