Martín Aguirre
Martín Aguirre

Fútbol, un campo minado

Abordar desde afuera los problemas políticos del fútbol uruguayo, puede ser tan difícil como jugar en algunas canchas del fútbol uruguayo. Los pozos y las patadas llegan, al parecer, amigables al lado de las insidias, la hipocresía, las presiones, y todo un lenguaje que parece ser propio y excluyente del mundillo deportivo local.

Abordar desde afuera los problemas políticos del fútbol uruguayo, puede ser tan difícil como jugar en algunas canchas del fútbol uruguayo. Los pozos y las patadas llegan, al parecer, amigables al lado de las insidias, la hipocresía, las presiones, y todo un lenguaje que parece ser propio y excluyente del mundillo deportivo local.

Esto quedó patente en los últimos días a medida que las noticias sobre el escándalo de corrupción que arrasa a la FIFA, extendía su gangrena a la escena charrúa, y medios y periodistas que “no son del palo” intentaban explicar a los neófitos los detalles de la conexión uruguaya del asunto. Una conexión que tiene bastante más elementos de los imaginados.

Por ejemplo, algunas de las empresas clave en el esquema de corrupción que explotó básicamente debido a negocios turbios de las confederaciones de América, son nacidas y criadas en Uruguay. Aunque todo el mundo saque la pata del lazo y manden remover cuanto contacto conozcan con tal de no verse salpicados.

Por ejemplo, la primera denuncia al respecto, particularmente inspiradora para el ex fiscal americano Michael García, tuvo asiento en Uruguay, aunque acorde a los tiempos judiciales de este país, duerme hoy en el cajón de un tribunal esperando que alguien se anime a asumir competencia para analizarla. No sobran voluntarios.

Pero además, está el tema de la coima de 1,5 millones de dólares que, según el expediente americano, salió de una cuenta bancaria para “comprar” a 9 de 10 presidente de asociaciones nacionales de Sudamérica. Hecho que dominó la agenda noticiosa local esta semana, y que generó una pequeña tormenta mediática.

El ex presidente de la AUF, Sebastián Bauzá, salió en un inicio a decir que ese millón y medio lo había recibido y volcado a las arcas de la asociación en una fecha específica. Luego corrigió y dijo que había sido en varias cuotas. Luego salió la AUF a decir que lo que allí hay registrado es nada más que la plata que correspondía legítimamente por jugar la Copa América, de lo cual solo US$ 500 mil habían ingresado en la era Bauzá. De lo otro, no hay señales.

Esto dejó a Bauzá en falsa escuadra, aunque él lo haya negado en un parco comunicado. Todos los esfuerzos por conseguir una entrevista con él para que aclarara las cosas y diera su versión del asunto (algo más simple que movilizar amables contactos) han chocado con un muro implacable.

Si bien eso no le juega a favor, su postura tiene algo de comprensible. Bauzá enfrenta hace años una guerra abierta de parte de la empresa del contratista Paco Casal y sus extendidos brazos mediáticos y políticos, por haber pretendido generar una puja a la hora de vender los derechos de TV de la AUF, que le habilitara más recursos para una asociación siempre pobre, débil y mendicante. Cosa que al parecer para algunos dirigentes de clubes uruguayos, es un pecado mortal.

Pero para quien quiere encarar el tema con un mínimo de imparcialidad la tarea es dura. Del otro lado se mueve un grupo de figuras que han hecho del odio a Casal una forma de vida. Que culpan al empresario de todos los males de Uruguay y el mundo, con un tono de superioridad moral mesiánico, que llega a resultar tan empalagoso y fanático como el empleado por el más obsecuente de los funcionarios del contratista.

Algo que hoy suena raro, ya que quien encabezó las denuncias contra esta mafia de la FIFA contra la que hoy muchos despotrican con cara de “yo siempre lo dije”, fue justamente el entorno de Casal. Que ahora luce como paladín de la honestidad, frente a la inmoralidad de dirigentes caídos en desgracia como Eugenio Figueredo, que hasta no hace mucho, era amigo cercano. Ya se sabe, en el fútbol, todo puede cambiar en cinco minutos.

Pero viendo todo esto, y escuchando a dirigentes como Juan Pedro Damiani, miembro del Comité de Ética de FIFA, o a su colega de Nacional, Alejandro Balbi, hablar de cómo nada de esto los sorprende y de que hay que juntarse con los europeos para dominar el fútbol mundial al mejor estilo de Pinky y Cerebro, hay algo que queda rondando la cabeza. Y que plantea hasta dónde ha llegado la influencia de este pequeño país en el fútbol mundial.

Desde siempre, en Uruguay se ha hecho un culto a la “viveza criolla”, a los dirigentes capaces de jugar al filo del reglamento y de lograr en la liga lo que no se consigue en la cancha. Esto no es un problema solo del fútbol, pero seguramente es allí donde más se ha notado. ¿Hasta dónde este escándalo en la FIFA no es una traslación de este espíritu tan hegemónico especialmente en Uruguay y Argentina? ¿Dónde se marca el límite de jugar al filo para lograr beneficios para mi club o para mi bolsillo? ¿Son quienes hoy posan de justicieros los más adecuados para cambiar este enfoque?

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