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Natalidad y futuro

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En cifras redondas, en 2003 nacieron en Uruguay 50.000 niños. En 2023, fueron 31.000. El último año en el que la tasa global de fecundidad fue de 2,1, es decir la cifra que asegura la renovación poblacional del país, fue 2005; hoy está en 1,24 y es de las más bajas del mundo: Argentina está en 1,9; Italia 1,3 y España 1,2. Finalmente, desde 2021 todos los años han muerto más uruguayos que los que han nacido.

Estos datos demográficos son tan impactantes como contundentes: si nada cambia, vamos camino a disminuir nuestra población nacional. Además, debe agregarse que, sacando algún año excepcional, en las últimas tres décadas siempre hubo más uruguayos que emigraron que los que volvieron a residir al país. Y para completar el cuadro, hay que tener claro que esa tasa de fecundidad de 1,2 esconde comportamientos disímiles en función de la clase social: estadísticamente, cuanto más alto es el nivel de ingresos de la mujer menos hijos trae al mundo.

Hay conocidas causas que explican esta evolución. Desde 2016, la expansión de los métodos anticonceptivos permanentes, y sobre todo el implante subdérmico, fue clave en la baja fenomenal de la fecundidad de mujeres mayores de 15 años y hasta los 24 años. También, en las edades definidas como centrales para el embarazo, hay cambios culturales sustanciales que llevan a no querer tener (tantos) hijos: una valoración distinta de los tiempos de las etapas de la vida; una competencia entre vida familiar y profesional que termina postergando o directamente anulando la decisión de embarazo; y la creciente pluralidad de proyectos de vida considerados válidos y satisfactorios que compiten con la decisión de ser madre (y padre).

La reflexión aquí toma dos caminos distintos. El primero es el que incluye al comportamiento demográfico de Uruguay entre los países centrales de Occidente, y refiere a un problema civilizatorio que, naturalmente, sobrepasa el horizonte de nuestra penillanura suavemente ondulada. En efecto, si una civilización no asegura su futuro poblacional propio, a la vez que tampoco defiende sus valores culturales frente a un relativismo miope que todo lo justifica -por estos días ilustrado, por ejemplo, por el estúpido auge de las manifestaciones pro Hamás en universidades occidentales, y por su traducción infame y patética en la facultad de humanidades pública local-, su decadencia y su derrota, más temprano que tarde, están aseguradas.

El segundo camino es político, social y cultural, pero de dimensión nacional. Hay una pregunta clave y silenciada por la progresía local, tan monopólica en el análisis de estos asuntos y que está íntimamente feliz con esta baja de la natalidad: ¿este comportamiento demográfico refleja las verdaderas preferencias de la sociedad uruguaya? Dicho de otro modo: ¿están realmente satisfechas las mujeres (y los hombres) con el cuándo y el cuánto de tener hijos? ¿O en verdad la presión social, que hoy se inclina en favor de los logros profesionales y de un horizonte personal hedonista, impide apreciar una frustración en el proyecto familiar que está tan extendida como disimulada?

Es año electoral. Es un tema social y cultural importante. Merece que le dediquemos análisis, opinión e inteligencia colectiva con traducción en políticas públicas concretas.

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