Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Cumbre del clima

Comenzó la reunión en la que todas las naciones del mundo discutirán e intentarán acordar las medidas a tomar para combatir la crisis climática ya instalada en nuestro planeta.

La importancia que reviste la COP 25 determinó que desde el pasado lunes casi 200 delegaciones están reunidas en Madrid, con la esperanza de arriban “a buen puerto” cuando finalice la cumbre el próximo viernes 13.

Una vez más se llega a una instancia de esta importancia con el optimismo muy debilitado, porque las señales generadas en los períodos intracumbres así lo determinaron.

En este, el más global y peligroso de los problemas que enfrenta la humanidad, no hay posibilidades de un final feliz si los países no asumen un protagonismo valiente y sacrificado.

Como se sabe, los gases de efecto invernadero que emiten discrecionalmente las actividades humanas, aumentan la temperatura promedio en la superficie de la Tierra. Este fenómeno provoca que los eventos climáticos sean cada vez más frecuentes e intensos (huracanes, nevadas, sequías, inundaciones, calores extremos, etc.); además de modificar el clima a tal punto, que cambiarán varias zonas de producción agropecuaria tradicionales del planeta.

Ante este megadesafío ¿a quién hay que creerle? ¿A los políticos y empresarios que saben el costo económico que tendrá reconvertirnos y abandonar el uso de los combustibles fósiles? ¿A los mejores científicos y especialistas del mundo nucleados en el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) -creado en 1988 en Naciones Unidas-, que vienen anunciando el extremo peligro que enfrentará la humanidad si continúa en la actual lógica energética?

Sin duda alguna debemos tomar muy en serio al IPCC, cueste lo que cueste, porque ellos se manejan con datos objetivos generados y recogidos en todo el planeta sobre la dinámica climática actual.

En su momento el festejado Acuerdo de París fue un logro lamentablemente residual. Cada país presentó la reducción de emisiones a la que estaba dispuesto concretar. Ya se sabía entonces que era insuficiente, aunque todos cumplieran sus compromisos.

La cumbre comenzó con una señal muy preocupante, resumida en las palabras del surcoreano Hoesung Lee, presidente de IPCC.

Aseguró que la crisis climática es real y lamenta lo lejos que está la comunidad internacional para combatirla. Les rogó a los políticos que digan qué necesitan de los científicos para poder “poner freno a la catástrofe que se avecina, cuyos efectos ya se advierten”.

Queda muy claro que no se pueden seguir aplazando las acciones radicales necesarias para reducir las emisiones de carbono; el tiempo se agota.

Para tener una idea de la dificultad que enfrentamos, si se pretende situar el alza de la temperatura global en +1.5ºC (el ideal) tendrán que reducir cinco veces las emisiones comprometidas en el Acuerdo de París. Si la meta es +2ºC, tres veces.

Hay que decirlo con tristeza y preocupación, en estos momentos no se visualiza ningún liderazgo político internacional que puede dirigir una cruzada mundial, en la cual los estados lleven adelante una reducción histórica y contundente de sus emisiones.

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