Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

La muerte del superhombre

Hay pensadores buenos y malos. Y no lo digo por la calidad de su producción, sino por las intenciones manifiestas de sus pensamientos y por las consecuencias que acarrean las mismas para la sociedad.

La ética es algo que debe estar presente en toda profesión. Ninguna está exenta de la obligación de considerarla. Un abogado en su afán por defender a un cliente tiene líneas que no debe cruzar; un periodista no puede ejercer sin reglas como si informar pudiera ser una actividad con fueros que amparan lo que sea; un político no puede hacer cualquier cosa para ganar. Un intelectual también debe atenerse a la premisa de hacer lo que hace con responsabilidad, rectitud, y en función al bien común.

Hay pensadores que nos han embromado, y bastante. Conviene estar atentos. Muchos de ellos influyen de gran forma en nuestras vidas.

Jorge Batlle me dijo una vez que la culpa de todo la tenía Rousseau. Sí, ese intelectual tan seductor en su prosa, y tan livianito de contenido democrático, que se ha constituido en uno de los progenitores de los totalitarismos más sangrientos y berretas. No en vano sostenía que las sociedades nacen por el fraude y la fuerza… Alcanza con escuchar dos minutos a cada iluminado de turno creyéndose el intérprete de la voluntad general, para darse cuenta por dónde van los tiros. (No puedo dejar de pensar en Rousseau cada vez que escucho las bondades de la inclusión financiera…)

Marx no necesita presentación. Su inacabado y desarticulado pensamiento ha provocado más pérdidas y sufrimiento que muchas de las grandes plagas y enfermedades de la historia.

Ahora bien, el que tampoco se quedó atrás en esta siniestra carrera ha sido Nietzsche. Aunque a veces pasa más desapercibido, es para mí de los más retorcidos y oscuros.

La sociedad occidental es la que más lo ha padecido. Su pensamiento, absolutamente opuesto a nuestra más rica y fructífera tradición fundada en el derecho natural como base, con raíz en Grecia y en Roma, donde se supo dar forma jurídica a las ideas difundidas por los estoicos, confluyendo en el pensamiento cristiano, que de alguna manera cristalizó en la filosofía tomista que dio forma a la ley natural como resultado de la recta razón, nos ayudó a enterrarnos aún más en el gran lodazal del relativismo contemporáneo.

En el momento en que la razón dejó de ser el medio de apreciar la realidad para ser la herramienta con la que crearla o modificarla (voluntad), todo se fue al garete.

El salto de la razón (tomista) a la voluntad, abrió el juego para que el relativismo prosperara de su peor manera, tal como lo conocemos hoy.

El mundo entonces se desdobló entre quienes de alguna manera entienden que la búsqueda de la perfección y la felicidad ajena es el camino (Kant), y quienes anclados en la voluntad (incluso en la de poder) entienden que todo vale, porque para ellos la idea de la justicia natural ha quedado de lado, sustituida por el superhombre que todo lo puede dentro de la superestructura, y quien no debe rendir cuentas a nada, ni a nadie.

Sí, por ese superhombre imbécil que campea incluso en nuestra sociedad oriental creyendo que tiene más derechos que obligaciones, y que no es más que un abyecto egoísta, que desconoce la trascendencia del ser humano únicamente con fines voluntaristas y mediatos. Nada más ruin, nada más malintencionado. Y nada más decadentemente yorugua que verlo actuar en manada, ostentando la inmunidad que su relativista conciencia le hace creer que posee, mientras en su natural inconsistencia se ve a sí mismo como solidario salvador de la gilada que no se entera. Como si cargarse la influencia de Occidente, que ha dado al mundo las mayores bondades de la humanidad, fuera cosa muy cool y para hacer en un pis pas.

Claro, cuando uno le pone un poco de pienso al asunto y saca cuentas, aunque solo sea en lo doméstico, espabila.

Nietzsche y todos sus argumentos contra la ética de Kant, contra el Cristianismo y la ley natural, contra la moral, y contra todo lo bueno de nuestra civilización, lo único que hicieron fue crear los peores monstruos de la historia.

Perder el foco en la trascendencia del ser humano, para ponerlo solo en la voluntad de poder a cualquier precio (violencia incluida) hace derrapar a las sociedades hacia un camino autodestructivo. ¿No es acaso esto el nihilismo más puro según Nietzsche? ¿No se explica en buena medida por esto la deriva de la civilizada Alemania al nacionalsocialismo?

Johnson decía que la forma en que el público “entendió” la teoría de la relatividad fue una de las grandes líneas de influencia en el siglo pasado, dado que en forma totalmente ajena a la voluntad de Einstein, el hecho que la sociedad rompiera con el molde de Newton, para adoptar las nuevas condiciones de tiempo y espacio, sirvió también para romper los lazos que esta tenía con la fe y la visión judeo-cristiana de la moral.

Y es precisamente esa ruptura, a mi juicio basada en la extraña combinación resultante de los desvaríos carentes de comprobación científica de Rousseau, Marx, y Nietzsche, extrañamente amalgamados por la inconsistencia y la mutación permanente, la que nos ha dejado en este mal puerto donde atracamos.

Una sociedad casi perdida, donde la desesperación por tener todo ya, nos ha hecho desdeñar el valor de las cosas. No solo el valor material, sino también el intrínseco y el trascendente. Una sociedad que se ha vuelto capaz de convivir con hechos que han sido horrores en todos los tiempos, que se hizo inmune al sufrimiento de sus miembros más débiles, y que casi no se rebela ante el uso, abuso y manipulación de la necesidad, es una sociedad enferma.

Pero no todo es negativo. Hay una luz de esperanza. Hay cosas que no todos estamos dispuestos a permitir ni a tolerar.

Cuando todo parecía perdido, cuando ya habíamos casi asumido que el talenteo y el bla bla bla relativista era el ecosistema en que tendríamos que vivir, ha surgido una rebelión de sentido común.

Una revolución que no divide, que une, y que dice que hasta acá bancamos.

Algo que nos aglutina, que saca lo mejor de nosotros mismos, y que en forma tranquila y pacífica, nos deja como testigos de esta linda historia, donde un país entero le ha dicho a Nietzsche: basta ya, tu superhombre ha muerto.

Aquí no reinará.

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