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Economía china se enfría en plena guerra comercial

China no nota aún el impacto de los aranceles impuestos por la administración de Donald Trump, pero la guerra comercial se produce en un momento delicado para la segunda economía mundial.

China devaluó el yuan. Foto: Reuters
Foto: Reuters

El país creció entre julio y septiembre un 6,5% interanual, una tasa en mínimos que no se veían desde el primer trimestre del año 2009, cuando el país sufrió el impacto de la crisis financiera internacional.

En ese contexto, optó por lanzar un enorme plan de estímulo que le permitió sortear el bache, pero cuyas consecuencias en forma de deuda son ahora uno de los mayores dolores de cabeza de Pekín.

Enlentecimiento.

Los datos facilitados por la Oficina Nacional de Estadísticas indican que el crecimiento de China, a pesar de los vaivenes internos y el cruce de aranceles con Trump, apenas se ha resentido. Este 6,5% es solamente dos décimas menor a la tasa del segundo trimestre, pero dos décimas son relevantes en un país que lleva tres años creciendo oficialmente en un intervalo entre el 6,7% y el 6,9%.

La economía china, según las estadísticas oficiales, lleva años siendo una balsa de aceite a pesar de que durante este periodo se desinfló la burbuja de las materias primas, hubo crisis bursátiles y varias zonas del norte del país que vivían de la industria pesada rozaron la recesión por primera vez en décadas.

Los años del auge de la construcción, entre 2004 y 2014, animaron a muchos a abrir fábricas de acero en la zona norte, alentados por generosos incentivos municipales. Muchas empresas se endeudaron para crecer y atender la demanda. China se convirtió en el mayor productor de acero del mundo. En 2014, su capacidad era de 1.140 millones de toneladas y acumulaba más de la mitad de la producción global. Tan solo la provincia de Hebei, produce 240 millones de toneladas.

Dos años después, la ralentización de la economía había deprimido los precios, y las empresas comenzaron a reducir su capacidad.

Estados Unidos.

El toma y daca entre China y Estados Unidos no ha tenido efecto negativo alguno en el cuadro macroeconómico de la segunda potencia mundial; más bien todo lo contrario. Según datos de aduanas, las exportaciones del país asiático se dispararon un 14,5% interanual en septiembre, el mismo mes que entró en vigor la segunda gran ronda de aranceles. Y el superávit comercial con Estados Unidos, la gran pesadilla de Donald Trump, tocó un máximo histórico de 34.130 millones de dólares.

Los analistas aseguran que este súbito incremento se debe al adelanto de pedidos de muchas empresas para evitar las tasas, con lo que los efectos reales en el potente sector exportador se deberían notar en mayor medida este último trimestre del año y en 2019.

Incógnitas.

Pero la guerra comercial es una máquina de generar incertidumbre. Las bolsas se han resentido muchísimo (Shanghái ha perdido un 23,5% en lo que va de año, Shenzhen un 35%) y los índices de confianza empresarial tocan mínimos.

A su vez, la inversión en activos fijos se ha desacelerado en lo que va del año hasta el 5,4%, una caída causada principalmente por la intensa campaña de Pekín destinada a controlar el crecimiento de la deuda y la actividad del sector bancario en la sombra, a partir del cual se registraron en los últimos años más de 6.000 empresas de este tipo. Unos cincuenta millones de personas han puesto dinero en ellas, formando un negocio valorado en 170.000 millones de euros, según cálculos de Bloomberg.

Ambos fenómenos, calificados por las mismas autoridades como riesgos sistémicos, crecieron de forma exponencial a raíz de los consecutivos planes de estímulo —unos más grandes y evidentes que otros—- que las autoridades han puesto en marcha desde la Gran Recesión.

"La banca en la sombra, que era una de las principales vías de financiación para las pequeñas y medianas empresas, ha sido literalmente aplastada. Esto ha tenido un impacto enorme en estas compañías, que si antes creían que el coste de financiarse era alto, ahora simplemente se están quedando sin fondos. En estas condiciones es normal que no se invierta, y precisamente ese debilitamiento del sector privado es un motivo de preocupación que no va a revertirse próximamente", explica Li Wei, profesor de Economía de la escuela de negocios Cheung Kong. El indicador que él mismo elabora sobre confianza empresarial, centrado en las pymes, se sitúa actualmente en el menor nivel de los siete años de historia del índice.

Apuntalar el consumo.

Las ventas al por menor, termómetro del consumo, crecieron en septiembre a una tasa interanual del 9,2%, mientras que la producción industrial aumentó un 5,8%. Todos estos indicadores a la baja han llevado a Pekín a repensar su estrategia en los últimos meses, suavizando la lucha contra la deuda y abriendo el grifo a nuevas, aunque pequeñas, formas de estímulo tanto por la vía fiscal como monetaria.

A la rebaja de impuestos a las empresas se le suma este año cuatro recortes del coeficiente de caja de los bancos; es decir, se ha permitido a las entidades financieras reducir el nivel de sus reservas para, en teoría, utilizarlas para fomentar el crédito al consumo y a las empresas. El gobernador del Banco Central, Yi Gang, ha anunciado que al organismo le queda aún mucha munición en caso de que la situación empeore.

Los analistas coinciden en que las medidas actuales no son suficientes para revitalizar la actividad económica.

"El Gobierno debe llevar a cabo una reducción de impuestos más significativa y asegurarse de que el mecanismo de transmisión monetaria funciona, o sea, que el crédito llega a las pymes", dice Li. Lo más probable es que nuevos estímulos lleguen en los próximos meses, con tiempo suficiente para crear una almohada que amortigüe un 2019 en el que a los problemas internos se le sumará el pleno impacto de la contienda comercial con Estados Unidos.

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