Antonio Mercader
Antonio Mercader

El honor perdido del sindicalismo

En otros tiempos, la independencia sindical era una cuestión de honor. Los dirigentes actuaban en defensa de los agremiados sin importarles el color político del gobierno o de la oposición. Tan es así que el sindicalismo uruguayo rebosa de ejemplos históricos de dirigentes que renunciaron a la tarea sindical cuando entraron a militar en un partido político. Pensaban que una cosa era incompatible con la otra porque el interés de los políticos no necesariamente coincide con el de los trabajadores. Hoy eso ya no ocurre.

En otros tiempos, la independencia sindical era una cuestión de honor. Los dirigentes actuaban en defensa de los agremiados sin importarles el color político del gobierno o de la oposición. Tan es así que el sindicalismo uruguayo rebosa de ejemplos históricos de dirigentes que renunciaron a la tarea sindical cuando entraron a militar en un partido político. Pensaban que una cosa era incompatible con la otra porque el interés de los políticos no necesariamente coincide con el de los trabajadores. Hoy eso ya no ocurre.

Si algo faltaba para confirmarlo es la reunión convocada esta semana por el PIT-CNT bajo la consigna "ni un voto para la derecha". Así, en año electoral, con las elecciones internas a la vista, la central sindical desnudó su pérdida de independencia. Lo cual no es novedad porque el contubernio entre el PIT-CNT y el Frente Amplio viene de lejos. Funcionó cuando la izquierda era oposición y sigue tan campante ahora que es gobierno. Un gobierno con un brazo sindical que es además semillero de futuros gobernantes.

Tan semillero es, que diez de los trece miembros del secretariado ejecutivo de la central -es decir los que mandan- figuran en las listas frenteamplistas. Siete están registrados en hojas de votación de las internas y tres serán candidatos a diputados. Sin disimulo calzan los dos sombreros sobre su cabeza, prestos en la mayoría de los casos -no en todos- a dejar su condición de gremialistas por un escaño parlamentario o un cargo público. El Frente Amplio los deja hacer y los usa. Recuérdese el episodio en donde el líder del gremio de la construcción se puso el sombrero de diputado para defender la impotable ley de accidentes de trabajo mientras sus huestes rodeaban el Palacio Legislativo. Un símbolo de la democracia abatida por el corporativismo.

Este trasiego entre sindicatos y partidos políticos no gusta y explica en buena medida la impopularidad del PIT-CNT. La última encuesta al respecto, hecha por Cifra, señala que casi la mitad de la población desaprueba las acciones de la central en tanto las aprueba solo uno de cada cuatro uruguayos. Tras ese rechazo seguramente pesa la creencia de que la confusión de roles entre gremialistas y políticos daña a los sindicatos, corroe sus principios, les contagia los vicios de la burocracia y tienta a los corruptos. Es el espejo de un gremialismo de cuño peronista.

A la vez, la politización divide a la clase trabajadora cuya unidad tanto se proclama. Nada divide más que los partidismos políticos y eso es algo que se advierte en un PIT-CNT atravesado por corrientes antagónicas que reflejan las diferencias políticas adentro del Frente Amplio. O sea, diferencias políticas con efectos gremiales. Del mismo modo, al alinearse sumisamente con la izquierda los líderes no solo reniegan del pluralismo sino que se divorcian de miles de sus afiliados que votan a los partidos tradicionales. Así, a los que no son de izquierda se los relega y se los trata como si fueran apestados.

De esa masa silenciosa de afiliados que soportan la conducción gremial de los políticos-sindicalistas y sus corifeos tendrá que surgir tarde o temprano el reclamo por un cambio. Un cambio que separe las aguas entre lo sindical y lo político, que ampare el pluralismo entre los trabajadores y que termine con la política menuda que envenena la actividad gremial en nuestro país.

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