EL PERSONAJE

Con Roberto Valdivieso: “El marketing del folclore es la gente”

Hace 40 años está detrás del grupo Maciegas. Devoto de la guitarra y el charango, charló con Revista Domingo sobre la música popular y la difusión de la cultura del interior.

Roberto Valdivieso
Roberto Valdivieso

Era un juego. Era un símbolo de arraigo o un boleto hacia casa sin viajar. En 1979, Maciegas era otra forma de hacer hogar estando tan lejos, era una guitarreada de la barra. Hasta que el juego se volvió esa cosa seria que ya lleva 40 años de giras por el interior, salas montevideanas, cambios, desilusiones, corazones rotos, empuje, empezar de nuevo, música, acordes clásicos del canto, escenarios compartidos, temas propios, amigos nuevos y otros que se fueron. Roberto Valdivieso es, para muchos, sinónimo de interior. Es un riverense que hace 40 años duerme en Montevideo. Es el que queda de la Maciegas de hace 40 años, y el que se paró firme para hacerla andar cada vez que quedó trunca. Y hablar de Roberto Valdivieso es hablar de esa Maciegas, porque desde entonces, desde la llegada a Montevideo cuando tenía 18 años, ha sido sinónimo de su vida.

Valdivieso fue el que el 2 de mayo de 2019 dijo “esa Maciegas vulgar y silvestre llega al Solís, al copetudo Solís”. Porque sí, por más lejano que parezca, por más distinto a galpón de campaña donde se baila de botas y bombacha de campo, el Teatro Solís era un sueño de Maciegas, y de Valdivieso: “¿Viste cuando vos te sentís bien y decís: ‘Che, creo que nosotros vamos a estar a la altura de lo que es la convocatoria del Solís’. Y fue así, y aceptamos ese desafío que fue realmente disfrutable. Si bien ha cambiado, el Solís fue considerado como algo inalcanzable, pero a cualquier músico vos le preguntás y te dice que es el sueño tocar ahí”.

Y lo más simbólico que pudo haber en esa sala de herradura y bacarat fue ver a ese público -que casi colmó las butacas- bailar polca y milonga en los pasillos de la platea. “Nosotros hemos estado en festivales donde hay 15 o 20.000 personas, pero también hemos tocado ante 15 o 20. Y un montón de gente siempre está. Esa noche fue decirles un gracias. Yo siempre digo que esto no se hace solo. Hay un grupo de músicos que están ahí, en el escenario, y después están los que no se ven y vienen con nosotros hace años”. A Valdivieso le gusta contar entre esa gente a Wilmar y Perla, los que siempre rompen el hielo bailando en tierra o cemento, y que en la mano tienen la bandera de San José, su pago.

Cree que “el marketing del folclore ha sido la gente”, ese sostén que comprueba que el género es más que el estereotipo que se pinta. Es más que la banda sonora de una radio AM a las seis de la mañana, en el campo y con unos mates. “Eso tiene que ver también con las canciones emblemáticas, que pintan un paisaje del interior o una costumbre o una forma de ser. Pero el folclore es hablar del pueblo”.

En el caso de Maciegas, no se privan del momento de guitarra y charango, tampoco de hacer temas con batería, guitarra y bajo eléctrico, u otros con violines, violonchelo o esas cuerdas más románticas. Todo varía con la canción y el momento de cantarla. También han sabido mezclar un tango con un chotis o candombe con forró. “En Montevideo también se discutió en algún momento si era folclore o canto popular. Para mí es música, es fusión, y eso es lo que nos anima a seguir. También es integración de pueblos, de costumbres”.

El inicio del sueño

Si es para hablar del folclore y todo lo que lo rodea, Valdivieso tiene sus ideas claras y la vigencia del género es una de las aristas. “Alguien decía por allí que el folclore es cosa de viejos. Yo invitaría a que un día vayan a un festival como el Olimar, donde ves a miles de jóvenes cantando. Es impresionante la gurisada, gente veinteañera que se sabe las canciones”. Asegura que no hay que imponer las cosas, sino mostrar la posibilidad para que se elija.

Maciegas nació en la época en la que Valdivieso se bajó de un tren en Montevideo para estudiar Derecho y mudarse a la casa de sus tíos en Las Acacias. Ese tiempo en el que el chiquilín del interior, que solo había estado una vez en la capital, se asustó con tanto semáforo. Cuando pusieron el primer semáforo en su ciudad la gente se amontonó para ver lo que estaba pasando. Fue de esos que tuvo que acostumbrarse a que nadie esperaba un “buenos días” en la parada, o el que seguía el recorrido del 199 para conocer y entender la ciudad de edificios altos: “Después me adapté y ahora inclusive quiero a Montevideo. Cuando no estoy lo extraño. Aunque más extraño Rivera”.

En esa época, venirse era encontrarse con la soledad y para refugiarse, un grupo de gurises aprovechó el Club Residentes de Rivera. “La necesidad junta a la gente, y teníamos en común que extrañábamos a nuestras familias, a nuestros amigos. Yo creo que los clubes de residentes del interior cumplieron una función fundamental en esa época, porque el hecho de extrañar el pago hace que uno más se arraigue. Y en ese contexto de buscar el arraigo nació Maciegas”.

Antes del grupo, Valdivieso ya tocaba la guitarra. Aprendió copiando a los guitarristas que veía en los bailes de las escuelas. Iba, se memorizaba las posiciones de los dedos y cuando llegaba a su casa lo intentaba en una viola que le habían regalado a los 10 años. Lo que tocaba, sobre todo, era música brasileña. “En Rivera prendías la radio y lo que pasaban era Teixeirinha por todos lados. Corazón de luto. O Caetano”. Por eso si bien le molestaba cuando le decían que los riverenses estaban de espalda al Uruguay, sabía que era una verdad. Su otro contacto con la música era su hermana que tocaba el acordeón y las payadas de los peones en el campo donde trabajaba su padre, un rabdomante.

“Nosotros en Rivera teníamos la influencia de la música popular brasileña, pero debo reconocer a la gente de Tacuarembó, a Numa Moraes, al Sapo Benavides, que iban mucho y cantaban folclore para los riverenses. También Alan Gómez, que siendo de Artigas musicalizó el himno de Rivera, Caminito de tierras coloradas. Hoy en día el departamento tiene su propia identidad con el Chito de Mello, Victor y Daniel, Turcati Pereira”. También está Maciegas, pero si bien nació en el Club de Residentes de Rivera, sus integrantes siempre fueron de todos lados, de Flores, Rocha, Montevideo. Y su llegada también se salió del límite.

Antes de soñar con el Solís, el sueño era el Festival Nacional de Folclore que se hace desde 1973 en Durazno. Hasta allí llegaron en varias ocasiones, y dos veces se quedaron con el Charrúa de Oro, el máximo galardón para la música popular uruguaya. Fueron a Cosquín, a Porto Alegre, a Paraguay. En la carrera, entre una formación de músicos y otra, Maciegas lleva editados más de 15 discos, el último salió en 2019 y es un homenaje a todos los que han acompañado, y a los nuevos. En Canciones con partidas, hay temas con Anita Valiente, Pepe Guerra, Humberto de Vargas, Carlos Alberto Rodríguez y más. Para Valdivieso es imprescindible resaltar siempre la importancia de la barra.

Valdivieso es una de las caras del folclore nacional, pero no solo por los escenarios. Desde hace muchos años se convirtió en un difusor de la cultura uruguaya del interior, no para generar sesgos, sino para unir, para que lo que se hace en la capital se escuche en el interior, y que lo del interior se pase por la tele nacional. Y también para que el propio pueblo se entere de lo que pasa unos kilómetros más al este o al oeste, o dentro de su límite.

Dice que es comunicador “de rostro nomás”, y así supo mandar casetes con programas grabados a Radio Internacional de Rivera. Después se animó al micrófono directo en Radio Sport y en Rural. En 2006, desde VTV le pidieron que hiciera un programa con impronta de interior, que fue La canción nuestra sin fronteras, todas las mañanas de domingo durante 10 años, junto a Nelson Gamarra. Hoy están en A+V, y en VTV cambiaron por Valor agregado sin frontera de lunes a viernes. También está la productora que comparte con colegas músicos y el proyecto, de la mano de Agadu, Autores en su tierra. En el día a día, Valdivieso también es el laburante y el presidente del sindicato de Aduanas que representa a sus compañeros, pero detrás de la vida común, de la tele y la radio, del dualismo entre interior y capital, en paralelo, ha sido siempre música, festivales, guitarra y charango. Y cantar, claro, porque “el canto es nuestra trinchera”.

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