EDITORIAL

Estar "en la chiquita"

Hay dirigentes políticos del gobierno que parecen creer que estamos todavía en 2010. No quieren asumir que los tiempos han cambiado para mal. Y que el país necesita un gobierno enfocado en las tareas urgentes de encaminar el rumbo económico y encarar los enormes desafíos en materia educativa, de asistencia social y seguridad pública que enfrenta hoy la sociedad uruguaya.

Es que en los últimos días lo que se ha visto en las noticias es un partido oficialista enfrascado en luchas internas estériles, en marcar perfilismos absurdos, y en peleas por cuotas de poder y revanchismos, que solo contribuyen a dar la imagen de un gobierno en disputa, y donde nadie tiene claro dónde se asienta el verdadero poder de mando.

Tal vez la señal más fuerte en ese sentido haya sido la reacción del diputado José Carlos Mahía ante las amenazas de cambios a nivel legislativo del proyecto de rendición de cuentas. Mahía sostuvo al respecto que "tanto en el Consejo de Ministros como en el Secretariado, salen a hacer campaña con la cabecita puesta en la interna del próximo 24 de julio, por todos lados, desmarcándose públicamente de lo acordado por ELLOS MISMOS. ¿Cómo se llama la película?!!!: QUÉ BAJEZA!".

A nadie escapa la noticia de que particularmente el MPP y otros sectores del oficialismo han hecho la vida difícil al gobierno en el Parlamento a la hora de votar los proyectos que envía el presidente. Con un desparpajo y una falta de sentido del momento difícil que atraviesa el país, la acción de estos grupos que manejan la mayoría de la bancada oficialista ha estado al filo del chantaje. Con el agravante de que buena parte de los sacrificios que la ocasión está obligando a la sociedad a acometer, se deben al desastre que fue el gobierno anterior, donde esos mismos sectores fueron quienes tuvieron el poder absoluto.

Pero no es el único ámbito donde las peleas intestinas y las pugnas de poder están afectando la función de gobierno, y como consecuencia, la vida de la gente. En estos últimos días explotó a nivel municipal una guerra abierta entre el intendente de Montevideo, Daniel Martínez, y el principal empresario del transporte, Juan Salgado. Salgado acusó a Martínez de haberlo destratado durante meses, y que a último momento tuvo que salir a pedirle ayuda para resolver la crisis por la caída de la empresa Raincoop. Como respuesta, el mano derecha de Martínez, Fernando Nopitsch, lanzó un furibundo ataque contra el empresario, con términos, adjetivos, y acusaciones veladas, que parecen más de pelea de boliche que de un debate público serio.

Vale señalar que buena parte de la desesperación de Martínez tiene que ver, aunque lo niegue, con el hecho de que tras la caída en desgracia del "delfín" oficial Raúl Sendic en sus aspiraciones presidenciales, son muchos en el oficialismo quienes creen que Martínez puede ser la figura que puede asegurar la permanencia del Frente Amplio en el poder. Pero eso depende de una gestión mínimamente eficiente al mando de la comuna capitalina, algo que por ahora no se ve por ningún lado. La basura sigue siendo un problema sin solución, el tránsito lo mismo, y el transporte va cada vez peor. Solo por mencionar algunas de las áreas clave de esa gestión.

No deja de ser llamativo, y agrega más morbo al asunto, que Martínez choque tan escandalosamente con el empresario que es casi que el único confidente del presidente Vázquez.

En tanto esto sucede en Uruguay, desde Rusia el vicepresidente Sendic, enfrascado en un frenesí viajero que amenaza robar aquel apodo de Marco Polo que en algún momento mereciera el exintendente Arana, aseguró que él no tiene intenciones de ser candidato a la Presidencia. No se sabe qué es más sorprendente, que Sendic crea que después de la catarata de papelones que ha protagonizado tiene chance de ser candidato, o que en momentos tan complicados de país se dedique a viajar por el mundo y a pensar en elecciones para las cuales todavía faltan tres largos años.

Es que esa es la cabeza que parece estar primando entre las figuras del oficialismo. Por un lado se quejan de que la oposición vive en campaña permanente, pero por otro todo lo que se hace, cada decisión que se toma, se está leyendo por muchos de ellos más en función de sus efectos electorales y su futuro político, que en los intereses generales de la sociedad. Cuando se presentó ante la ciudadanía a pedir el voto, Tabaré Vázquez prometió dos cosas: poner fin al gobierno caótico y de asamblea permanente de José Mujica, y aportar certezas en el rumbo político. Por ahora viene fracasando con gran éxito en ambas.

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