Editorial

Materia gris

No hay pasión mundialista que anestesie la indignación ciudadana en torno a la seguridad pública. Nada impide que nos irritemos escuchando a Astori reafirmar la solidez financiera del país, mientras duerme a la intemperie más gente ahora que en la crisis de 2002.

El foco de atención de hoy no está en la política, no hay quien lo dude. En el momento en que el lector repare en este editorial, con toda seguridad ya habrá presenciado el debut de la celeste en el Mundial.

La atención primordial que los uruguayos concedemos al fútbol en esta época ha llevado a algunos analistas a suponer que la presión por el tema político mengua. Incluso hay quienes aventuran que un eventual buen desempeño de nuestro equipo favorecerá al partido de gobierno.

Pero nada hay más lejos de la realidad. Con toda razón ha dicho a este diario Ignacio Zuasnabar, el director de Opinión Pública de Equipos, que "la permanencia o cambio de gobierno no va a depender de un resultado deportivo. Esas visiones, casi mitológicas, a mí hasta me llegan a molestar. Hay cierta subestimación del electorado uruguayo".

Basta recordar el fallido proyecto de la dictadura que asoló al país entre 1973 y 1984, de organizar un "mundialito", una copa entre campeones que rubricara su aspiración de perpetuarse en el poder mediante la reforma constitucional de 1980. Ya estaba todo organizado. La efervescencia de la gente por la disputa mundialista iba en aumento. El gobierno de turno aprovechó para hacer todo el proselitismo que pudo, con aquel inefable jingle que terminaba diciendo "con la Copa de Oro, damos un tesoro de amistad, paz y libertad" (sic)…

Pero tanta plata despilfarrada y tanto triunfalismo no impidieron que, el 30 de noviembre de 1980, el electorado gritara un estentóreo y heroico "No" a la cara de los dictadores. Un mes después empezó el campeonato, y en enero de 1981, la gente salió a festejar el triunfo celeste. El gobierno autoritario no festejó. Pero a la inmensa mayoría de los uruguayos, le sirvió para recuperar símbolos nacionales usados y abusados por la dictadura, y resignificados en la apertura democrática naciente.

Es que el poder absoluto, ese que para Lord Acton "corrompe absolutamente", suele engañarse a sí mismo. Como vive en un microcosmos de autocomplacencia, supone que la fórmula de pan y circo es tan eficiente como en tiempos de Nerón, y que subirse al entusiasmo nacionalista en las justas deportivas hará que los pueblos se confundan, que no sepan separar la paja del trigo.

Pero una y otra vez, la historia demuestra que la gente no es tonta.

Por hablar del aquí y el ahora, no hay pasión mundialista que anestesie la indignación ciudadana en torno a la seguridad pública. Nada impide que nos irritemos escuchando al ministro Astori reafirmar la solidez financiera del país, mientras duerme a la intemperie más gente ahora que en la crisis de 2002. O que nos salte la térmica cuando escuchamos a Mujica decirle al periodista Gabriel Pereyra, muy suelto de cuerpo, que la dictadura empezó antes de 1973. O que en Toledo lleguen a tal extremo de desesperación, que los mismos vecinos opten por calzarse chalecos antibalas y salir a contener la delincuencia, ante la inoperancia del Estado, que es a quien corresponde esa misión. O que en Santa Clara, la gente se manifestara en respaldo de un empresario y en contra de la prepotencia sindical injustificada.

Todo esto está pasando a pesar de la hipnosis colectiva futbolera. Poco importa que los medios informen sobre la selección en forma exorbitante.

Ni siquiera incide que el gobierno esté utilizando un antidemocrático ar- tículo de la Ley de Servicios Audiovisuales para hacer autobombo gratuito, sin dudar siquiera en emplear niños con clara intención proselitista. Claro: acá no funcionarían las cadenas de televisión diarias a la hora de la telenovela, a la manera de Hugo Chávez, pero el objetivo es exactamente el mismo. Anuncian que emitirán supuestos mensajes de bien público o de información de servicios del Estado, pero se limitan a filmar a gente común cantando loas a la obra del gobierno.

La estrategia es tan burda que solo se la creen los más fanáticos, y lo único que logra es acentuar la bronca de quienes saben decodificarla.

Pero la realidad siempre puede más que las operaciones mediáticas. Hace unos días, un informativo de televisión entrevistaba a vecinos que padecían la falta de saneamiento y su realidad desmentía crudamente la propaganda edulcorada de Presidencia. Con humor involuntario, uno de los entrevistados se quejaba de que el fondo de su casa estaba desbordado de "materia gris". Tal vez el equívoco de ese conciudadano sea una buena metáfora de las grandes contradicciones que nos acechan a los uruguayos. Y que ni siquiera un triunfo de la celeste será capaz de hacer olvidar.

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