OPINIÓN

La realidad marca las diferencias

El Mercosur ha alcanzado luego de 20 años de negociaciones con la Unión Europea, “el acuerdo comercial más importante del mundo” ha dicho el Canciller de la República, Rodolfo Nin Novoa. 

FOTO: EL PAÍS
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Interesa señalar las razones por las que el acuerdo no se concretó antes y, si es o no, el más importante del mundo.

Las posiciones

Desde siempre, solo un pequeño sector académico ha difundido los beneficios económicos y sociales que trae la apertura comercial externa de un país. No ha sido esa la posición de la academia ni la de los políticos de izquierda, ni tampoco la posición generalizada en las fuerzas de centro o de la derecha estatista. Entre los políticos con afán aperturista recuerdo solo a dos presidentes: Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle. La equivocada posición proteccionista ha desconocido algo que la realidad ha ratificado en numerosas regiones: que el área óptima de comercio para una economía pequeña como la nuestra, es el mundo.

La evidencia empírica de una mirada retrospectiva ratifica que el comercio exterior más libre nos ha beneficiado desde el punto de vista económico y social. Y que si fuera más libre nos beneficiaría aún más. Lejos de generar problemas de producción y de empleo, se observan beneficios para los consumidores, para los exportadores e incluso para muchas de las actividades sustituidoras de importaciones.

Durante varias décadas hubo generalizada prohibición de importar bienes de consumo final e insumos intermedios. Para ingresar al país, los pocos productos permitidos soportaban el peso de múltiples gravámenes y de otras obligaciones de efectos equivalentes como depósitos previos, que impedían de hecho su internación al país. La liberalización del comercio dispuesta por el Ing. Alejandro Végh Villegas hace ya algo más de tres décadas y media, inició un camino plagado de opositores en el ámbito académico y político, un camino que solo un pequeño sector aplaudió. La apertura también enfrentó la resistencia de quienes perderían o tendrían que compartir un mercado local hasta entonces cautivo —de monopolios industriales—, la feroz oposición sindical y la de la mayoría de los sectores políticos.

Tras la parcial liberalización del comercio —aún con aranceles de importación altos, aunque menores— comenzó un lapso relativamente extenso durante el que se redujo lentamente el gravamen que pesaba sobre cada compra externa. En el transcurso de ese período surgieron las pruebas que la apertura comercial, lejos de ser una amenaza para el empleo y la producción, para el consumo y la inversión, permitía que esas variables mejoraran y que, además, eso ayudaría al crecimiento de las exportaciones.

Menos transferencias de ingresos de consumidores a la Tesorería y fundamentalmente a empresarios y trabajadores de empresas altamente protegidas de la competencia externa; más excedentes de consumidores al bajar precios de los productos que consumen; mejor tipo de cambio real para los exportadores y otros efectos también favorables para el consumo y la producción interna; todos resultados fácilmente constatables.

Pero las posiciones tardaban en alinearse, algo que ahora puede estar ocurriendo si efectivamente se aprueban en el legislativo, los términos del acuerdo comercial anunciado. Es que no debemos olvidar que la oposición de políticos de izquierda al acuerdo de libre comercio con Estados Unidos hace unos años, los ha dejado como los últimos en entender más que comprobar, que el comercio exterior es tan bueno como inevitable para el bienestar general. Ni tampoco el famoso slogan del socialismo local de “más y mejor Mercosur” en lugar de mayor apertura comercial, o de tantas otras cosas que se decían y explicaban intentando justificar “injustificadamente” por qué la autarquía económica —el vivir con lo nuestro y para los nuestros— era lo que debía imperar.

Bolsonaro y Macri

El Canciller uruguayo erra al decir que este acuerdo es el más importante del mundo; se olvida de tantos otros más relevantes como el de la propia Unión Europea, el del Pacífico y otros por el estilo. Y tras la breve revisión histórica anterior, también erra en otra de sus afirmaciones: que llegar al acuerdo del Mercosur y la Unión Europea se ha debido a negociaciones que comenzó Uruguay hace cuatro años con los gobiernos de Dilma Rousseff de Brasil y de Cristina Fernández de Argentina. Descubrir al comercio externo como fuente de progreso no es algo que pueda atribuirse ni a éste ni los dos gobiernos anteriores a éste. Ni se puede adjudicar a la gestión uruguaya y de su Cancillería el acuerdo alcanzado. No se debe pasar por alto el motivo importante, el que es verdaderamente destacable para que el acuerdo se haya alcanzado.

Ha sido fundamental la participación en esta instancia, de los dos gobiernos actuales de los socios comerciales de la región. El gobierno brasileño de hoy, por la naturaleza de la conformación de su conducción económica, ha tenido una disposición a la apertura comercial que no la habían tenido los dos gobiernos de izquierda anteriores en Brasil. Similar inclinación del gobierno argentino de hoy, que simpatiza también más con la apertura que con el proteccionismo. Se trata de dos gobiernos que, si hubiesen seguido siendo del tono similar al de los que les precedieron, políticamente opuestos al comercio exterior, el acuerdo con la Unión Europea no se habría alcanzado.

No es entonces, como lo ha declarado ampulosamente el Canciller local, ni el acuerdo más importante del mundo ni se trata, por su trabajo ni el de su delegación, que se haya logrado un principio de acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea.

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