Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Rama y Lowy: creadores de antídotos

Estaba recopilando información para escribir esta columna sobre Germán Rama, un hombre a quien admiré mucho pero no conocí, cuando me enteré de la muerte de Thomas Lowy, el entrañable Tomy, a quien conocí, quise mucho y admiré en igual proporción.

En un principio me pareció algo irrespetuoso escribir sobre los dos, habida cuenta de la extraordinaria influencia de cada uno en la vida nacional. Pero de pronto comprendí que era mejor hacerlo, porque el tema ocasional es homenajearlos, pero el tópico subyacente es, como siempre, reflexionar sobre la importancia radical de la política educativa y cultural en nuestro país.

Germán Rama fue el autor intelectual y ejecutivo de la última reforma en serio que tuvo la educación uruguaya. Tanto al universalizar la formación preescolar como al sustituir los platos de comida preparados en cada escuela por alimentación balanceada definida por nutricionistas, mejoró las condiciones de arranque de decenas de miles de niños nacidos en hogares desfavorecidos.

Lo mismo con el impulso que dio a los bachilleratos tecnológicos en UTU y a la formación docente en el interior del país. Esa compleja y muy ambiciosa reforma que pudo hacer gracias al respaldo total del presidente Sanguinetti, debió ser financiada con préstamos internacionales, y esa fue la razón por la que los estúpidos de siempre la tildaron de “neoliberal”, “diseñada por el Banco Mundial” y todas esas paparruchadas propias de las ignorantes anteojeras ideológicas tan típicas del Uruguay reciente. Llegaron al extremo insultante de bautizarla como “la reforma ramera”, de humillar a los adolescentes recuperados para la enseñanza media calificándolos como “los tontitos de Rama” y de excomulgar y perseguir a notorios frenteamplistas que participaron en su diseño y ejecución, como Carmen Tornaría y Ricardo Vilaró.

Pero, últimamente, hasta el presidente Mujica reconoció que la de Rama fue una gran obra por la equidad educativa. Lo único que le reprochó fue que era muy antipático. Y yo le respondería: gente simpática, solo para animar cumpleaños. Pero para enfrentarse a las corporaciones retardatarias que priorizan sus propios intereses por sobre las necesidades de los chiquilines más vulnerables, ahí, cuanto más severo, mejor.

Thomas Lowy, por su parte, fue literalmente el inventor del Departamento de Cultura de la Intendencia de Montevideo. Para darse una idea del desquicio administrativo heredado de la dictadura, una institución cultural señera como la Comedia Nacional, ¡antes dependía de los casinos municipales! Desde esa posición, a partir de 1985 y junto al gran Alejandro Bluth, Tomy creó el Circuito Cultural Municipal, que dio trabajo a cientos, tal vez miles de artistas de la escena y la música, llevando sus creaciones a todos los rincones del departamento.

Y otro proyecto revolucionario que felizmente sobrevivió a los afanes refundacionales que trajo después el Frente Amplio: el Teatro en el Aula, un emprendimiento que aún hoy lleva los grandes textos de la dramaturgia nacional y universal a todos los liceos del departamento, a cargo de jóvenes y talentosos actores de nuestro medio.

Me contaba en estos días la querida Gloria Levy, que la Asociación de Críticos Teatrales también tiene mucho que agradecer a Tomy, por su apoyo firme y generoso a las muestras internacionales de teatro de esos años, así como a la creación del Museo del Títere en Maldonado.

En lo personal aprendí muchísimo de distintas charlas que tuve con él a través del tiempo. Como buen batllista, Tomy era un convencido de que la política cultural no es un adorno sino un imperativo del Estado. No para financiar cualquier proyecto sin ton ni son ni para favorecer a amigos políticos con contratos públicos: para facilitar y multiplicar el acceso de los sectores más frágiles de la sociedad a expresiones culturales que alimenten su sensibilidad y desarrollen su espíritu crítico, ejerciendo de eficiente contrapeso a una cultura de masas que se caracteriza por embrutecer y adocenar a las personas menos preparadas.

Por eso, tanto Germán Rama como Thomas Lowy contaron en sus equipos con los mejores intelectos en sus respectivas áreas, sin importar a qué partido pertenecieran. Porque la educación y la cultura no son cotos de caza electorales: son construcciones permanentes que deben emprenderse, como dijera Churchill, pensando en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones. Con ese mismo norte trabajaron por la cultura inolvidables colorados como Tomy, Adela Reta y Jaime Yavitz, imprescindibles blancos como Antonio Mercader, Roberto Jones y Julián Murguía, extraordinarios frenteamplistas como Gonzalo Carámbula, Nelly Goitiño y Federico García Vigil.

Hay una frase de Tomy que resume estos valores, felizmente citada en la edición de El Observador de ayer: “Si nuestras pautas culturales están en peligro, el antídoto es claro: más cultura”.

Así es: más educación y más cultura. El legado imperecedero de dos grandes uruguayos, que tenemos el deber moral de continuar.

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