Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

La polarización política

La polarización política no es un riesgo ni una amenaza para el Uruguay de hoy. Es una realidad.

Es un mal actualísimo, una enfermedad en curso. No nos hagamos ilusiones. La comparación con la Argentina es muy cómoda y muy fácil porque al lado de ese espanto nos sentimos muy bien. Es un engaño; autoengaño.

La primera y más fácil reacción ante la constatación alarmante de ese mal es apelar a la identificación del causante, acusarlo, cargarlo con toda la responsabilidad y dar por terminada allí toda acción profiláctica. Primer y gravísimo error. La atribución de culpabilidades es el camino más directo hacia la potenciación y prolongación del mal. Para cuidarme de eso en lo que sigue no voy a usar nombres propios: voy a razonar en términos teóricos.

Polarización habla de dos. El primer paso eficiente hacia la neutralización del mal sería tratar de que los dos polos percibieran el daño que tal actitud genera no solo para el conjunto de la sociedad sino en particular para ambos lados, para ambos protagonistas. Se trata de un perjuicio que las dos partes se infligen a sí mismos.

El discurso político típico de la polarización es el construido sobre la descalificación del adversario en los términos más virulentos y agresivos posibles. Ese discurso es autocomplaciente, gratifica a sus propulsores, parece efectivo porque enardece a la hinchada, a los más extremistas de cada partido (sus respectivos talibanes).

Pero es un discurso que perjudica a ambos en cuanto está pensado sobre el supuesto -totalmente erróneo- de que no existen otros actores políticos, que la totalidad de la ciudadanía se reparte entre ellos dos. Y no es así ni por asomo. La realidad es que la mayoría de la ciudadanía, por un motivo o por otro, no está en ninguno de los dos extremos. Está en el medio. Está observando. Y se amedrenta (con razón) por los exabruptos y no se siente atraída hacia partidos que se componen de extremistas o los aceptan en sus lugares de dirección. En consecuencia, el discurso y la actitud extremista impiden el crecimiento en los parti- dos polarizados. Ellos mismos se cierran la posibilidad de crecer.

La polarización se produce siempre y solamente cuando los dos polos tienen más o menos la misma envergadura o un peso político parejo. Esta relativa paridad genera en las respectivas dirigencias políticas polarizadas (o por lo menos en una) la convicción subconsciente de que no van a necesitar, en ningún futuro previsible, negociar o aliarse con nadie para gobernar. Sobre esa base gana pie un supuesto erróneo a dos puntas: cada uno piensa que tiene medio país a su favor y le falta solo un pelito para ser mayoría absoluta y, segundo, cada uno piensa que es posible gobernar con medio país en contra.

La historia política del Uruguay, ardorosa y combativa tantas veces, siempre mantuvo la sensatez de dejar puertas abiertas para la negociación, el compromiso y el acuerdo. El futuro nunca fue imaginado como el espacio único y despejado de donde hubiera sido desalojado completamente el adversario. El futuro fue siempre imaginado como el lugar de la coexistencia; las partes en pugna (que durante muchos años fueron dos) entendieron siempre que se trataba del futuro del Uruguay y no solo de una parte. Más bien que no habría ningún futuro consistente para el Uruguay si no estaban todas las partes. Todo eso se ha perdido de vista hoy.

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