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Saravia y las elecciones

Ciento diez años de la muerte de Aparicio Saravia. Es el momento de recordarlo. En especial porque estamos próximos a una elección nacional y Saravia luchó en procura de un sistema electoral justo y confiable, de una auténtica democracia uruguaya tal como la tenemos hoy día. Para bucear en esa historia, nada mejor que tomar algunos pensamientos del historiador Enrique Mena Segarra.

Ciento diez años de la muerte de Aparicio Saravia. Es el momento de recordarlo. En especial porque estamos próximos a una elección nacional y Saravia luchó en procura de un sistema electoral justo y confiable, de una auténtica democracia uruguaya tal como la tenemos hoy día. Para bucear en esa historia, nada mejor que tomar algunos pensamientos del historiador Enrique Mena Segarra.

En tiempos de Saravia, esa democracia sólo existía como aspiración. El desconocimiento de los derechos establecidos en la Constitución de 1830 se había convertido en rutina para los gobiernos que se sucedieron a partir de la tragedia de Paysandú.

El régimen comicial, manejado por el Poder Ejecutivo, ponía en sus manos todo el sistema de expresión de la voluntad ciudadana, con múltiples oportunidades para desnaturalizarla. Era el régimen del fraude y éste parecía inconmovible. Sin embargo, el cambio era posible. Sólo faltaba para ello que volviera a escena la paisanada en armas, convocada por Aparicio Saravia que ya había rendido sus pruebas de caudillo a partir de la revolución del 70.

El Partido Nacional lo proclamó su jefe militar y después del ensayo frustrado de 1896 la campaña se encendió con la patriada del 97, instancia clave de nuestra evolución republicana. Entonces sobrevino el pacto de setiembre que consagró conquistas cívicas esenciales que servirían de base a nuestro proceso democrático.

El gobierno de Juan Lindolfo Cuestas se comprometió a promover normas que purificaran el sufragio y aseguraran la representación de las minorías en el Parlamento. En cumplimiento de dicho compromiso se dictaron en abril y octubre de 1898 las leyes de Registro Cívico Permanente y de Elecciones.

El Partido Nacional mantenía los cuadros de su organización armada, con la disposición de resistir cualquier violación del convenio, poniendo en riesgo los derechos obtenidos. Desd El Cordobés y luego desde Melo, Saravia ejercía su influencia sobre el país y el presidente Cuestas solicitaba su asentimiento para decisiones importantes.

Pero en 1903 la Asamblea General eligió Presidente a José Batlle y Ordóñez, quien no admitía la subsistencia de lo que él llamaba dos países ni se sentía atado por el pacto del 97. Frente a esto estaban quienes veían materializarse el peligro. Saravia y los que pensaban como él, no estando dispuestos a ceder las posiciones que hacían efectivos los derechos de los uruguayos, reaccionaron con el levantamiento de 1903. Podrían haber infligido una derrota apabullante al mal preparado gobierno. Sin embargo, aunque Saravia tuvo el país en sus manos, su patriotismo le hizo preferir la paz a la victoria. Aun así, el enfrentamiento básico seguía en pie y el incidente suscitado por regimientos instalados en Rivera y no retirados por el presidente, provocó la conflagración de 1904.
El 1° de setiembre de aquel año Aparicio Saravia cayó herido en Masoller. Nueve días después, en la tierra gaúcha de Río Grande del Sur, murió. Patria y partido vibraron estremecidos de congoja ante la muerte del guerrero humano y generoso, cuyos principios el Nacionalismo impondría en la Carta Constitucional de 1917.

A 110 años de su desaparición física, Aparicio Saravia sigue siendo y lo será eternamente, una fuerza inmensa de cohesión partidaria y un ejemplo magnífico de una digna y altiva vida cívica.

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