EDITORIAL

Idas y vueltas con la marihuana

Las autoridades se preocupan porque los jóvenes perciben cada vez menos los riesgos de la marihuana, una actitud que era previsible dada la errática actuación gubernamental en la materia.

Datos de la Junta Nacional de Drogas indican que los jóvenes uruguayos ven cada vez menos riesgoso el consumo de marihuana. La última encuesta realizada entre estudiantes de la enseñanza media reveló un descenso en lo que llaman "percepción de riesgo". Para neutralizar esa tendencia se preparan campañas propagandísticas para explicar los propósitos de la ley vigente en la materia, advertir sobre los problemas que puede causar el cannabis y propulsar un consumo más criterioso del producto.

Los resultados de esa encuesta dan una voz de alarma que no debería sorprender a nadie dada la actitud del gobierno en la materia. Aprobada para combatir la inseguridad pública (tema en donde su fracaso es evidente) la ley impulsada por el entonces presidente José Mujica permitió la compra de la droga en las farmacias, su cultivo doméstico y la creación de clubes de consumidores. Antes de su aprobación, hacia fines de 2012, se pretendió crear un ambiente propicio para el nuevo mercado con un folleto distribuido en la vía pública cuyo título era el siguiente: "Si te decidiste a fumar marihuana aquí te ofrecemos algunas puntas". Entre otras cosas el folleto incluía una serie de dibujos que enseñaban a armar correctamente un cigarrillo de marihuana.

Ese primer intento de educar a la clientela impulsado por el Estado fue secundado por una campaña en televisión en donde los locutores recitaban textos tan confusos que no se sabía si recomendaban la droga o si le ponían peros. Lo cierto es que esos mensajes actuaron como una señal de apertura cuyos efectos se vieron de inmediato. Se popularizó entre los jóvenes el consumo de la ma- rihuana algo que empezó a notarse más que nunca en el inconfundible aroma que se percibía en los espectáculos públicos, en las playas y en las salas de baile. Si bien la ley no se había aprobado, sus efectos en el aumento del consumo eran evidentes.

Tan evidentes que entre el 2012, cuando se lanzó la propuesta, hasta el 2017, cuando comenzó la venta legal en las farmacias, se incautaron más partidas de marihuana que nunca, síntoma de la expansión del hábito causada por una mala política. El gobierno de Mujica, bajo el cual se aprobó la ley (aunque su puesta en práctica la hizo a regañadientes Tabaré Vázquez), alcanzó fama universal por conducir a un país precursor en la legalización de la marihuana. Hasta la revista británica The Economist designó a Uruguay en 2013 como "el país del año" por esa postura, pese a que la ley ni siquiera había empezado a aplicarse.

Aunque Mujica se llevó los laureles fue Vázquez quien debió resolver los problemas suscitados por la aplicación de la ley. Antes de asumir su segundo mandato, en un discurso en la sede del Banco Mundial, se había pronunciado en contra de la liberalización de la marihuana. Después, como presidente, bajo la presión del sector mujiquista debió implementarla, lo cual marcó una contradicción entre esa decisión y su campaña antitabaquista. Ese asunto lo persigue cada vez que sale al exterior, en donde la prensa suele preguntarle cómo es posible que la campaña "libre de humo" contra el tabaco se desarrolle en paralelo con la liberación de "otro tipo de humo".

En la actualidad las autoridades lucen preocupadas por esa expansión de la marihuana entre las nuevas generaciones. Diversas instituciones médicas insisten con que esa droga genera una adicción física y psicológica de la cual no es fácil librarse. Además puede ser el principio de una cadena en donde se pasa de una droga a otras más peligrosas como la pasta base y la cocaína. Advertencias sobre los peligros no le faltan al gobierno, que hoy comprueba que los jóvenes ven a la marihuana como una droga con escasos riesgos.

En tanto Tabaré Vázquez sigue recibiendo distinciones en el exterior por su lucha contra el tabaco, la difusión del "porro" sigue tan campante a pesar de que contiene mucho más alquitrán que el cigarrillo común. Por otra parte, los efectos positivos que la ley iba a tener en materia de seguridad (recuérdese que fue presentada entre un paquete de medidas para reducir la criminalidad) no se observan por ningún lado.

Peor aún, nunca se habían visto en nuestro país tantos choques armados entre bandas y ajustes de cuentas derivados de la pugna por la distribución de drogas en ciertos barrios.

En suma, da la impresión que no alcanza con hacer campañas que convenzan a los jóvenes de que fumar marihuana tiene sus riesgos. Toda la política en la materia merece una evaluación y seguramente una revisión, lo que no se arregla con un poquito de publicidad.

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