Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Sepelio ideológico

El Mercosur le ha caído encima al Uruguay, como un tronco sobre la cabeza. Durante los últimos años ese tratado había sido vaciado de su sentido original y ya no le servía de nada a nuestro país.

El Mercosur le ha caído encima al Uruguay, como un tronco sobre la cabeza. Durante los últimos años ese tratado había sido vaciado de su sentido original y ya no le servía de nada a nuestro país.

Se había convertido en el estatuto de un club de presidentes que se reunía periódicamente para palmearse las espaldas, hablar mal de Estados Unidos y congratularse mutuamente de lo bien que les iba en su gestión. En el momento actual el Mercosur sigue sin servirnos comercialmente, los gobiernos vecinos han cambiado, el gobierno uruguayo está desconcertado: perdió los amigos y los palmoteos en la espalda y se ha quedado con un problema insoluble: conciliar su apego a la legalidad con la defensa del indefendible gobierno totalitario de Venezuela.

Dejando de lado el problema del día, lo que pudrió al Mercosur fue aquello que los periodistas poco estrictos en definiciones de ideologías dieron en llamar afinidades ideológicas entre los gobiernos de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay (hasta que los paraguayos sustituyeron a su presidente-obispo).

Los más confundidos -en esto y en varias cosas más- fueron los propios presidentes. Lula-Dilma, Kirchner-Cristina, Vázquez-Mujica se creyeron que la enorme votación originalmente recibida los convertía personalmente en una especie de encarnación definitiva del país, cada uno del suyo y todos juntos del único sentir americano autorizado. Ningún presidente puede confundir-se-engrupirse a tal punto de creerse una especie de encarnación del país y, por consiguiente, que su ideología es la ideología del país. El viento en la camiseta -viento de los votos y viento de los precios de novela de las commodities- los hizo, además de creerse imprescindibles, creerse eternos, convencidos que iban a durar para siempre (ellos, sus designados o sus cónyuges). Gran parte de los pueblos de Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela, embobados por la prédica y la bonanza, también se lo creyeron.

Pero, transcurrida la borrachera, resultó que se habían equivocado, que ellos, los presidentes, no eran eternos, que los países no tienen ideologías y, finalmente, que los pueblos se habían cansado de tanta infatuación y no solo habían dejado de aplaudir sino que, enojados, habían empezado a pedir cuentas sobre el manejo de los dineros públicos.

Si uno se pone ahora a pedir cuentas con cierto rigor sobre qué eran las tales ideologías coincidentes que producían aquellas celebradas afinidades presidenciales no encuentra nada muy sustantivo. Si, en cambio, se pone a pedir cuentas sobre el manejo de los dineros públicos se encuentra con manchas graves en Brasil, Argentina, Uruguay (y no digamos nada de Venezuela).

Los países duraron más que los hombres y cambiaron sus gobiernos. Los presidentes que se creyeron fundadores de sendos regímenes eternos y definitivos, que se creyeron que ellos eran el país, ahora están sentados en la sala de espera de los juzgados (donde hay una silla vacía esperando al vicepresidente del Uruguay). La afinidad ideológica se ahogó en la sopa. La diplomacia del palmoteo y el mutuo intercambio de elogios y zalamerías se marchitó. Y como remate de todo el gobierno del Uruguay se compró un lío del que no tiene como salir con un mínimo de elegancia. En esta opereta ha venido a finalizar para el Uruguay la comunión ideológica, tan ponderada cuando éramos ricos y presuntuosos.

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