Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

El peligro de leer

Estoy leyendo “Pensar el siglo XX”, el libro que recoge las charlas entre Tony Judt (el brillante intelectual inglés de origen judío, afincado en Estados Unidos), ya afectado por la enfermedad degenerativa que ocasionó su muerte, y su amigo e interlocutor, Timothy Snyder.

Estoy leyendo “Pensar el siglo XX”, el libro que recoge las charlas entre Tony Judt (el brillante intelectual inglés de origen judío, afincado en Estados Unidos), ya afectado por la enfermedad degenerativa que ocasionó su muerte, y su amigo e interlocutor, Timothy Snyder.

El siglo XX debe leerse como lucha entre Keynes y Hayek, dice Judt en el libro. Esos dos intelectuales influyeron tan decididamente en el mundo occidental que no hacemos sino discutir sus ideas, incluso cuando no somos conscientes de hacerlo. Keynes propiciaba un modelo económico en el que el Estado debía intervenir para eliminar las inestabilidades propias del sistema capitalista. Hayek -por el contrario- pensaba que toda intervención y planificación, por más bienintencionada que fuera, terminaba mal. “¿Hasta que punto es legítimo para un gobierno decir que es mejor que el suministro de determinado bien o servicio sea público?”, pregunta el autor. ¿El Estado debe ser monopolizador, aún ante el evidente fracaso de su gestión?, me pregunto mientras lo leo. ¿No es el Estado regulador el que más ha ganado terreno en las socialdemocracias contemporáneas?

Judt dice también que la tarea intelectual ha cambiado. Los intelectuales de principios del siglo XX tenían a la literatura como su trabajo diario. Luego, entre 1940 y 1970 lo que se entendía como intelectuales fueron mayoritariamente científicos sociales, profesores universitarios en una sociedad de educación expandida. En la segunda mitad del siglo nació una tendencia que luego se fue acentuando hasta la actualidad: el creciente papel de los medios dio auge a lo que Tony Judt llama “catedráticos de radio”, los intelectuales que saben simplificar, explicar con claridad y comentar la actualidad desde sus conocimientos curriculares específicos, alimentando los debates públicos desde sus apariciones mediáticas.

Judt considera que esos intelectuales y especialistas cada vez menos se preguntan si algo está bien o mal, sino si es eficaz y rentable, o no. Productividad, recursos y capitales son palabras instaladas merced al giro discursivo hacia la economía. Hoy en día -agrega- “los intelectuales solo tienen éxito si pueden circunvalar o cortocircuitar el acceso convencional al poder” logrando tocar “un nódulo particularmente sensible” del cuerpo político o de la opinión pública.

Sin ser necesariamente intelectuales, o como si lo fueran, muchos periodistas tocan esos nódulos cuando destapan un escándalo o dan información alternativa a la oficial (de la oficialidad que sea, donde sea). Claro que eso demanda que luego se aplique la lupa sobre el tema, como quien yerra: hasta dejar la marca. Que se nos pregunte y nos preguntemos -como sociedad- a fondo. Este Estado ¿es de bienestar? ¿Debe monopolizar o regular? Cuándo decide qué rescata con su intervención ¿de qué fuero sale su potestad?

La fuerza de una columna periodística, deduzco de mi lectura de Judt, es de tipo intelectual. Influye o quiere influir. Yo quería influir animando a quienes aún no han leído “Pensar el siglo XX” a hacerlo, precisamente para olvidarme de la basura nauseabaunda que se acumula en Montevideo; de la responsabilidad (e irresponsabilidad) con la cual el cuerpo político responde (o no) al drama de esos miles de hogares inundados. Cerrar los ojos y narinas al Montevideo inundado por la basura, al litoral inundado por el río Uruguay, al olor que emana de la refinería de Ancap.

Pero no lo logré.

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