Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

De la fría meritocracia al ruin asistencialismo

Las noticias que suelen generar los mediáticos tienen dos componentes bien contradictorios: si por un lado, a veces, aportan temas nimios, por el otro son las más consumidas por el público. Siempre miro con atención el ranking de las noticias más vistas de la web de El País.

En el momento en que escribo esta columna, el puesto número uno de este diario lo ocupa la siguiente primicia: "Horóscopo chino 2020: conocé qué te depara el año de la rata de metal". Parece la sinopsis de un capítulo de Ultra Seven, pero no, es la noticia que más clics generó en una edición que, en el espacio más destacado de su home, informaba que el 2019 termina con 40.000 denuncias de violencia de género.

También me pareció muy irónico el elevado rating que tuvo en los últimos días la difusión que dio TV Show a un tuit de mi querida amiga, la actriz y comunicadora Andy Vila. Ella le pidió "media pila" a los meteorólogos, que por una predicción equivocada le arruinaron las vacaciones, y estoy seguro que debe haber sido la más sorprendida del revuelo mediático que causó su comentario.

En tiempos de infotainment, todos los medios informativos que apuntamos a sobrevivir, sabemos que no se puede prescindir de los clics taquilleros.

Los puristas de la comunicación social se enojan, pero sería peor autolimitarse a divulgar un cien por ciento de contenidos de calidad y, con ello, perder un noventa por ciento de los lectores. Mal o bien, quien hace clic en el año de la rata de metal, también pasó sus ojos por el gravísimo titular de las denuncias de violencia de género y así, el rol trascendente del comunicador en algo se ha cumplido.

Sin embargo, en los últimos días también hubo una noticia taquillera que, lejos de ser intrascendente, apuntó directo al corazón de un gran debate nacional.

Me refiero a la discusión que se dio entre Alberto Sonsol y Rafael Cotelo, en el último programa Bien igual de El Espectador. El tema era muy serio: debatieron sobre meritocracia e igualdad de oportunidades. "¿Tienen las mismas oportunidades educativas y laborales un joven nacido en contexto crítico, que otro en hogar de clase media o en cuna de oro?"

Para Sonsol sí: "Todos tienen la posibilidad de elegir. Si te quedás panza arriba en tu casa esperando que te toquen la puerta para un buen laburo, seguramente no lo vas a conseguir. Ahora, si estás todo el día en la calle buscándola, seguramente te va a ir un poco mejor".

Cotelo opina lo contrario: "Me encantaría tener una visión tan ingenua de la realidad. Hay muchísima gente que no tiene la chance de elegir. En nuestro país tampoco".

A riesgo de ser contradictorio, estoy un poco de acuerdo con ambos.

Lo estudié, reflexioné y discutí a fondo el año pasado, dirigiendo una obra norteamericana llamada "Buena gente", que se concentra exactamente en este tema. El autor David Lindsay-Abaire pone sobre el escenario el reencuentro entre dos adultos que fueron novios en su juventud, en un barrio pobre de Boston. Él pudo ir a la universidad y hoy es un médico adinerado y prestigioso. Ella quedó embarazada soltera y no logró escapar de la espiral de exclusión.

Poéticamente, el autor demuestra que lo que salvó al hombre, en su momento, fue la mirada atenta, vigilante y protectora de su padre.

Es así: no existe la igualdad de oportunidades sin equidad en el punto de partida, no solo en el vínculo con la educación formal sino, fundamentalmente, en la contención familiar. Y quienes parten de entornos familiares inexistentes y un mediocre sistema educativo público, difícilmente podrán eludir un destino de pobreza.

Sin embargo, la radicalización de ese punto de vista lleva a otra injusticia, que es la del asistencialismo. Los gobiernos populistas de esta parte del mundo han repetido una y otra vez la misma receta: subsidiar a los sectores vulnerables, lo que está bien, pero haciéndolos dependientes de esa ayuda e impidiéndoles insertarse en un camino de prosperidad personal, lo que está terriblemente mal. Esto se ha dado porque en el fondo, los populistas de izquierda desprecian la decisión individual de progresar en la vida. Postulan el orgullo de ser pobre. Satanizan a quien le va bien, por explotador y oligarca. Miles de empresarios unipersonales saben (sabemos) de lo que estoy hablando.

Si por un prejuicio ideológico se castiga al exitoso (a alguien habrá estafado), por el mismo prejuicio se ensalza la pobreza y la dependencia de un Estado protector.

Entonces, la opinión que faltó en el rico debate entre Sonsol y Cotelo es la de un Estado que no sea perpetuador de inequidades con limosnas, sino promotor de las personas. Ofreciendo a través de la educación pública, como en otros tiempos, los mejores estándares de calidad formativa. Ejecutando una política cultural fundada en valores, que restablezca el tejido social dañado por la influencia del narco y la limosna pública.

Recién a partir de entonces, el mérito volverá a ser el verdadero y único motor de progreso que diferencie legítimamente a las personas.

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