Javier García
Javier García

La izquierda millonaria

Haberse proclamado durante años como la cuna de la ética política y terminar defendiendo a un presidente amigo como Lula que salió corriendo a escudarse atrás de un cargo de ministro para no ser procesado, es un golpe muy duro.

Haberse proclamado durante años como la cuna de la ética política y terminar defendiendo a un presidente amigo como Lula que salió corriendo a escudarse atrás de un cargo de ministro para no ser procesado, es un golpe muy duro.

La izquierda populista latinoamericana se derrumba ante una lápida de corrupción que le revienta en la cara y que humilla a miles de militantes que creyeron en aquella tontería de que si se es de izquierda no se es corrupto, proclamada días atrás por el Sr. Sendic. Circula una foto en las redes de un Lula dirigente sindical de humilde y revolucionaria gorra que en 1988 decía “En Brasil es así: cuando un pobre roba va para la cárcel, cuando un rico roba termina de ministro”. La profecía autocumplida.

No es solo Brasil, lo mismo en Argentina, el kirchnerismo empieza a ver a sus principales dirigentes procesados. Poco a poco el círculo se cierra sobre la expresidenta que bañada de un discurso ramplón lideró un gobierno donde se multiplicaron sus riquezas por concesiones públicas y licitaciones, hoteles, casinos, financieras y hasta acusaciones de vinculación de algún jerarca con el narcotráfico. El gobierno era una mixtura de empresarios amigos y socios de los propios Kirchner. En Bolivia el presidente Morales también a los hombros de un neoindigenismo socialista se zarandea en las denuncias de corrupción. El caso paradigmático obviamente es Venezuela, el país más rico del barrio, al que la naturaleza lo proveyó de mucho petróleo y de dirigentes corruptos que se sirvieron de ese petróleo para llenarse de plata los bolsillos y devastar la economía de un país donde los venezolanos tienen que hacer cola para comprar un rollo de papel higiénico y unos porotos.

No son los únicos extremos, pero sí los más notorios. No es que la “ola” de gobiernos llamados progresistas haya empezado a virar, como cambia el viento de orientación cardinal, sino de prácticas institucionalizadas que se camuflaban en un discurso que alimentaba de fantasía populista a los pueblos mientras sus gobernantes se enriquecían con plata que hurtaban al mismo pueblo

A Lula no se lo investiga por desposeído, sino por denuncias de corrupción, lavado y fraude. Era sindicalista y pobre hasta que llegó al poder, ahora es un rico de primer nivel, que multiplicó su patrimonio cantidad de veces desde que administró el poder. De Lula, los Kirchner, o de los presidentes del populismo latinoamericano no se puede decir aquello de que bajaron del poder igual que como subieron. Objetivamente bajaron ricos y poderosos, con casas, hoteles y lujos que no explican sus sueldos.

La izquierda quebró su columna vertebral construida en base a un relato ético que se oponía, en su visión, a la oscura moralidad de sus opositores.

Por el camino quedó el prometido hombre nuevo latinoamericano, sí crearon los nuevos ricos latinoamericanos: sus expresidentes, familias y entornos. Castas gobernantes hechas con dineros públicos. Sus partidos se ayudaban económicamente. Tantas formas tuvo esa ayuda que la famosa intermediación que obligaba a empresas exportadoras uruguayas a pagar un peaje a un grupo vinculado al MPP, cuando vendían a Venezuela, es parte de esa trama. O la millonaria comisión a un dirigente del Frente Amplio en los negocios entre Ancap y Pdvsa.

Se formaron leyendo El capital de Marx, pero gobernaron abrazados al peor capital, el de la corrupción.

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