EDITORIAL

La pesadilla reformista

Aunque ya no menciona el tema, durante la última campaña electoral Tabaré Vázquez anticipó la idea de reformar la Constitución.

"Hoy la Constitución que tenemos no es para un modelo de país que es el que pensamos nosotros", declaró ante dirigentes del Frente Amplio que poco después aprobarían esa idea reformista y la plasmarían en el programa de gobierno 2015-2020. Algunos, sin disimular sus simpatías bolivarianas, hablaron incluso de crear "una Constitución de izquierda".

Transcurrido un tercio de su período presidencial Vázquez no ha dado detalles sobre el modelo de país en el que piensa y que le gustaría plasmar en normas constitucionales. Mientras miembros de la coalición de gobierno siguen agitando el tema —con un rebrote en estas últimas semanas— el presidente de la República permanece en silencio. ¿Fue otra promesa vana? ¿Se desinteresó del asunto? ¿Su mente está ocupada por problemas más acuciantes? No se sabe.

En cambio, por debajo de Vázquez sus acólitos discuten con pasión la reforma tanto en su forma como en el fondo. En la forma, porque no concuerdan en el mecanismo a usar que oscila entre la convocatoria a elecciones para formar una Asamblea Constituyente o en la recolección del 10% de las firmas de los ciudadanos para plebiscitar la propuesta en la próxima elección.

En cuanto al fondo cabe todo como en cajón de sastre. Desde la izquierda cada día se lanza alguna iniciativa. Hay una extensa lista que incluye, entre otras, las siguientes novedades: ampliar el capítulo relativo a derechos humanos; redefinir el derecho de propiedad; mejorar la regulación de la gestión estatal; otorgar voto a los uruguayos en el exterior; crear un Tribunal Constitucional así como un ministerio de Justicia; consagrar el matrimonio igualitario; reforzar los poderes del Parlamento y eliminar el veto presidencial; asegurar la equidad en materia de género; reforzar el fuero sindical; modificar el funcionamiento del Tribunal de Cuentas y la Oficina de Servicio Civil; constitucionalizar el Fonasa; introducir nuevos artículos sobre el derecho a la vivienda y sobre la protección del medio ambiente; y un largo etcétera.

Incluso el flamante presidente del Frente tiene sus propios aportes para hacer, por ejemplo en materia de derechos humanos, al punto que reclama "una gran discusión constitucional" similar a la que el país libró un siglo atrás. Todo muy interesante, sin duda, pero lo que los entusiastas reformistas olvidan es que antes de iniciar un largo paseo por la idea es preciso solucionar los problemas más candentes del Uruguay en rubros tales como la economía, la seguridad o la educación, que no se arreglan modificando o agregando artículos sino con medidas concretas del gobierno.

Tabaré Vázquez, quien por su función debe conocer la emergencia que vive en el país en esos y otros rubros, hace tiempo que dejó de lado su antigua vocación reformista. Lo mismo ocurre con el sector político conducido por el ministro de Economía que insiste en que no es momento adecuado para inaugurar el debate constitucional. Tienen razón, pero el conglomerado político que ambos integran piensa distinto y los reformistas amenazan con imponer su voluntad en el próximo congreso del Frente a realizarse a fines de noviembre.

Si así fuera el país presenciará un espectáculo semejante al preludio de un colapso. Una posibilidad es que se resuelva conformar una Asamblea Constituyente llamando a elecciones de 260 constituyentes. Se abriría así un proceso electoral anticipado con candidatos en campaña con sus propuestas de reforma en mano. Y luego el espectáculo de esa asamblea en plena deliberación con potestades suficientes como para cambiar todo el andamiaje jurídico-constitucional del país. El otro escenario, menos caótico pero también inquietante, es que se junten firmas por el proyecto constitucional frentista para plebiscitarlas en 2019. Claro que, como ocurrió otras veces, los demás partidos políticos se sentirán obligados a presentar proyectos alternativos con lo cual pasaremos los próximos tres años en una polémica constante sobre el nuevo articulado de la Carta.

Todo ello en un país que no sólo carece del viento a favor de la última década sino que, al contrario, hace agua por varios costados. El desempleo aumenta, el crimen campea, la educación decae y la red vial agoniza, por citar algunos problemas acuciantes. Eso es lo que Vázquez debería advertirle a su fuerza política para convocarla a gobernar en serio. Si no lo hace malos tiempos se avecinan para su gobierno y para todos los uruguayos.

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