Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Gran humorista

El humor es una de esas cosas imposibles de definir precisamente, pero fáciles de reconocer. Bien puede decirse que intentar delimitar un concepto tan complejo y elusivo es un grosero ejemplo de ausencia de sentido del humor.

Sin embargo, es posible describir algunas de sus características o facetas más interesantes. Estas incluyen el sentido crítico y la irreverencia aún en las condiciones más difíciles.

Es por esos motivos que los dictadores no suelen exhibir la envidiable cualidad del sentido del humor. Y hacen bien porque es su principal enemigo. El ejemplo clásico es la película El gran dictador de Chaplin estrenada en 1940, cuando los Estados Unidos aún no habían entrado en la Segunda Guerra Mundial.

Pero, ahora tenemos la grata posibilidad de que Nicolás Maduro posea un sutil sentido del más denso humor negro.

La evidencia se halla en la columna de opinión firmada por el presidente venezolano publicada en el periódico madrileño El País del 3 de mayo.

El texto comienza afirmando que "nuestra democracia es distinta a todas. Porque todas las demás, en prácticamente todos los países del mundo, son democracias formadas por y para las elites… Son democracias clasistas". En cambio, opina: "En Venezuela, la democracia es para los muchos, y lo justo es lo que es bueno para toda la gente". Más claro echarle agua…

Luego sigue: "La economía es el corazón de nuestro proyecto". Y agrega: "Pero en mi corazón está primero que todo la gente". También considera que: "La economía o es para el pueblo o es abuso".

Suena muy lindo pero no significa nada.

Todos estamos de acuerdo en promover el interés común.

La idea de que la economía se encuentra al servicio de la sociedad no es original. Se encuentra en Adam Smith, cuando este filósofo escocés afirma que la mano invisible de la competencia promueve el interés común "con más eficacia, a veces, que cuando se intenta fomentarlo directamente".

La afirmación de Maduro encierra una falsa oposición: la gente versus la economía. En realidad, son dos factores complementarios: una buena administración de la economía es la mejor manera de cuidar los intereses de la sociedad. Algo que en estas tierras hemos aprendido a un alto costo.

Pero salgamos de la niebla conceptual bolivariana. Descendamos a los hechos.

¿Esa democracia tan original y exclusiva, proclamada por Maduro, ha beneficiado a la gente en Venezuela?

El año pasado, la economía latinoamericana en general creció un 1,3%. Para este año se estima un repunte del 1,9%. Los porcentajes de crecimiento variarán de país a país: Brasil, 1,9%; México, 2,3%; Argentina entre el 2,5%-2,8%; Perú, 4%; Colombia y Chile 3%.

Venezuela —ese ejemplo tan único de democracia— es la excepción.

La economía se contrajo un 16,5% en el año 2016 y un 14% en el 2017. La tendencia continúa y este año se contraerá un 15%. En cuatro años el PBI de Venezuela se ha reducido 40%. En el año 2017 la tasa de inflación fue por encima del 2.400% y para este año se proyecta un tasa del 13.000%.

¿Puede afirmarse en serio que una economía en esas condiciones es justa para la gente?

La respuesta la dan los mismos venezolanos que emigran del paraíso bolivariano, anhelando encontrar sociedades con democracias auténticas, aunque no sean perfectas, donde puedan construir una vida decente.

Una mala broma.

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