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El futuro ante los ojos

Es uno de los mayores inversores extranjeros en Uruguay, y referente mundial en educación y cuidado del medio ambiente. Los desafíos y dilemas que hoy aquejan a Uruguay fueron saldados hace décadas por Finlandia, cuando su sociedad pactó recorrer un camino hacia el desarrollo. Ese ejemplo bien podría marcar el camino a seguir por Uruguay.

La catedral ortodoxa de Uspenski en Helsinki. Foto: El País
La catedral ortodoxa de Uspenski en Helsinki. Foto: El País
La Iglesia Blanca luterana en un día de fiesta. Foto: El País
La Iglesia Blanca luterana en un día de fiesta. Foto: El País
Helsinki. Foto: El País
Helsinki. Foto: El País
Helsinki. Foto: El País
Helsinki. Foto: El País
Helsinki. Foto: El País
Helsinki. Foto: El País
Helsinki. Foto: Archivo El País
Helsinki. Foto: Archivo El País

Ustedes están discutiendo ahora cosas que nosotros discutíamos hace 40 años". La frase de Jari Hakkarainen, líder del sindicato metalúrgico finlandés, no tenía una gota de condescendencia. Es más, el contexto pretendía ser lo más elogioso posible para Uruguay, país que ha visitado varias veces y por el que muestra un exagerado respeto. "El mundo no se cambia de un día para otro, es un proceso que lleva años, y ustedes van bien encaminados", agrega. Si el diagnóstico del gremialista nórdico es certero, ¿cómo sería ese Uruguay del 2056? Si la Finlandia de hoy es una ventana para ver el Uruguay del mañana, ¿qué imagen nos devuelve ese espejo futurista?

Cuarenta años es mucho, y la distancia entre las realidades de ambos países hoy es sideral. Sin embargo, tienen más puntos en común de lo que se suele pensar.

La primera coincidencia tiene que ver con la historia. Finlandia no tuvo en su génesis los aportes de un Lord Ponsomby, pero ha cumplido un destino de "Estado tapón" muy al estilo uruguayo. Fue durante siglos parte de Suecia, luego pasó a integrarse a la vieja Rusia, y recién hace menos de un siglo conquistó su independencia aprovechando el caos desatado por la revolución bolchevique de 1917 y luego de una sangrienta guerra civil. En las charlas con los finlandeses de a pie no se puede menos que comparar esa relación de hermano menor algo acomplejado que padecen respecto de los suecos, con la que tiene el uruguayo con Argentina. Lo mismo que esa suerte de desconfianza y ajenidad que tenemos con Brasil, al vínculo de los fineses con la enorme y cercana Rusia.

Como si esto fuera poco, hay muchos aspectos de la idiosincracia finlandesa que podrían vincularse con la uruguaya. Su carácter gris, algo introvertido; su tradición de país ordenado, educado, algo aldeano, y que se ganó un lugar en un barrio complicado en base a espíritu de lucha y sacrificio. Una historia recurrente que usan los finlandeses para describirse a sí mismos habla de dos amigos que se juntan en un bar tras mucho tiempo sin verse, y que tras pedir un par de cervezas uno le dice al otro "salud", y el primero le responde "pensé que veníamos a tomar, no a conversar". En las dos bibliotecas recorridas en Helsinki no se encontró ni un texto de Onetti. Una pena. De seguro Onetti calzaría muy bien en Finlandia.

Pero las similitudes quedan por ahí. Y lo que de veras impacta son las diferencias. No solo en materia del orden y la limpieza de sus ciudades, en el cuidado y la planificación de sus espacios públicos, o en el biotipo físico que obliga a caminar mirando hacia arriba. Hay al menos tres aspectos profundos que marcan a la sociedad finlandesa y de los que estamos tan, tan lejos, que esos 40 años parecen siglos. El primero no por trillado deja de ser esencial, y es el sistema educativo.

Ya se sabe, Finlandia viene figurando desde hace años en el tope de los rankings en materia educativa, ha estado sistemáticamente a la cabeza en todas las ediciones de las pruebas PISA, y hasta el polémico Michael Moore acaba de dedicar uno de sus célebres "documentales" a elogiar este sistema innovador.

La explicación que da el presidente Sauli Niinistö de este éxito es bastante simple. Al salir de la Segunda Guerra Mundial, Finlandia era un país pobre, rural y atrasado, y la sociedad entendió que la única manera de darles a sus hijos un mejor nivel de vida era invertir fuerte en educación. Se organizó un sistema donde el maestro, el profesor, tiene enormes exigencias para formarse (solo un 12% logra ingresar a la carrera de Magisterio en la universidad), pero luego ocupa un lugar central en la sociedad y con salarios acordes. Un funcionario del ministerio de educación finés decía que un ranking de respeto popular en ese país estaría encabezado por los maestros, seguido por los militares y luego los sacerdotes (de la Iglesia Luterana). En Uruguay pocos se sorprenderían si el ranking fuera en ese orden, pero empezando desde abajo.

Particularmente interesante es el sistema universitario finlandés. Allí la educación es gratuita, pero no cualquiera puede ingresar, sino que se hace un filtro mezclando exámenes de ingreso con las notas obtenidas en el proceso de secundaria. Tienen además un sistema dividido entre universidades y centros de estudios aplicados, mucho más vinculados al mundo del trabajo y al sistema empresarial. En 2010 se realizó una polémica reforma del sistema universitario por la cual se le dio mayor autonomía, pero los empleados perdieron, entre otros beneficios, la calidad de funcionarios públicos. Y el Estado mantiene un fuerte control sobre planes de estudio y desarrollo de carreras basado en una permanente evaluación que marca a fuego la asignación del presupuesto público.

Otro aspecto que define a este sistema universitario es su capacidad de innovación. Por ejemplo, en 2010 se creó la universidad de Aalto, producto de la fusión de la escuela de Economía, la de Tecnología, y la de Arte y Diseño. Contra todo pronóstico, la unión de estas vocaciones a primera vista tan distintas, ha generado una revolución productiva y hasta mental en el país. Pasó de ser una sociedad donde todo el mundo quería trabajar en el Estado o en alguna de las grandes empresas, a ser hoy la capital europea del emprendedurismo, y donde se lleva a cabo un festival como Slush, el principal foro de start ups del continente. Si bien su fundación es previa al cambio de 2010, uno de los buques insignia de este nuevo modelo es la empresa de videojuegos Rovio, la cual desarrolló la exitosa franquicia de los Angry Birds.

Un segundo tema central en la vida de Finlandia es la relación con el medio ambiente. Alguien podría sugerir que eso tiene parecidos con Uruguay y su eslogan "natural", pero a poco que se revisan las estadísticas, la distancia entre los enfoques de uno y otro son contundentes.

Por ejemplo, según el Índice de Performance Ambiental, un ranking elaborado por las universidades de Yale y Columbia en conjunto con el Foro Económico Mundial, Finlandia está despegado en el primer puesto como el país con mejores prácticas en materia ecológica. En ese mismo ranking, Uruguay figura en el puesto 65.

Pero más allá de las frías estadísticas, es a nivel de calle donde se nota de manera más chocante la diferencia de enfoque en estos temas. Es que la relación del finlandés con la naturaleza parece mucho más cercana que la del uruguayo tipo a muchos niveles. Así como en Uruguay la obsesión vacacional es la playa, allí todo gira en torno a las casas de campo y actividades como la recolección de frutas silvestres u hongos. Incluso hay clubes de caza muy tradicionales que proveen a las familias de carne de reno y alce. De hecho, aprovechando la estación veraniega, es muy llamativo ver en cada esquina de Helsinki puestos donde se venden frutos silvestres recolectados en campos cercanos. De igual forma es central la relación con la náutica, y en cada pueblo se ven embarcaciones empleadas para recorrer las costas y lagos que cubren el país.

Las políticas estatales de protección del medio ambiente allí son tan estrictas, que pese a que el país tiene una pujante industria forestal, la masa total de árboles en el país hoy está en crecimiento. Lo mismo sucede con varias especies de animales que estaban en peligro de extinción en Europa —osos, linces y lobos— y cuyo aumento poblacional actual en el país, gracias a las estrictas leyes ambientales, ha generado una fuerte polémica.

Pese a esto, y a las inversiones en el exterior de las forestales finlandesas como las que tenemos en Uruguay, las industrias vinculadas a los recursos naturales siguen siendo centrales en la economía de ese país. De hecho, la empresa Metsa anunció el año pasado la construcción de una enorme planta de celulosa en la zona de Äänekoski a un costo de más de US$ 1.500 millones. Y el aporte de la "renta forestal" al PBI del país llegó al 1,19% en 2014.

Pero hay un tercer tema donde la diferencia entre Finlandia y Uruguay se hace más contundente. Y es en el clima de diálogo político y entre actores sociales. La palabra clave que define esta interacción es "consenso", y así se define la era de acuerdos y negociaciones políticas que llevó adelante el país entre 1966 y 1981, los años en los que se cimentó la base de despegue para lo que ha sido el "milagro finlandés". Algo que hace acordar al espíritu que marcó a la política uruguaya a lo largo de la primera mitad del siglo XX.

A diferencia de Uruguay, donde ese espíritu se fue perdiendo en buena medida a partir de los años 60, el mismo sigue vigente en Finlandia, incluso en momentos de estancamiento económico como los que padece hoy. Si bien desde hace ya varios años los países nórdicos vienen realizando reformas económicas de mercado, y dejando un poco atrás aquellas políticas de la socialdemocracia que calaron tan hondo en el imaginario colectivo de esta parte del mundo, el corazón del Estado de bienestar se mantiene en pie.

Las reformas y recortes que se han visto obligados a hacer los sucesivos gobiernos parecen haber contado con un nivel de diálogo y civismo casi imposible de imaginar por esta parte del planeta. El año pasado, por ejemplo, hubo una convocatoria a una huelga general contra las medidas de austeridad del gobierno. Sin embargo, varios uruguayos residentes en el país comentaban que el paro casi no se había percibido, y que en los supermercados se limitó a unos 15 minutos en que los empleados se negaron a trabajar, y después todo siguió a su ritmo normal.

Notoriamente, esta diferencia se palpa con más crudeza al entrar a la sede del Pit-Cnt finlandés, un edificio de oficinas en pleno centro de la capital, y frente a una hermosa bahía con un pintoresco embarcadero para yates. Allí se concretó el encuentro con el Marcelo Abdala finés, el señor Hakkarainen (mencionado al principio), y su colega Petri Vanhala, líder del gremio de los "papeleros".

En una moderna oficina, los dos dirigentes sindicales explicaron con eficiente powerpoint, y alternando inglés, español, y finlandés, las características básicas del sistema sindical local. Un 80% de los trabajadores está sindicalizado, se cobra una cuota sindical que representa un 1,7% del salario, las negociaciones suelen ser bipartitas entre trabajadores y empresarios, y solo interviene el Estado cuando se negocia a nivel nacional. El derecho de huelga está regulado y hay obligación de preaviso. Las ocupaciones no figuran en su diccionario. Consultados sobre los temas ideológicos, ambos dirigentes afirmaban que sí, que se mantienen vínculos con determinados partidos de izquierda, pero que estos están siempre sometidos a dos principios: se debe mantener el diálogo sin importar el color del partido en el gobierno, y la política jamás puede primar por sobre los intereses de los afiliados.

¿Y cómo ven los sindicalistas fineses que las empresas de su país inviertan en rincones tan alejados del mundo como Uruguay? ¿O que cientos de puestos de trabajo migren hacia otros países? Según Vanhala, el enfoque ha cambiado mucho en estos años. Antes se veía como algo negativo, hoy ya no. "La globalización es un fenómeno que no se puede evitar ni debemos intentar pararlo. Si la empresa gracias a esas inversiones afuera es más fuerte, podemos tener una Finlandia más fuerte, y que genere más puestos de trabajo en nuestro país", dice el gremialista.

Finlandia hoy es un país sumido en una crisis económica importante, sobre todo debido a las sanciones que viene padeciendo Rusia, su principal socio comercial. El periodista argentino Hernán Casciari decía hace poco que la diferencia entre la crisis europea y las que hemos vivido en esta parte del mundo es que las nuestras son como la muerte de un padre, mientras que las de allá son como que se hubiera muerto el perro. Sí, es duro, es triste, pero...

Lo que sí queda claro con la comparación es que si esa Finlandia de hoy, con sus luces y sombras, y pasando por problemas económicos, es una visión más o menos certera de lo que será Uruguay dentro de 40 años, sería muy interesante que alguien se dedique a apurar las hojas del calendario.

Cenando con el refugiado pariente de Saddam Hussein.

Finlandia es uno de los países que, de acuerdo a su población, recibió más refugiados en los últimos años. En 2015 unas 32 mil personas pidieron asilo en ese país de tan solo 5 millones de habitantes. Comparado a eso, el experimento uruguayo con un par de decenas de sirios, parece un juego de niños. Sin embargo, allí la adaptación tampoco fue fácil, y se estima que casi un tercio de esos refugiados se ha marchado del país, debido al clima y a la falta de adaptación a la sociedad. Durante la estadía en Helsinki, una funcionaria de la Cancillería organizó una cena en su casa para ayudar a integrar a unos ciudadanos iraquíes, y tuvo a bien sumar a este ingrediente uruguayo al evento. Al final, lo más llamativo fue escuchar a un joven iraquí, que reivindicaba su vínculo familiar nada menos que con Saddam Hussein, intentar discutir con las jóvenes finlandesas acerca de temas como el aborto, la planificación familiar, o la política exterior de la Unión Europea. Solo en Finlandia.

La "zanahoria" de una inversión sin precedentes.

Helsinki es una ciudad de contrastes, donde edificios históricos se mezclan con modernas apuestas de diseño arquitectónico. En ese contexto, ingresar a la sede de UPM solo agudiza la sensación de extrañez. Por un lado una construcción de vanguardia, con las máximas medidas de seguridad y ese estilo eficiente y frío. Y en un costado, una inmensa imagen bucólica de un campo muy verde y un niño a caballo. La imagen, claro, es de Uruguay, y es parte de una gran muestra fotográfica sobre la presencia de la empresa en nuestro país. Una presencia que, de confirmarse el anuncio hecho hace algunas semanas, se podría repotenciar con una segunda planta de celulosa, en lo que sería la mayor inversión extranjera directa de la historia del país.

El anuncio no pudo llegar en mejor momento para el gobierno. Pero viene condicionado a que se realice por parte de las autoridades uruguayas una fuerte inversión en mejorar las rutas, el ferrocarril y el puerto de Montevideo. Esta contrapartida exigida al gobierno uruguayo sería de unos mil millones de dólares, cifra inmensa para los estándares locales, pero que luce razonable cuando se conoce que la apuesta de la empresa finlandesa podría llegar a ser cuatro veces mayor. Una inyección de dinero que podría revolucionar la economía del país.

En la charla con los principales ejecutivos de la empresa, destaca un conocimiento y un manejo de la realidad política del país mejor que los de muchos uruguayos. Y una confianza en la capacidad de sus políticos y en la honestidad de sus instituciones, que también supera en mucho lo que suele ser habitual entre la gente de esta parte del mundo.

Sin embargo, hay algunos peros. Los problemas sindicales padecidos por sus colegas de Montes del Plata hicieron que se levantara más de una ceja en la empresa. Y la falta de ejecutividad del gobierno para mejorar la infraestructura del país aprovechando los años de "vacas gordas" también alienta algunas dudas de que se pueda cumplir con el cronograma de la obra.

Una cosa sobre la que no hay discusión es el plazo extenso que se adjudica en ese cronograma a la concreción de los estudios y permisos ambientales. Por ese lado no debería haber problemas para cumplir con todos los requisitos de un país en serio.

Más allá de lógicos intereses económicos y comerciales, está claro que la postura de UPM es una apuesta fuerte a la capacidad del país. Ahora, dicen, está en manos del gobierno demostrar que puede hacer su parte.

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