Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Lo que sí y lo que no

Días atrás el economista Ernesto Talvi descerrajó en las redes sociales una crítica directa a la promesa del precandidato blanco Juan Sartori de crear cien mil puestos de trabajo.

La crítica de Talvi fue frontal, aunque haya sido hecha por el atajo de la ironía (que bien usada llega más lejos). Dijo Talvi que quien promete crear cien mil puestos de trabajo está ofreciendo algo sin sustento alguno en la realidad, o sea, incurre en una irresponsabilidad demagógica. Talvi es precandidato del Partido Colorado.

Al sacrificado lector le habrá llamado la atención que, tratándose de un ataque de un precandidato colorado a un precandidato blanco no haya habido ningún pronunciamiento de defensa o de contraataque de parte de los blancos. ¿Cuál puede ser la explicación?

No hay otra explicación sino el reconocimiento de que lo que prometió Sartori no tiene defensa posible.

Pero, además, como esa afirmación forma parte de un estilo político y de una parafernalia de planteos similares (que están a la vista de todos desde que Sartori desembarcó en la campaña electoral) no puede ser tomado como un lapsus involuntario en el calor de la lucha, merecedor, por tanto, de indulgencia.

Los precandidatos del Partido Nacional están demostrando en esta contienda interna el aconsejable cuidado para no dejar cicatrices infectadas para la batalla posterior, la que disputará el candidato único del Partido con los otros candidatos únicos. Pero nadie salió en defensa de Sartori frente a Talvi.

Sartori ha cumplido con todas las exigencias estatutarias que la Carta Orgánica del Partido Nacional establece para quienes quieren ser candidatos del Partido.

Legalmente él ha adquirido el mismo derecho que los otros precandidatos. Pero lo que acabo de señalar -que nadie salió en su defensa- indica, para quien sabe leer los mensajes políticos (y si no sabe dedíquese a otros menesteres) que la candidatura de Sartori no ha adquirido otro tipo de reconocimiento el cual no es menos importante que el jurídico.

Mi impresión personal es que se trata de un inversor extranjero (aunque haya nacido en el Uruguay) que ha decidido aplicar su capital en la política uruguaya.

Todas las campañas electorales son, entre otras cosas, una inversión de dinero a gran escala. Eso lo sabemos todos. Es muy importante en ese contexto no perder de vista qué es lo que en esas campañas se puede comprar y qué es lo que no.

Dicho de otro modo, es menester que todos los intervinientes tengan clara la diferencia entre lo que se estima que puede estar a la venta y lo que no puede de ninguna manera estarlo. Ningún candidato (y ningún Partido) podrá ser indultado de equivocaciones en esta materia con la excusa (inverificable, por otra parte) de que, si trae votos, no pasa nada.

Ahora bien: ¿quién tie- ne autoridad para estable- cer la raya que no se debe ultrapasar?

En particular, nadie. Pero colectivamente todos.

Todos como Partido Nacional, con una honrosa historia detrás y, más aún, el todos nacional de un país de cuna democrática que reacciona con severidad (y con justa irritación) tanto ante la banalización de la política como ante su venalización.

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