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Población uruguaya

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¿Y si nos vaciáramos? Si Uruguay se quedara sin gente, ¿quién nos lloraría?

En un mundo que alterna entre los temores por la superpoblación y el colapso poblacional, quizá nuestro mayor aporte a la humanidad haya sido reproducirnos sin vanidades. Nadie nos lo va a agradecer, entre otras razones, porque no somos unos bichos raros. Dos tercios del mundo vive en países donde la población está estancada o en caída. 

Que le pase a varios no es consuelo ni minimiza el desafío. Uno de los principales problemas de que seamos menos, y que vivamos más, es que no haya tanta gente en edad de trabajar para mantener a los que se jubilan. Una perogrullada que no impide que algunos trasnochados pretendan que trabajemos menos años. 

La demografía tiene un vínculo estrecho con la intimidad: personas que deciden dónde vivir, cuántos hijos tener y dónde morir. Es inútil pensar que el Estado puede hacer algo muy útil al respecto. Ello no implica renunciar a que existan ciertas políticas públicas que apuntalen a quien decida tener hijos ni que nos preocupemos en serio por mejorar el bienestar de los que ya existen. 

Más allá de eso, que será de tarea primero de nuestra estimada clase gobernante y luego de cada uno en su hogar, para qué realmente querríamos ser muchos los uruguayos si nunca lo fuimos ni lo seremos. Rozamos los 3,5 millones. No es una cifra despreciable. Estamos abajo de 134 países y territorios, y arriba de otros 100. 

Qué pensamos sobre nuestro país, y sobre la vida, es decir, sobre la vida en nuestro país para que cada vez menos personas decidan reproducirse. Podríamos poner un asterisco y acotar que tenemos una de las mayores tasas de suicidios. Podríamos hacer un paréntesis y agregar que tenemos una de las mayores tasas de encarcelamiento. 

Entonces, ¿qué pensamos sobre la vida en nuestro país? 

Somos, en realidad, algo así como cuatro millones. Que haya más de medio millón en el exterior es casi tan revelador como el dato de los que estamos en el interior. Casi uno de cada cinco uruguayos vive afuera. Nos falta gente. ¿Nos falta gente? Antes de pensar en estériles políticas de fomento de la natalidad o masivos programas de atracción a los inmigrantes (¿qué tan tolerantes y hospitalarios seríamos con la inmigración que reciben Europa o Estados Unidos?), lo más sencillo sería que los que emigraron quisieran regresar. Por algo no lo hacen. Ni en el amor ni en la inmigración se fuerza la atracción. 

Vienen de vacaciones y son, crisis argentina mediante, de los principales turistas. Uruguay, pequeño gran país de paso. Si volvieran todos, no entraríamos: cuatro millones de personas, dos millones de mascotas y el ego de los fans de Marset. Alguno que otro habrá necesitado del exilio para descubrir su uruguayez. Tras varios años afuera puedo afirmar que el encono ha sido inversamente proporcional a la distancia. Mientras más lejos he estado, más uruguayo me he sentido. Ahora en ningún lugar me percibo tan charrúa como en un Farmacity porteño.  

Un país cuenta con la encomiable habilidad de ser muchas cosas a la vez para muchas personas. Un país, sin importar la cantidad de personas, es un collage de disfunciones y encapsula una amalgama de contradicciones. 

Un país es lo que te cuentan. Lo que nos contamos. Si crecemos escuchando que tenemos garra adentro de una cancha, es factible que propaguemos el mito. Si nos pasamos jactándonos de nuestra humildad, algún tipo de soberbia esconderemos. Si repetimos que la estamos remando, la abundancia será siempre una orilla distante. 

El combustible de la patria es la reafirmación de lo que tenemos en común, incluyendo nuestras falencias. Todos mendigamos algo, hasta los países. Elige tu propia aventura sobre qué vas a lamentar. En Suiza también se quejan. 

A riesgo de que estas disquisiciones integren el género “si nuestras vacas volaran”, si no fuéramos quienes somos, ¿qué seríamos? ¿Si no le rindiéramos pleitesía a una pelota, por ejemplo, devotos de qué seríamos? “Como Uruguay no hay” aparece en las primeras posiciones de la lista de frases autoalabatorias. Su campo, sus playas, su tranquilidad. Somos exuberantes en la modestia y ascetas de la voluptuosidad. Quizá nos guste la serenidad que garantiza la escasez de personas. ¿De verdad queremos ser más? 

En estos días de desasosiego colectivo en los que nos hemos encolumnado para dar esa batalla de peso, doblegar otra vez a una despiadada multinacional, podemos estar tranquilos de que la victoria será nuestra. Spotify no se irá porque a este pueblo lo defienden políticos sesudos de refinada educación que intercambian insultos a cinco kilómetros de donde, por los tiroteos, hay que desviar líneas de ómnibus. 

Podemos estar tranquilos que de ellos también vendrán las soluciones a nuestros desafíos en natalidad y seguridad, en educación y desarrollo. Se los ve tan abocados a buscar soluciones al 16% de pobreza infantil que casi no tienen tiempo para otra cosa. Nada como reproducirse en Uruguay.  

Los países envejecen, pero también deberían volverse más sabios así que no perdamos el optimismo. A juzgar por algunas reacciones a las pruebas PISA, estamos formando genios. Y lo ignorábamos. 

Existe gente valiosa que, desde diferentes centros de estudio, propone una agenda país ambiciosa. Aunque falte mucho, es el camino. En el lamento de ser unos pocos millones reside nuestra esperanza. Entre tanta gente para elegir no debería ser un inconveniente que salgamos adelante.

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