Martín Aguirre
Martín Aguirre

Teletón versus “estadotón”

Es una de las polémicas más interesantes que han explotado en la escena política en meses. Todo surgió cuando el diputado del MPP, Alejandro Sánchez, expresó: “No colaboro con la Teletón. Construye una imagen perversa, esa idea de que solo se puede ayudar a las personas de manera económica y solo un día por año me parece que no es buena, y además creo que no es muy transparente con la utilización de los fondos”.

Es una de las polémicas más interesantes que han explotado en la escena política en meses. Todo surgió cuando el diputado del MPP, Alejandro Sánchez, expresó: “No colaboro con la Teletón. Construye una imagen perversa, esa idea de que solo se puede ayudar a las personas de manera económica y solo un día por año me parece que no es buena, y además creo que no es muy transparente con la utilización de los fondos”.

Luego agregó otro elemento central, que es el de la renuncia fiscal que hace el estado por lo cual, según Sánchez, de cada 100 pesos que las empresas dicen aportar, el estado estaría aportando 79.
Vale decir que en el oficialismo esta postura crítica es bastante extendida (aunque solapada) y tuvo otro momento de exposición cuando un alto dirigente del Pit Cnt arremetió contra la organización “Techo”, acusando a sus voluntarios de ser “nenes bien” que solo buscan aliviar su conciencia.

Dejemos de lado dos elementos accesorios. Primero lo del manejo de fondos, comentario infeliz ya que hay una auditoría pública y en caso de contar con datos de desvíos, el diputado tendría la obligación legal de denunciar. Segundo lo de la explotación de la imagen de los beneficiarios. No porque no pueda haber algo de razón en el planteo (de hecho el autor en su extrema sensibilidad no consigue ver el programa ni 2 minutos), sino porque distrae de lo que parece ser el verdadero motivo de molestia.

Lo que irrita a estos dirigentes de la Teletón, es lo mismo que del Jubilar, de Techo, y de otros emprendimientos, y es que haya fondos de impuestos, que en vez de pasar por el Estado, los contribuyentes tengan derecho a derivarlos directamente a los beneficiarios. Querrían que solo la burocracia estatal sea la que decida a dónde va la plata de impuestos, no algún malvado empresario que encima queda como un campeón.

Es más, Sánchez no lo dijo tan claro, pero algunos escribas afines al gobierno lo han expresado con todas las letras: esa plata que los empresarios donan no es de ellos, es de todos. Reflotando el viejo concepto marxista que implica que quien gana dinero no lo hace porque encontró una necesidad de la sociedad que satisfacer a cambio de un precio. Sino que se lo está robando a otros, y el rol del Estado es tratar de compensar eso a través de impuestos, que no serían una colaboración para financiar los gastos en común que tiene la sociedad, sino una forma de justicia a lo Robin Hood.

Ahora bien, ¿por qué existe ese mecanismo del descuento fiscal? ¿Por qué la gente prefiere volcar ese dinero a causas positivas en vez de darlo al estado?

En la mayoría de los casos no es por egoísmo, mala leche, ni nada de lo que implica el tono que se le pone al asunto. El tema es que muchos ciudadanos sienten sinceramente que el dinero que vuelcan al estado suele malgastarse en estamentos burocráticos improductivos, en consultorías, evaluaciones, asesorías, en vez de ir a quien lo precisa. La Teletón en sus cifras aclara que de lo que ingresa, el 60% va a los beneficiarios, y solo un 25% a gastos de funcionamiento. Si se compara esto con el presupuesto de cualquier entidad pública, la cifra es apabullante. Eso cuando se puede, ya que por ejemplo en el caso del Mides, uno puede pasar toda la semana buscando el dato de como distribuye su presupuesto y no se consigue una cifra clara. Y pese a que año a año recibe más dinero, la gente sigue durmiendo en la calle y los niños pidiendo en el semáforo.

La realidad indica que todos los países serios del mundo tienen mecanismos impositivos similares. Y son ellos los que posibilitan buena parte de las inversiones en educación e investigación que operan en beneficio general. Basta ver el enorme porcentaje del presupuesto de investigación de las universidades de EE.UU. que viene de donaciones privadas, para ver que eso funciona. Por otro lado, y a la pasada, vale recordar que todos los países que pretendieron organizar su sociedad en base a concepciones como la plusvalía y cosas parecidas, terminaron en la peor miseria. A veces parece que se busca justificar en rebuscados argumentos ideológicos, volver a poner sobre la mesa ideas que han fracasado siempre.

Otra cosa, en Uruguay está lleno de casos que muestran que el aparato burocrático nacional no es demasiado comprensivo con los más débiles. Basta ver como muchos que defienden que empresas públicas hayan gastado cientos de millones en inversiones poco meditadas, al mismo tiempo limitan el acceso a medicamentos a enfermos de cáncer.

Pero hay un último aspecto que no cierra del planteo. Siempre se dijo que una de las definiciones de la visión de “izquierda” era pretender una sociedad más solidaria, que se involucrara en los problemas de sus semejantes, no que se limitara a pagar impuestos y “hacer la suya”. Cuando alguien lo hace, ¿ahora resulta que está mal?

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