Martín Aguirre
Martín Aguirre

Versiones bipolares

Uruguay tiene un problema histórico: la obsesión por convertir cualquier tema de discusión en una pelea camisetera al mejor estilo Nacional-Peñarol. Toda la historia del país está marcada por esta bipolaridad, que ahora vuelve a quedar en evidencia con la reacción ante la crisis en Brasil.

Uruguay tiene un problema histórico: la obsesión por convertir cualquier tema de discusión en una pelea camisetera al mejor estilo Nacional-Peñarol. Toda la historia del país está marcada por esta bipolaridad, que ahora vuelve a quedar en evidencia con la reacción ante la crisis en Brasil.

Se puede constatar en lo macro, por ejemplo con la declaración de la Mesa Política del Frente Amplio que sin titubeos acusó al juez que investiga a Lula da Silva de violar la Constitución brasileña (¿alguno la habrá leído?), y denunció una campaña de los “poderosos” medios de comunicación en contra del PT, en lo que ya representa una obsesión digna de consulta psicológica.

Pero también en lo micro. Por ejemplo, un posteo experimental en una red social diciendo que no era conveniente ponerse la camiseta de ningún bando brasileño, recibió duras críticas tanto de fieles frentistas, como de militantes blancos, que acusaron al autor de estas líneas de tibio, liberticida y cómplice de corruptos.

Hay dos elementos que evidencian que no es razonable convertir la crisis brasileña en un capítulo de la lucha política uruguaya.

El primero tiene que ver con su complejidad intrínseca ya que hay allí al menos dos conflictos en paralelo. Uno es el pedido de destitución de la presidenta Rousseff, que según la Constitución brasileña solo puede ocurrir cuando hay un “crimen de responsabilidad”, o sea un atentado a las principales reglas de la democracia. Las acusaciones contra Dilma son haber manipulado cifras económicas para disimular el agujero en las cuentas públicas, y el haber estado omisa en destapar el escándalo de Petrobras. Ambos hechos son graves, pero en Uruguay parece difícil que alcancen para derribar a un Presidente.

El otro conflicto es el juicio que puede llevar a la cárcel a Lula. Allí hay hechos bastante más concretos que complican al expresidente, como la propiedad de un lujoso apartamento pagado por una constructora implicada en corrupción, y el enriquecimiento llamativo de su familia cercana. Lula está golpeado, además, porque todos los grandes barones de su partido, Antonio Palocci, José Dirceu y José Genoino, han sido ya procesados por corrupción, sin que nadie se quejara de la actuación judicial ni mediática. Parece poco probable que todos ellos manejaran un esquema ilegal y Lula justo no supiera nada, por lo que su investigación luce justificada y no como una conspiración.

El segundo aspecto que explica por qué no conviene asumir como propio el conflicto brasileño, es que su realidad política, social, cultural, es totalmente distinta a la nuestra, y la mayoría de los políticos y ciudadanos uruguayos no tienen la menor idea de su historia y su diseño institucional. Brasil es un país con una minoría muy rica y una base inmensa y muy pobre, es un país que no tiene demasiada tradición democrática; que de sus casi 30 partidos políticos con representación parlamentaria, la mayoría tiene menos de 10 años de vida. Y Brasil tiene áreas geográficas con realidades muy distintas, desde el sur “pampeano” casi rioplatense, pasando por el nordeste negro y pobre, por el sertão desértico y hasta por una zona amazónica que parece el Far West.

¿Cómo se puede asociar con una mínima dosis de buena fe el esquema político de un país así con el de Uruguay? ¿Le conviene realmente al FA “pegarse” a un partido como el PT, cuya cúpula histórica ya ha sido procesada por corrupción? ¿Le conviene a dirigentes de partidos con historia tan rica como los blancos o colorados asociarse a alguien como Aécio Neves, que acumula denuncias en su contra, y lidera un partido fundado en 1988 y con un tucán como mascota?

Hay un internacionalismo grosero implícito en esos alineamientos, que parece poco respetuoso de nuestra historia, y de las complejidades de la política internacional. Esto no resulta raro que venga de gente como la senadora Constanza Moreira o el expresidente Mujica, que se suelen postular como grandes expertos en la política regional. Bueno, en verdad ambos se suelen postular como expertos en casi todo. Pero que acá tienen una intencionalidad muy clara. Para su receta ideológica, sería buenísimo que Uruguay fuera más parecido a Brasil, con una oligarquía minúscula y pornográficamente rica, con una masa de obreros industriales y un pobrerío rural postergado, con un medio como O’Globo, ideal para vestirlo de enemigo popular, por más que ha estado lejos de ser el gran agitador que pintan en Uruguay, y que incluso muchos opositores lo han acusado de estar “arreglado” con el PT.

El tema es que no tenemos nada que ver. Y más allá de que lo que vaya a pasar en Brasil nos va a impactar de una forma u otra, Uruguay parece tener demasiados problemas propios a resolver como para andar comprando líos ajenos.

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