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Cadenas de violencia


@| Circulo por Avenida Italia. Aminoro la marcha y cedo el paso. Enseguida una bocina reprobatoria. Me detiene el semáforo. Una moto queda a mi par. El conductor que me insulta. Bajo el vidrio: “hubiera hecho lo mismo por vos”, respondo con gesto conciliador. Me mira desconcertado y arranca sin más. No fue mi propósito, pero desactivé el conflicto. La agresividad es contagiosa. La actitud conciliadora también. Opté por esta última. 

En Uruguay, prácticamente cada persona tiene un celular. Así, la difusión de opiniones, ideas o hechos, adquiere rápidamente dimensión pública merced a la tecnología. Cada audio, video o mensaje replicado en redes, puede desatar reacciones y manifestaciones colectivas. Violentas o pacíficas, constructivas o destructivas, su tono lo dará el contenido y la impronta del mensajero.  

Si nuestro Presidente se muestra fuera de sí, discutiendo, desafiando, desacreditando, el mensaje llega. Si ministros, parlamentarios, dirigentes políticos o sindicales, intercambian agravios entre ellos y con otros referentes sociales, también transmiten un mensaje. Si connotados comunicadores o deportistas, resuelven diferencias a golpes de puños, también trasladan su mensaje. Entonces, si las señales de los referentes sociales van en la dirección del agravio, la intolerancia, la descalificación o la agresión física, ¿qué esperar de los ciudadanos?, ¿qué de sus comportamientos en el tránsito, ómnibus, escuelas, liceos, mutualistas, oficinas, clubs, familia, espectáculos? Acaso, ¿no existe una lógica de causalidad entre aquellas señales y la espiral de violencia? Muchos, quizás ya demasiados, la terminamos alimentando. 

“¡Te tocó guacha, te cruzaste!”. Sonó el disparo. La cajera cayó. Había entregado todo el dinero. No importó. El pibe no llegaba a los 18 años. En su “código” una muerte suma, prestigia. El botín paga droga, fierro, bases, pilchas. El “Rengo” a su manera está orgulloso. Los guachos del “cante” sueñan ser como él. Lo sabe, fue uno de ellos. ¿Escuela, liceo, trabajo? “con eso no se morfa hermano, yo con una salida hago más que todos estos giles laburando”, se jacta. La indiferencia social y la ineficiencia estatal, cobijan. Claro, hoy nos lamentamos, pero dejamos crecer este país paralelo. Personas desplazadas, aferradas a un oscuro atajo de subsistencia. “Códigos” por justicia, “lealtades” por moral, “miedo/impunidad” por autoridad. No lo comprendemos. Allí la vida no vale igual. La muerte campea, se complota con la droga, el alcohol, la prostitución. No hay alternativa. Matar sin reparo. Vos o yo. Vivir el momento, porque mañana fuiste. Marginación, niños de la calle, sin contención familiar, furtivos escolares que devienen en jóvenes sin horizontes, ni esperanza, carentes de afectividad. No temen la condena social, ni siquiera la muerte, a la que desafían cada día. No conocen límites. Más bien se valen de los ajenos. Eslabones de una cadena de crueldad, miseria, indiferencia, complicidades e intereses.

De pronto, ¡despertamos! Armas, muertes, enfrentamientos, bandas, narcotráfico. La inseguridad nos toca. Ya no estamos a salvo. Las víctimas son familiares, amigos, compañeros, vecinos, conocidos. Mundos paralelos que explosionan. Sorprendidos, pugnamos por culpables. Entrecruzamos reproches, agravios, descalificaciones. ¡Cómo nos cuesta admitir que somos parte del problema! 

Consumidores ricos y pobres asociados en demanda de droga. Enriquecen traficantes, potencian su mercado, mientras la marginación les surte mano de obra. Personas que delinquen para saldar cuentas o pagarán con su vida. Enfrente ciudadanos encolerizados por la inseguridad y víctimas de una violencia que protagonizan como víctimas y victimarios.  

Hora de sincerarnos. Esto no pasó en un día. Es fruto de insensibilidades e inacciones prolongadas. No somos ajenos a causas y culpas. Siendo pocos, ilustrados y en territorio pequeño, con tecnología y comunicaciones de nuestro lado, está en nosotros transformar una realidad que duele y avergüenza. Los referentes sociales deben liderar el proceso. Necesitamos esa señal. Coraje y grandeza. A un lado vanos orgullos e intereses personales. Al frente, la Nación, el bienestar general, el interés común. Es impostergable. ¡Nos lo debemos! Podemos comenzar de inmediato, con nuestras actitudes diarias, en el hogar, el trabajo, el tránsito, liceos, facultades, escuelas, oficinas, Facebook, WhatsApp, Instagram, mail. ¡Quebremos ya estas infames cadenas de violencia!
“Es muy breve la vida para hacerla pequeña”.

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