OPINIÓN

Políticas para un mundo desafiante

En su reciente pronóstico sobre la economía mundial coincidente con su reunión anual de la primavera boreal, el Fondo Monetario anuncia que se ha entrado en un periodo de fuerte crecimiento económico.

El vicepresidente del BROU dijo que el nuevo modelo de negocios hizo crecer ganancias. Foto: M. Bonjour
Banco República. Foto: Marcelo Bonjour

Tomando como base lo ocurrido en 2017, y agregando lo proyectado para 2018-2019, estaríamos en presencia de un escenario de bonanza a escala global no visto desde la crisis del 2008-9. La tasa de crecimiento proyectada promedio es de 3,8%, lo que implica aumentos sobre las proyecciones previas del 0,5 y 0,4% para 2018 y 2019 respectivamente.

Su impulso proviene principalmente por el desempeño del mundo desarrollado, debido a la permanencia de políticas fiscales expansivas y políticas monetarias aun laxas. Su realineamiento hacia una fase menos expansiva vía aumento de las tasas de interés se demora, pues no se vislumbran presiones inflacionarias latentes. El resultado es que se proyecta que en Estados Unidos será menor al 3 % en 2021, en tanto que en Europa continuará cercana a cero.

Más impactante aún es la mejora en las proyecciones de crecimiento del comercio internacional (aumentos de 1,1 y 0,8% para 2018 y 2019) a pesar de los nubarrones proteccionistas y riesgos de una guerra comercial desencadenados por la postura de la administración Trump.

A su vez, el desempleo en el mundo desarrollado viene cayendo, sin observarse todavía que esto produzca aumentos salariales conducentes a presiones de costos.

Puesto en perspectiva histórica, parecería ser que el sistema económico muestra una capacidad hasta ahora desconocida para recuperarse de colapsos dramáticos como la gran crisis de apenas una década atrás en el mundo desarrollado, y la turbulencia reciente en 2014-2015 marcada por el colapso del precio de las materias primas.

Para explicar esos logros no está ajena la pericia de los responsables de la conducción económica, quienes adoptaron políticas inéditas para superar esos episodios. Y en eso no estuvo ajena tampoco la administración china, que fue capaz de aterrizar su crecimiento desenfrenado a niveles sostenibles aunque todavía altos (6,7%). Además, se están capturando los beneficios de un aumento de productividad por cambios tecnológicos que demoraron en manifestarse, pero que hoy inyectan un vigor inesperado al crecimiento. Y como telón de fondo subyace, indiscutiblemente, la economía de mercado en sus variantes diversas como el sustento irremplazable de esos resultados.

Esa realidad se empalidece cuando la lupa se posa sobre América Latina.

Sus tres grandes países, Brasil, México y Argentina continúan con sus torbellinos propios, lo que augura dificultades para aprovechar la bonanza global actual.

Centrándonos en nuestros vecinos, encontramos que aún lidian en cómo estabilizar sus economías para potenciar crecimiento, que todavía es poco para sus necesidades. A eso se agregan episodios impactantes ligados a la corrupción, cuya resolución tiene dimensiones políticas que erosionan las expectativas de los inversores y por ende la fortaleza del crecimiento esperado. Y la tarea que tienen por delante es ineludible, pues ninguna economía en desarrollo puede convivir con altos déficit fiscales sin hacer estallar sus finanzas públicas y sumirse luego en una crisis de endeudamiento externo. Lo increíble es que hay quienes hoy siguen abogando lo contrario, ignorando lo que la historia de manera implacable nos ha enseñado y hecho padecer.

Esta realidad externa cercana e incierta, estará circundado nuestro país justamente en momentos que el mundo parece entrar en una etapa nueva de crecimiento, para lo cual debemos entender sus mecanismos al fin de aprovecharla cabalmente.

Una vez más, lo primero es mejorar la calidad de nuestra inserción comercial en las áreas más dinámicas del mundo. De la postración actual en la materia debemos salir con acciones concretas, asumiendo lo que se deba asumir, pues ya se ha titubeado y esperado demasiado. Más y mejor comercio es más empleo.

En segundo orden, es necesario entender que la bonanza en el mundo desarrollado incentiva a invertir más en esos países, donde su entorno para hacer negocios es más amigable y la productividad de la mano de obra y los servicios es notoriamente más alta. Los niveles salariales ya no son una determinante cuando se los corrige por su productividad. Y en eso estamos en desventaja. Por tanto, corresponde generalizar y profundizar los incentivos para fortalecer la inversión doméstica y extranjera. Las cuentas nacionales muestran que la inversión ha caído a niveles de principios del siglo, al mismo tiempo que el ahorro privado aumenta a pesar que el consumo sigue constante. Eso nos dice que la rentabilidad esperada de la inversión no es suficiente. Y con ello decae la demanda de trabajo, se fragiliza el crecimiento y se cuestiona la sostenibilidad de las políticas sociales.

Por último, entender mejor cómo la economía, aunque crezca, no genera empleo. Es ineludible saber si estamos ante una fase coyuntural del ciclo del mercado laboral, o presenciamos un cambio estructural explicado por tecnologías que sustituyen mano de obra. De ser esto último, aparece sobre la mesa un desafío nuevo, del cual todos los actores sociales deben involucrarse para resolverlo.

Dilatar su inclusión como postulados básicos de lo que debieran ser políticas de Estado es debilitarnos como nación, en un mundo que seguirá siendo complejo y desafiante.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados