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Un estilo de vida

El diseño forma parte indisoluble de nuestra vida. Este relato —que es ficcional, pero que podría ser verídico— refleja esas huellas que el diseño deja minuto a minuto en la rutina diaria.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Diseño. La innovación es parte del día a día de las personas. (Foto: WOBI)

Then put your little hand in mine / There ain’t no hill and mountain we can’t climb… Los acordes de I Got You Babe, la canción de Sonny & Cher que suena en el reloj despertador de Laura, parecen augurar una jornada rutinaria: a fin de cuentas, eso era lo primero que escuchaba Phil Connors, el protagonista de la película El día de la marmota, una y otra vez al despertarse.

A pesar del vaticinio, el día que le espera a Laura nada tendrá de repetitivo. Poco antes del mediodía debe hacer una presentación que definirá el futuro de los negocios en China de la consultora de ingeniería en la que trabaja. Sin embargo, una visita vespertina al médico —para la primera ecografía de su incipiente embarazo— es la que le genera más expectativas. Eso explica que, por única vez, no fue Twitter ni el correo electrónico lo primero que vio en su smartphone: la prioridad era corroborar si debía mantenerse en ayunas hasta el momento del estudio. "Menos mal", piensa, al confirmar lo contrario.

Último golpe al botón de snooze y arriba. Dos elementos modernos —una elegante cafetera a cápsulas y una heladera de color rojo— se destacan entre la sencillez de la cocina de la casa. Tras el desayuno compartido con Brian, su marido, un alerta de la aplicación Waze enciende la alarma: una serie de congestiones de tránsito harán difícil el viaje al distrito financiero. Sin amedrentarse, Laura decide salir en auto pero solo hasta la estación de metro más cercana. El GPS reorganiza el itinerario; ella aprovecha las paradas en los semáforos para contemplar el reverdecer de los árboles del barrio a través del techo de vidrio transparente del coche.

El panorama es bien distinto al salir del subterráneo. Si en los suburbios los nogales y los arces se amalgaman con gracia, ahora las torres de altísimos edificios luchan por acercarse todo lo posible al cielo, rodeadas de marquesinas y señales de tránsito. Laura aprovecha las cuadras que la separan de su oficina para escuchar los mensajes de audio que sus amigas grabaron en iMessage. "¡Suerte!" es la palabra que se repite; vaya si la necesita. Recuerda que en un libro leído en su infancia, el color negro es considerado de mala suerte en China, lo que la obligará a guardar en un cajón de su escritorio la lapicera que usa como amuleto. No es momento de provocar al destino.

Aún no son las 10 de la mañana y la oficina de Laura se convierte en un hormiguero. La presentación a los clientes chinos requiere la atención de toda la compañía. Una secretaria ingresa con las carpetas listas para ser colocadas en la sala de reuniones; detrás de ella, dos ejecutivos de cuentas anuncian que la presentación ya está en línea. Laura los invita a sentarse a su lado, mientras el vicepresidente de Operaciones de la empresa se conecta a través del sistema de mensajería corporativa para debatir en conjunto. Al cabo de 10 minutos, el último zoom in del Prezi indica que se ha llegado al final. "Felicitaciones", dice el VP manteniendo el gesto adusto. Laura y los analistas se miran y sonríen, algo más tranquilos.

Veinte minutos después de las 11, la sala de reuniones del piso 24 presenta la calma que antecede al huracán. La delegación del cliente, dos ejecutivos del conglomerado tabacalero más importante de Asia, llega temprano pero muestra signos de cansancio por el jet lag.

Con la bahía de fondo tras los ventanales, la reunión parece transcurrir sobre rieles. El equipo responde cada una de las preguntas del cliente hasta que un planteo interrumpe la tranquilidad: uno de los ejecutivos no se muestra convencido con los bocetos proyectados en la pantalla de vinilo y pide una alternativa para tomar una decisión. Nadie en la consultora había previsto una exigencia de ese tipo: se trata de un proyecto para desarrollar una maquinaria, y no es habitual que alguien se preocupe por cómo luce en la vida real. Todos miran a Laura: desde el vicepresidente de Operaciones, artífice de su llegada a la empresa hace cuatro años, hasta el mozo que acababa de servir la segunda ronda de cafés.

Laura piensa en una salida. Un ejecutivo de cuenta mantiene la charla mientras ella descubre una posible solución. Un nuevo contacto a través del mensajero interno y, cinco minutos después, un joven ingeniero ingresa a la sala con una impresión 3D de la matriz proyectada, fabricada el día anterior. El VP sonríe: se había negado a la compra de la impresora, pero Laura terminó convenciéndolo. El ejecutivo chino examina el prototipo de resina y cruza algunas frases en mandarín con su colega. Tras un breve silencio, la palabra mágica: "Hagámoslo". Debajo de la mesa, todos los integrantes del equipo aprietan sus puños en señal de triunfo.

A bordo de un Uber, Laura intenta dejar atrás el estrés de la presentación. Aunque parece lograrlo, la excitación por lo que está por venir la lleva a estar aún más nerviosa que durante la mañana. Brian la espera en el hospital con una sonrisa expectante. Veinte minutos después, una mancha blanca de poco más de un centímetro de largo los emocionará hasta las lágrimas.

La ansiedad por anunciar los resultados de la ecografía lleva a Laura a reemplazar el reproductor de música de su teléfono por Skype. Una tras otra, las llamadas se suceden: su madre, su mejor amiga y hasta el propio VP reciben las buenas nuevas, haciendo caso omiso a la típica recomendación de aguardar al tercer mes de gestación para revelar la noticia. Antes de subirse a su coche para retornar a los suburbios, usa nuevamente su smartphone para hacer compras y evitar dos paradas adicionales. Cuando llega a su casa, un paquete la aguarda en la puerta de entrada: el ácido fólico encargado a la farmacia de la zona.

La noche cae sobre la ciudad. Suena el timbre, y Brian se encamina hacia la puerta en busca de la comida tailandesa ordenada online. Los nuevos tiempos hacen que la celebración sea más discreta, sin un restaurante japonés como marco ni champagne para el brindis, pero no por eso menos gozosa.

Por primera vez, el show de Jimmy Fallon se ve obligado a competir por la atención nocturna de Laura y Brian con un contrincante recién llegado: los folletos de la sala de obstetricia del hospital. Laura repasa una y otra vez los gráficos con consejos para madres primerizas, mientras Brian divide las pestañas del navegador de su Macbook entre vacantes en cursos de preparto y vuelos a Bahamas. "Es nuestra última oportunidad", dice. Y ante la atónita mirada de Laura, agrega sonriendo: "Bueno, ¡al menos por un par de años!".

Bello versus funcional.

Don Norman, profesor emérito de ciencia cognitiva de la Universidad de California y experto en ingeniería de la usabilidad, escribió un artículo científico sobre por qué los objetos atractivos funcionan mejor. Pone como ejemplo una colección de teteras. "La primera es imposible de usar. La segunda se ve torpe, pero funciona muy bien. La tercera, fue hecha con gran consideración del proceso de preparación de un té", describe. Usabilidad, estética o practicidad. ¿Cuál utiliza usualmente Norman? "Todas. En la mañana, la eficiencia está primero. Sin embargo, cuando tengo tiempo libre o vienen visitas, prefiero usar las otras. El diseño importa, pero qué diseño es preferible depende del contexto y, sobre todo, de mi estado de ánimo".

Tras un análisis basado en la teoría del proceso cognitivo, el investigador dice: "Las prácticas de diseño centradas en las personas son particularmente esenciales en tareas o situaciones estresantes —distracciones, cuellos de botella o irritaciones— que requieren ser minimizadas. En situaciones positivas y agradables, la gente está mucho más dispuesta a ser tolerante a dificultades o irritaciones menores", afirma. "Si bien el mal diseño nunca admite excusas, cuando las personas están en un contexto relajado, los aspectos agradables y disfrutables del diseño las harán más tolerantes a problemas y dificultades en la interfaz".

La teoría de Norman explica tanto nuestra actitud cambiante hacia objetos visualmente bellos pero poco funcionales, como el apego que suelen provocar los de gran efectividad aunque pobres estéticamente. (WOBI)

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