Editorial

Los niños de la pasta base

A diferencia de la mentira de que hubo niños comiendo pasto durante la crisis de 2002, esta imagen de los niños jugando a vender pasta base y usando para ello tiza molida en los recreos de la escuela, es verdad.

Todos sabemos que hay imágenes que valen más que mil palabras. Y todos sabemos que cuando ellas involucran a niños, el impacto es mucho mayor.

En este sentido, la descripción que hizo la secretaria general de la asociación de maestros del Uruguay (Ademu-Montevideo), en un reportaje en el semanario Búsqueda, sobre la realidad de muchos niños en las escuelas públicas será, sin duda, una fortísima imagen del legado de estos 15 años de gobiernos del Frente Amplio.

Daysi Iglesias fue contundente. Declaró que “hay niños que juegan en los recreos de la escuela con tizas rotas, molidas, a vender pasta base. ¡Juegan a vender droga! ¡Pasta base...! No nos puede estar pasando… este no puede ser el juego de nuestros niños. Y no es en Cuenca de Casavalle o Cerro Norte. Es el rebote del consumo de drogas”.

El Frente Amplio tiene experiencia en la creación de imágenes fuertes que prenden en el imaginario social, que no necesariamente son reales, pero que tienen el mérito de sintetizar una coyuntura particular. Ocurrió, como es sabido, con aquella imagen que el candidato Vázquez sabía que era totalmente falsa, de “niños comiendo pasto” en tiempos de la peor crisis económica contemporánea del país.

Ha quedado claro ya que no hubo niños comiendo pasto, pero a los efectos de la fuerza de la imagen, la verdad fue remplazada por la verosimilitud: en definitiva, la crisis era tan grande que sí podía creerse que hubiera niños que pasaran hambre y comieran pasto.

Es por eso seguramente que una autoridad frenteamplista de la educación intentó raudamente desmentir lo afirmado por Iglesias. Empero, lejos de amilanarse, la secretaria de Ademu ratificó sus dichos y fue más al detalle: dio por obvio que la situación no afecta a los 350.000 niños del país, pero señaló que igualmente afecta a unos cuantos. Y concluyó, con razón: “así afectara a uno, la situación ya sería preocupante. Y esa situación se da”.

A diferencia de la mentira propalada por la izquierda de que hubo niños comiendo pasto durante la crisis de 2002, esta imagen de los niños jugando a vender pasta base y usando para ello tiza molida en los recreos de la escuela, es verdad. Ocurre. No es un invento. No responde, claro está, a ningún plan Atlanta para desprestigiar al gobierno frenteamplista por parte de una derecha insensible, sino que surge del corazón mismo de la actividad educativa, con el eco que llega a la prensa de realidades que viven los maestros en sus tareas y que son denunciadas por su sindicato. Un sindicato que, huelga decirlo, no se caracteriza por simpatizar con los partidos políticos opositores al gobierno, sino que se identifica más bien con consignas históricamente vinculadas a la izquierda y al Frente Amplio.

La imagen de los niños de la pasta base es, además de cierta, muy verosímil. En definitiva, esta larga década frenteamplista ha sido de un innegable crecimiento del consumo de las clases populares, a la vez que ha visto cómo se ha degradado la convivencia social en los centros urbanos, y cómo, en zonas enteras de Montevideo en particular, las bandas de narcotraficantes armados han hecho su ley en base a la violencia y a la compra y venta de pasta base.

Los niños de ese mundo popular y urbano, todos esos niños, han constatado en esta década esa violencia cotidiana, esos ascensos sociales y económicos de jóvenes vinculados al delito, y esa degradación de los valores sociales que implican que, con total naturalidad, los pequeños puedan jugar a comprar y vender pasta base con tiza molida sin que ello les parezca extraño.

La imagen de los niños de la pasta base es así la síntesis de la ineptitud más terrible de estos gobiernos frenteamplistas: una educación pública escolar que sobre todo en los contextos más críticos termina con resultados espantosos; una socialización adolescente que, sin miras de un buen ascenso social forjado en el trabajo honesto, se tienta por una carrera en la delincuencia vinculada al narcotráfico, con su rápido acceso a bienes de consumo relativamente lujosos; y un futuro hecho de anomia y desintegración, con una fractura social infame que la izquierda en el poder, en vez de revertir, no ha hecho más que agravar en estos casi 15 años.

En los que, por cierto, contó con mayorías políticas propias para fijar rumbos claros, y también con ingresos fiscales enormes gracias al mayor crecimiento económico de la historia.

La imagen-legado del Frente Amplio en el poder es la de una escuela en la que los niños juegan a comprar y vender pasta base. Esa es la verdad.

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