LA MISMA FOTO, DOS PAÍSES

Chile, de Bachelet a Piñera

Por segunda vez la presidenta socialista le entrega el gobierno al empresario de derecha.

Piñera: el presidente entrante tendrá un Congreso hostil, sin mayoría, como le sucedió al gobierno saliente de Michelle Bachelet. Foto: Reuters
Piñera: el presidente entrante tendrá un Congreso hostil, sin mayoría, como le sucedió al gobierno saliente de Michelle Bachelet. Foto: Reuters

Sebastián Piñera recibirá hoy domingo el mando del Palacio de La Moneda de manos de la socialista Michelle Bachelet, quien por segunda vez le entregará la banda presidencial. Piñera, de 68 años, que ya gobernó en el periodo 2010-2014, ganó la Presidencia en una segunda vuelta el pasado 17 de diciembre al senador Alejandro Guillier, candidato de una coalición de izquierda. De acuerdo con las encuestas, Bachelet concluye su segundo mandato con un respaldo en torno al 40%, la misma cifra que en promedio alcanzó Piñera durante su primer gobierno.

El sabor amargo de entregar por segunda vez la Presidencia a un mismo adversario político flota en torno a Bachelet, que admitió hace algunos días que "no todo ha sido perfecto". Pero subrayó enseguida que "lo importante es reconocer que la marcha que iniciamos entre todos ha hecho de Chile un país mejor y es la ruta en la que debemos perseverar".

Bachelet, a sus 66 años, se marcha con una aprobación del 40%, menos de la mitad que cuando terminó su primer período (84%), al que sin embargo no logró dar continuidad: su coalición perdió en las urnas y abrió paso al primer gobierno del derechista Piñera.

En ese contexto, el nuevo cambio de mando parece una repetición del celebrado hace cuatro años, pero analistas y observadores coinciden en que el contexto es distinto.

En 2010, Bachelet salió de La Moneda con el futuro iluminado por un eventual regreso que se concretó. Ahora da el último adiós con su coalición fragmentada y su prestigio socavado por un mal manejo comunicativo de sus logros, más reconocidos en el exterior que en Chile.

Con una oposición que le negó la sal y el agua desde el primer día y con la carga familiar que le significó el llamado "caso Caval", un oscuro negocio inmobiliario que involucró a su hijo, Sebastián Dávalos, y a su nuera, Natalia Compagnon, Bachelet navegó siempre contra la corriente en su segundo mandato. El caso Caval derrumbó su popularidad a niveles del 20% desde el año 2015, su coalición nunca actuó como mayoría en el Congreso y socavó muchos de sus proyectos.

"Han sido tiempos difíciles para mí y para mi familia, muy dolorosos, y que sin duda me ha afectado profundamente", reconoció Bachelet, con voz entrecortada, en un mensaje el 29 de enero de 2016, cuando su nuera fue imputada por delitos tributarios.

En lo económico, su gobierno coincidió con una caída de los precios del cobre —el principal producto chileno—, cayeron las exportaciones y el crecimiento de Chile estuvo en promedio en torno al 1,7% en el período 2014-2018.

Pese a esto, Bachelet impulsó y dio forma a una serie de reformas estructurales en lo tributario, educativo y laboral, y a leyes que agitaron al país. Ahora unos 360.000 estudiantes tienen universidad gratis y la enseñanza básica y media volvieron a la tutela del Ministerio de Educación, tras haber estado desde 1981 bajo administración municipal. Además se eliminó el lucro como objetivo de la educación y la selección como criterio de admisión en los colegios. Se aprobó la despenalización del aborto en tres circunstancias (inviabilidad fetal, peligro de muerte para la madre y violación), se amplió la cobertura del Estado a la financiación de enfermedades y se avanzó en la aprobación de la ley de identidad de género.

Su última semana en el Palacio de la Moneda no la dedicó a preparar la mudanza. "¡Voy a gobernar hasta el último día!", dijo, y envió al Parlamento un proyecto de reforma de la Constitución, herencia todavía de la dictadura militar.

En cifras, Bachelet cumplió un 56% de sus compromisos de campaña.

"Tenía una gran oportunidad para pasar a la historia como una gran estadista en Chile, pero las prisas por introducir algunas reformas sin contar con los consensos políticos necesarios arruinaron su proyecto", dice a la AFP Carlos Malamud, analista del Instituto Real Elcano de Madrid.

"Siento que me voy por la puerta ancha y grande, porque más allá de que hay cosas que hubiéramos querido hacer más rápido o mejor, me siento orgullosa de lo que hemos hecho", lanzó Bachelet el martes. En estos días han comenzado a surgir algunos reconocimientos de opositores, entre ellos el de Manuel José Ossandón, un senador conservador para quien, "en 15 años más, la presidenta Bachelet será recordada como la mejor de la historia".

Bachelet ha insistido que su adiós es definitivo, sólo ha aceptado un par de cargos ad honorem en organismos internacionales de Salud, y también planea en Chile actividades relacionadas con su profesión de médico pediatra, lejos de la política. No obstante, en un país sin renovación de liderazgos políticos, nada es imposible, según algunos analistas, mientras en las redes sociales asoman algunas publicaciones que hablan de "Bachelet 3.0".

Gobernar sin mayorías.

Piñera tampoco la tendrá fácil. Enfrente tiene un Congreso dividido —con la irrupción de la izquierda radical— y la presión de movimientos sociales dispuestos a profundizar las reformas que Bachelet dejó inconclusas. El presidente "tiene trabado el Congreso. Creo que va a haber mucha discusión, pero lo que intentará hacer es mostrar resultados desde la gestión. Más política pública que agenda legislativa", advirtió Lucía Dammert, analista de la Universidad de Santiago.

Si Bachelet lidió con la promesa de otorgar gratuidad en la educación superior, Piñera deberá administrar una ley que ya aseguró estudios gratuitos para 360.000 estudiantes, muy lejos de ser universal. "Piñera debe asumir que tiene que cerrar la reforma de la educación superior y lo que haga puede ser muy beneficioso para él, o puede ser verdaderamente explosivo", señaló el analista político Marcelo Mella.

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