Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Políticas de Estado

El ministro de Relaciones Exteriores comentó, refiriéndose a la crisis de la transferencia de la presidencia del Mercosur, que Venezuela no estaba “colaborando mucho para que esto se resuelva”.

El ministro de Relaciones Exteriores comentó, refiriéndose a la crisis de la transferencia de la presidencia del Mercosur, que Venezuela no estaba “colaborando mucho para que esto se resuelva”.

Este es un ejemplo de eufemismo. El eufemismo es -dice la Real Academia- “una manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. En síntesis, una forma elegante de expresar verdades incómodas. Porque el régimen venezolano está haciendo lo imposible para enemistarse con medio mundo, incluyendo a tres de los cincos miembros del Mercosur. Alguien debería explicarle al señor Maduro que lo cortés no quita lo valiente. Aunque es dudoso que lo entienda.

El eufemismo ministerial revela la desafortunada situación en que se encuentra la política exterior de nuestro país.

Por definición, las relaciones internacionales deben ser políticas de largo plazo, especialmente cuando se trata de la construcción de procesos de integración económica. Estos requieren reglas claras, permanentes y que se cumplan. Ninguna empresa, o Estado, invertirá sumas considerables en proyectos regionales con un destino incierto y que dependan de los caprichos de gobiernos que se alternan en el poder.

Para que una política exterior sea de largo plazo es imprescindible que tenga sus fundamentos en las realidades de la geografía, la economía y las naturales afinidades de intereses de los Estados y, sobre todo, que esté respaldada por un sólido consenso político interno. Esto no sucede en nuestro país.

Hoy la política exterior no es definida por el Poder Ejecutivo en acuerdo con el ministro de Relaciones Exteriores y con un amplio apoyo parlamentario. En cambio, es determinada por el equilibrio interno dentro del Frente Amplio, con el fuerte predominio de uno o dos partidos de los muchos que componen la coalición. Los demás partidos miran el proceso de creación de la política exterior desde afuera, con la ñata contra el vidrio.

La política producto de ese opaco proceso no se ajusta ni a la realidad de la geografía ni a los imperativos de nuestro interés nacional de largo plazo. En cambio, el gobierno se deja llevar por afinidades ideológicas con determinados regímenes, aún cuando estos sean “democracias totalitarias” (otro eufemismo) que manipulan las reglas del proceso democrático, hambrean a su país y tienen en contra a la mayoría de sus ciudadanos. Sería bueno recordar que los gobiernos pasan y los pueblos quedan.

Hasta cierto punto es explicable que se haya perdido un poco la brújula en una sociedad que vivió durante cinco años con una dieta concentrada de “como te digo una cosa te digo la otra” y de “lo político está por encima de lo jurídico”. Ya es hora de retornar a los principios sensatos de nuestra política exterior.

Lamentablemente, aquella desorientación persiste.

Así sucede cuando se busca atenuar el impacto de la realidad venezolana refugiándose en eufemismos.

Cuando no se cumple con lo que ha sido la práctica del Mercosur al efectuar la transmisión de la presidencia.

Cuando se elige mirar la forma (no “hubo cambio de régimen”) pero se ignora la sustancia de los hechos.

Menos ideología y más preocupación por los intereses de largo plazo de nuestro país es lo que se exige.

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