EDITORIAL

Arropado y mimado solo por los suyos

Vázquez prefirió ir a un lugar protegido, donde solo hubiera hinchada afín y donde gente experta en la tarea le armara una puesta en escena que lo favoreciera.

Hay claros puntos de contacto y hay contrastes enormes: en un mismo 1º de marzo, dos presidentes rindieron cuenta de su gestión. Los dos gobiernan sus respectivos países en un momento en que se encaminan hacia un proceso electoral que terminará en las urnas el mismo día: el último domingo de octubre. Sin embargo, la manera en que encararon esa rendición de cuentas no fue igual. Y esa diferencia demostró una distinta valoración a las instituciones democráticas y un manera opuesta a cómo asumir riesgos y enfrentar la adversidad.

El argentino Mauricio Macri se presentó ante la sesión conjunta de ambas cámaras en el Congreso argentino. El uruguayo Tabaré Vázquez mandó un denso informe impreso al Parlamento pero presentó una versión más edulcorada a sus seguidores en el Antel Arena, con una puesta en escena, diseñada para generar solo aplausos y complacencia.

Rendir cuentas en una democracia implica hacerlo ante toda la nación. En algunos países, esa puesta al día se hace con una alocución anual ante el Parlamento. Tal es el caso del presidente norteamericano que presenta ante ambas cámaras el “estado de la Unión”. Lo hace ante todos los senadores y diputados que representan, cada uno, a los ciudadanos de diferentes regiones y con sus particulares visiones.

En las democracias parlamentarias, el Primer Ministro comparece hasta una vez por semana para ser interpelado por los diputados en sesiones agitadas. En Uruguay es habitual que el presidente envíe cada año su informe escrito al Parlamento. Solo Luis Alberto Lacalle optó por presentarse personalmente ante la Asamblea Legislativa. Tal comparecencia tiene ventajas.

Es una muestra de consideración a las instituciones democráticas. El país entero ve cómo el titular de un poder, el Ejecutivo, concurre a la sede de otro Poder para rendir cuentas de sus actos ante quienes representan a los ciudadanos.

Segundo, es un reconocimiento al derecho de todos, no de algunos, de recibir ese informe. En la sala hay representantes del partido gobernante, pero también los hay de la oposición. El abanico político entero está allí, representando a la totalidad del país.

Mauricio Macri fue a un Congreso argentino con legisladores que lo apoyaban, pero también con otros que fueron hostiles a su discurso y a su sola presencia. Sin embargo, cumplió con ese fundamental ritual, sabiendo que así sería. Aceptó que no hay unanimidad en un país, que la gente tiene diferentes visiones y puede ser muy frontal y crítica a la gestión del presidente.

Macri demostró no solo no temer a su vociferante oposición, sino tampoco tenerle miedo al juego libre y por momentos tosco, que implica una democracia.

No ocurrió así con el presidente Vázquez. De haber presentado su informe a la Asamblea, en lugar de ir al Antel Arena, hubiera enfrentado a una bancada opositora fuerte, pero ciertamente más civilizada que lo que vio Macri, y más respetuosa a la investidura presidencial de Vázquez. Por lo tanto, si nada temió Macri, menos tenía para temer Vázquez.

Y tercero, presentarse ante la Asamblea en lugar de armar un espectáculo para un público afín (aunque pago con los impuestos de todos), hubiera permitido esa misma trasmisión televisada al país entero, pero desde un recinto más adecuado.

Vázquez prefirió ir a un lugar protegido, donde solo hubiera hinchada afín y donde gente experta en la tarea le armara una puesta en escena que lo favoreciera. Cosa que ocurrió. Más allá de un discurso plagado de datos y cifras, todos convenientemente favorables a su gestión, hubo espectáculo.

La sola ubicación del atril, la iluminación y el juego de cámaras, la forma elegante de vestir, todo sumó a favor de un impresionante despliegue visual que compensó la frialdad de tantos números.Hubo cronometrados aplausos después de cada oración. Hubo autocomplacencia. Vázquez se sintió arropado, mimado, protegido, porque optó por hablarle solo a una parte del país: a los suyos, a los que incondicionalmente le dirán que sí a todo. Y dejó afuera al resto. Les tuvo miedo a los que discrepan con él, a los que no viven la realidad dorada que él pintó. Los encerró afuera.

Al hacerlo, despreció la importancia de los rituales democráticos, aquellos que incluyen a mayorías y minorías, a oficialistas y opositores.

No es eso lo que se espera de un presidente de la República. En ningún caso, pero menos cuando rinde cuentas ante la nación entera

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