EDITORIAL

Martínez sin rumbo

Los episodios que se sucedieron no solo demuestran el mal momento que atraviesa el FA, también la escasez de reflejos de su candidato presidencial para tomar decisiones, a diferencia de su principal contraparte.

El comienzo de la campaña hacia las elecciones nacionales no podía haber sido peor para el partido de gobierno. No solo tuvo una magra elección, sino que luego de una campaña sin ninguna gracia y atractivo en que los candidatos se esforzaron por mimetizarse, comenzaron a sufrir el fuego amigo el día siguiente a las elecciones.

Los politólogos suelen afirmar que el mejor escenario para un partido político es desarrollar una interna competitiva, que sea convocante y sume adhesiones, pero en que la competencia sea civilizada y que en ningún caso la sangre llegue al río. Luego de las internas llega el momento de cerrar filas, apoyar al candidato y a la fórmula del partido y enfrentar en un clima de unidad la elección nacional. Pues bien, el Frente Amplio hizo todo el revés, tuvo una interna más aburrida que bailar con la propia hermana y pasado el domingo 30 de junio comenzaron a los tiros.

Los episodios que se sucedieron no solo demuestran el mal momento que atraviesa el Frente Amplio, también la escasa capacidad política para liderar al partido en la elección nacional de su candidato a presidente, más aún si se lo compara con su principal contraparte. En efecto, mientras antes de las elecciones internas Luis Lacalle Pou ya tenía diseñado el plan a seguir dependiendo del resultado electoral, que incluía la decisión de proclamar a Beatriz Argimón la propia noche de la elección si se daban los porcentajes que finalmente se dieron, Daniel Martínez no tenía la menos idea de que hacer una vez que resultó electo.

Parece difícil de creer que un candidato al que absolutamente todas las encuestas dieron como claro ganador de la interna frentista durante toda la campaña no tuviera previsto que hacer una vez obtenido el triunfo, ni siquiera el más mínimo esbozo de plan de acción. Así es que comenzó una serie de reuniones con líderes y referentes de su partido a los que no les iba informando de las opciones que manejaba y cuyas opiniones no tomó en cuenta. Lo único peor que no consultar a los líderes sectoriales es consultarlos y desechar las opiniones que le dieron absolutamente todos.

Por si fuera poco, comenzó a manejar dos nombres radicalmente opuestos para completar la fórmula. Por un lado, Mercedes Clara, licenciada en Comunicación Social y egresada de la Escuela de Psicología Social Pichon Rivière. Durante un tiempo trabajó como educadora de niños, adolescentes y adultos en situación de calle. Vinculada a la Iglesia y la Universidad Católica, escribió un libro e investigó sobre el Padre Cacho. Por otro lado, Graciela Villar, exedila de Montevideo y militante gremial y política. Que estas dos hayan sido las opciones que finalmente manejó Martínez muestra el grado de despiste que tiene.

¿Cómo puede haber llegado a estar entre elegir a una profesional seria reconocida en su profesión, pero no por su actividad política y a una buena señora de comité de base y discurso radical de izquierda? ¿Qué estrategia esquizofrénica tiene en la cabeza Martínez que le cerraba con esos dos perfiles prácticamente opuesto? Curiosamente las dos se presentaban como psicólogas sociales, pero mientras Clara tiene título Villar comenzó con el pie izquierdo mintiendo sobre su calificación. Finalmente, Martínez se decidió por Clara, pero como no aceptó terminó con Villar, si alguien es capaz de entender como fue posible que se manejaran en pie de igualdad dos perfiles tan disímiles le rogamos que envíe una carta a Ecos.

Al presentar la fórmula casi todo el Frente Amplio manifestó su disgusto, comenzando por Carolina Cosse que se sintió dolida y tuvo que googlear a Villar para saber quién era (como todo el Uruguay), el ministro Astori que dijo que había propuesto un nombre mejor, Mujica y Topolansky que le pidieron explicaciones a Martínez y la lista es larga y sigue.

Quizá haya sido el apuro porque tenía pasaje para volar a Miami el fin de semana siguiente a la elección, pero no cabe la más mínima duda a un observador imparcial que la forma en que Martínez procesó la decisión y la candidata a que llegó comprometen una elección ya comprometida para el Frente Amplio.

Daniel Martínez se caracteriza por ser un hombre afable y civilizado, pero también por no tener opiniones, no tomar decisiones y, en definitiva, por no liderar. Eludió hábilmente pronunciarse sobre cualquier tema, pero ahora no podrá mantener esa estrategia rumbo a octubre. A juzgar por los hechos el problema es muy serio y no es solamente de comunicación; lo que realmente ocurre es que Martínez no tiene la menor idea de qué está haciendo ni para donde va.

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