Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Yo soy Alberto Rosa

En París se congregaron los principales jefes de estado de Europa y marcharon al frente de cuatro millones de franceses furiosos con justa ira en repudio al salvaje atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo. Había sido desconocida y vulnerada la libertad de expresión, había campeado la prepotencia y eso no podía ser tolerado.

En París se congregaron los principales jefes de estado de Europa y marcharon al frente de cuatro millones de franceses furiosos con justa ira en repudio al salvaje atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo. Había sido desconocida y vulnerada la libertad de expresión, había campeado la prepotencia y eso no podía ser tolerado.

En esta tierra oriental todo el mundo se sumó rápidamente a las manifestaciones de indignación y de repudio. Lo hizo el gobierno, el FA, el Pit-Cnt, el Arzobispo de Montevideo, periodistas, columnistas y todo el mundo.

Con pocos días de diferencia, el sábado diez del corriente, una patota enardecida por su condición de multitud, disimulando su asquerosa cobardía en el número, atacó con piedras y palos a un taxi que circulaba durante un paro decretado por el sindicato (Suatt), destruyó el vehículo y dejó a su conductor gravemente herido, con el maxilar fragmentado y contusiones por todo el cuerpo. No sucedió en París sino en la calle San Martín de Montevideo, no hubo muertos ni periodistas famosos involucrados sino un trabajador uruguayo molido a palos de nombre Alberto Rosa. En esencia lo que pasó fue lo mismo.

El Pit-Cnt, por boca de su Secretario de Prensa Grabriel Molina declaró: “acompañamos en todo al Suatt”. Es decir: no acompañan al trabajador atacado porque no está gremializado. No defienden al laburante, defienden al gremio: el gremio se defiende a sí mismo.

Así como en el caso del semanario Charlie Hebdo algunos —unos cuantos— salieron a retocar su repudio al atentado diciendo que el semanario se había pasado de la raya en las caricaturas y, en cierto modo, se había buscado lo que les pasó, del mismo modo aquí el Pit-Cnt dice que Alberto Rosa no había acatado las órdenes del sindicato (que Alberto Rosa no integra). Siempre aparece el “pero” que deja en evidencia a los hipócritas, a los fallutos y a los oportunistas.

De todos los campeones de derechos humanos que pululan por este país no apareció ninguno que condenara el atentado contra Alberto Rosa, veterano de sesenta y seis años, trabajador, hombre de pueblo, que tiene una idea distinta de los dirigentes sindicales y del sindicato mismo pero que tiene todo el derecho a sus opiniones y a que la sociedad (por ejemplo el Ministerio del Interior) le garantice su integridad física cuando se conduce según sus propias ideas y convicciones.

Pero todos se borraron; todos los que cacarean su disposición a proteger al trabajador, los que hicieron cola para que los vieran firmar contra los perpetradores de los atentados de París. Pero quizás el negro Rosa no es tan redituable (y levantar la voz contra la prepotencia sindical lo es mucho menos). En consecuencia no apareció nadie a decir una palabra: ni el Pit-Cnt, ni nadie del Frente Amplio; ni Juan Castillo tan modoso, ni Richard Read tan frontal, ni Mujica tan locuaz, ni la Secretaría de Asuntos Sociales del Partido Nacional ni nadie.

Alberto Rosa está solo, quebrado, machucado (en su físico y en su alma), sin poder trabajar quién sabe por cuánto tiempo. Probablemente en su dolorida soledad esté pensando: ¡qué país de hipócritas y cornudos que me ha tocado vivir ahora de viejo! ¡Qué país de mierda!

Como en este momento yo me siento Alberto Rosa, pienso y digo lo mismo.

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