2002

La peor crisis: la ola que nos tapó a todos

La ruptura de la “tablita” en 1982 y la debacle bancaria de 2002 son dos tristes de la historia económica reciente. Llegaron en momentos distintos: una en el tramo final de una dictadura; otra bajo una democracia fuerte, que permitió que el país salga adelante cumpliendo compromisos internacionales.

La espera frente al Banco Montevideo. Foto: archivo El País.
La espera frente al Banco Montevideo. Foto: archivo El País.

Los últimos años de la década de los 90 y el inicio del nuevo siglo configuraron uno de los peores ciclos de la historia económica del Uruguay moderno. La extrema dependencia comercial de los vecinos iba a ser un elemento crítico, una vez que las monedas de Brasil y Argentina se sobrevaloraban primero y abruptamente perdían valor después, en Brasil en enero 1999 con la devaluación del real, y en Argentina en enero de 2002 con el abandono de la convertibilidad.

Con las monedas de los vecinos fuertemente devaluadas y Uruguay manteniendo un sistema de tipo de cambio cuasi-fijo que dejó en evidencia una grave pérdida de competitividad, el deterioro de la economía uruguaya para 2002 era algo que nadie dudaba. El país ya arrastraba severas dificultades desde fines de 1998, cuando comenzó a producirse una sucesión de shocks externos negativos, en un contexto de recesión, deterioro sistemático de los números fiscales y de endeudamiento externo.

Sucesión de golpes.

El primero de esos shocks fue la ruptura del Plan Real a inicios del año siguiente. Luego, el brote de aftosa a inicios de 2000 golpeó fuerte al principal producto de exportación, la carne bovina, que perdía sus principales mercados.

En Argentina, el atraso cambiario contenido durante diez años terminó dejando al desnudo a un país con abultado déficit fiscal, endeudado y con graves problemas en su aparato productivo, que entró al nuevo siglo arrastrando tres años de recesión. Fue el fin de la convertibilidad ideada por Domingo Cavallo una década antes. El derrumbe del “1 a 1” arrastró a un gobierno con escaso respaldo político y social y sumió a Argentina en una profunda crisis. Diciembre de 2001 llegó con corralito financiero, protestas en las calles, estado de sitio y decenas de muertos. A raíz de la profunda devaluación en Argentina, el BCU en enero 2002 duplicó el ritmo devaluatorio y el ancho de la banda de flotación del dólar. El desequilibrio de las cuentas fiscales llevó además a la aprobación de un ajuste fiscal en febrero y otro a fines de mayo.

A la tambaleante situación macroeconómica le llegó el golpe de gracia: los argentinos que no podían acceder a los depósitos en los bancos de su país cruzaron el río para retirar los ahorros que tenían en el sistema financiero uruguayo, donde los no residentes representaban más del 40% de los depósitos. A medida que fueron quedando al desnudo las dificultades de las instituciones bancarias para hacer frente al fenómeno, se sumaron también los residentes locales y el sistema financiero quedó al borde del colapso.

Portada de la jornada de saqueos en 2002.
Portada de la jornada de saqueos en 2002.

En los primeros meses del 2002, el sistema bancario uruguayo ya había perdido el 40% de sus depósitos y reservas. Banco Galicia, con una filial en Uruguay, había sido intervenido en Argentina. Poco después queda al descubierto la estafa de los hermanos Rohm en el Banco Comercial, a lo que se suma la imposibilidad del Banco Montevideo-Caja Obrera de cubrir los retiros y la insolvencia del Banco de Crédito. A su vez, la banca estatal (BROU y BHU) expusieron su enorme fragilidad. El proceso de insolvencia financiera que afectó a parte de la banca desencadenó el colapso económico.

Finalmente, el 20 de junio el gobierno decretó la libre flotación del dólar. En un solo día, su valor trepó 30%. La confianza estaba malherida. Dos indicadores se habían vuelto extremadamente relevantes: la posición de liquidez y el retiro de depósitos. Decenas de millones de dólares se retiraban de los bancos y el riesgo país se disparaba.

Jorge Batlle, el capitán que llegó a puerto

A Jorge Batlle, uno de los políticos más brillantes de los últimos 100 años, le tocó enfrentar la crisis de 2002 y pagar el costo político de la salida.

Su sorpresiva muerte el 24 de octubre de 2016, cuando estaba por cumplir 89 años, significó el fin de una época. “Muere Jorge Batlle, el último de una estirpe”, tituló El País el 25 de agosto. Batlle había llegado al gobierno con muchas expectativas. Creó la Comisión para la Paz con el objetivo de encontrar los restos de los desaparecidos políticos durante la dictadura y abrió el camino para la instalación de las plantas de celulosa. Pero sus proyectos de reforma quedaron postergados por las urgencias del momento. “Aspiraba a mucho más, a cambiar el Uruguay, pero no lo conseguí”, reconoció una vez. Sin embargo, su permanencia en el gobierno, el liderazgo de un sólido equipo junto a Alejandro Atchugarry, y el apoyo institucional de los partidos políticos, hicieron posible que Uruguay se levantara. Una gestión que todos, aun sus más acérrimos adversarios, hoy le agradecen.

El martes 23 de julio, el ministro de Economía Alberto Bensión renunció y fue sucedido por Alejandro Atchugarry, que había sido el principal articulador del gobierno en el Parlamento y su rol fue clave para la salida de la crisis. También cambiaron las autoridades del BCU, donde asumió la presidencia Julio de Brun.

El martes 30 de julio, el gobierno suspendió las actividades de los bancos Montevideo y Caja Obrera e, in extremis, se decretó el feriado bancario por una semana.

Durante esos días las negociaciones en EE.UU. en procura de un salvataje del FMI eran un partido contra reloj. Desde el organismo se aconsejaba a Uruguay armar un “corralito” a la Argentina. El presidente Jorge Batlle rechazó esa salida. Las gestiones derivaron en un crédito puente de EE.UU. de US$ 1.500 millones que al filo del plazo permitió retornar al país con esperanzas de desactivar la bomba.

Entre tanto, el Parlamento discutía y aprobaba la ley de reprogramación de vencimiento de depósitos de bancos oficiales y la creación del Fondo de Estabilidad del Sistema Financiero.

El lunes 5 de agosto abrieron los bancos, excepto el Comercial, Montevideo-Caja Obrera, Banco de Crédito y la Cooperativa Caycu. Fueron suspendidos y el gobierno comenzó un plan para su liquidación y venta, y se reprogramó la devolución de los depósitos a plazo fijo de los bancos República e Hipotecario a tres años. La desaparición de varias instituciones financieras en 2002 significó el fin de la política del Estado uruguayo de rescatar a todas las instituciones quebradas.

Fue un período devastador: el PIB ajustó a la baja más de 15% entre 1999 y 2002. Estas cifras tuvieron su correlato en la desinversión, la quiebra de empresas, fuerte caída del salario real, la eliminación de puestos de trabajo y el incremento de los niveles de pobreza. Solo en 2002 emigraron 28.000 uruguayos buscando otros destinos como exiliados económicos.

Con la amenaza que suponía el abultado endeudamiento, Uruguay logró un exitoso canje a fines de mayo de 2003. Cumplida la promesa de no deshonrar los compromisos, a partir de ese año comenzó un período de crecimiento que se mantiene hasta nuestros días.

LA COLUMNA DE ISAAC ALFIE

No room to fail

Entre todas las memorias de hechos, discusiones, reuniones y negociaciones, hay tres frases que resumen lo sucedido en aquellos 11 días en que la delegación permaneció en Washington, dos pronunciadas por funcionarios de EE.UU. (las de los del FMI y Banco Mundial, mejor olvidarlas) y una del equipo uruguayo. La del título, pronunciada por Gary Edson, economista del equipo de asesores del presidente Bush cuando se diseñaba la salida; “My President ordered me to find a solution”, del viceministro de Finanzas para asuntos externos, John Taylor ya en la madrugada del domingo 28 de julio, al costado de la Casa Blanca, cuando nos retirábamos luego de 16 horas de trabajo, y “back to the stone age”, del equipo uruguayo ante una consulta del representante del Departamento de Estado, embajador John Maisto.

La primera lo resume todo: no había espacio para el fracaso, era la última bala y por ello nuestro equipo, dada la restricción de dinero, diseñó el plan que hizo lo que se hizo, pese a muchísimos obstáculos, reales y políticos, internos y externos. Bastaba ver que algunos de los principales periódicos del mundo escribían guionados por funcionarios del FMI (eran su fuente), para darse cuenta que lo que sucedía trascendía a un pequeño país; eran funcionarios que dolidos en su orgullo, utilizaban todas las armas a su alcance para que nada prosperara, salvo su errada posición. ¿Por qué? Vaya uno a saberlo.

Desde la crisis asiática de junio de 1997, el default ruso de agosto 98, la quiebra de los saves & loans en EE.UU., los problemas de Brasil, Argentina, Turquía y otros; con los precios de las materias primas en la segunda mitad de los 90 y comienzos de siglo en sus niveles más bajos desde la época de la Colonia (literal), todos eran golpes y malas noticias. El país resistía, en medio de una recesión y con algunas debilidades, es cierto, pero se sostenía, hasta que el default argentino transformó el problema en financiero, y eso nunca se puede dominar, salvo que no haya deuda que pagar. Por ello, la principal enseñanza es que cuando se manejan las cuentas públicas nunca se es lo suficientemente prudente, aun cuando todo indique que se lo es. Todos los problemas y las crisis, desde el fondo de la historia, siempre tuvieron y tendrán origen en desequilibrios de las finanzas públicas. Las cuentas siempre deben estar en orden y la deuda debe ser muy baja.

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