columna cabeza de turco

Las palabras dicen más...

Las palabras pierden sentido (o cobran significación) según los tiempos históricos, los contextos y hasta la extrema banalización de las mismas.

Las “palabras” lo son todo, la forma en que las expresamos, el tono, la manera en que las ubicamos en una frase, el estilo que aplicamos al afirmar un pensamiento, lo simbólico que representan y hasta el silencio que usamos entre ellas “habla”. Las palabras pierden sentido (o cobran significación) según los tiempos históricos, los contextos y hasta la extrema banalización de las mismas.

Hubo una época en que “boludo” era una mala palabra (siempre uso este ejemplo, en mis clases). Aún lo es para mucha gente, pero los porteños “humanizaron” esa expresión que ya no posee carga negativa, es casi como referirse “al otro” de esa forma y su epílogo -en muchas frases- no significa nada. Cuando yo era pibe “el boludo” era el que dejaba todo para el final, el que no hacía a tiempo sus deberes, el lerdo. Hoy implica cualquier cosa menos eso. “¡Che boludo arrimate al toque que sale asadito!”

Ahora hay otras palabras que ganan terreno. Lo “inclusivo” es la reina pop del presente. Si algo no es inclusivo es que no está bien, o sea que no es abierto a todos. Incluir, implica agregar y lo que se agrega es porque no estaba -antes- donde tenía que estar. Me da la impresión que es una palabra pretenciosa de justicia pero que el tiempo ubicará de otra forma. Lo que se incluyó fue porque no se le daba ese lugar. La palabra no termina de ser justa con lo que pretende significar. ¿Se entiende? (Es como aquel asunto de la “tolerancia” que poco menos que era una autorización. ¿Tolerancia activa? Humm…)

Nos pasó con el “consenso” que cuando irrumpió en escena era una maravilla. ¿Qué sucedió? Que no existen los consensos, que son casi efímeros, casuales, mágicos y que, en general, las “mayorías” son reales mientras los consensos son casi imposibles. Y algo peor, la idea del consenso en ámbitos como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas nos causa miedito y no nos permite concebir de manera positiva a la palabra. Que haya consenso en odiar o discriminar a quien sea, per se, no es una buena cosa. Aunque nunca sea explícito. O sea, las palabras hablan dentro de una secuencia de significados mucho más profundos. La palabra sola no vale nada.

Suelo tratar de entender las palabras que los mas jóvenes utilizan en su vida cotidiana porque representan la matriz cultural por la que se está recorriendo la vida, denotan valores y connotan estilos de identidad de todos. Y dentro del territorio del (llamémosle así) lunfardo posmoderno está lleno de ejemplos que nos muestran como las palabras traen consigo nuevos valores al internalizar y definir situaciones que antes tenían otra caracterización. Cuando algo se hace cotidiano es porque perdió el tabú y tiene una dimensión diferente.

Es cierto, también depende del grado del cultura y clase social de todos, el mundo ñeri, no es el mundo Netflix, pero tampoco es el mundo clases medias y tampoco el mundo del Uruguay profundo, menos aún el del territorio fronterizo donde se construye un idioma-cultura propio. A todos los países les sucede lo mismo, en menos de cien kilómetros las palabras cambian en casi todas partes del planeta (y en menos distancia también).

Lo mismo sucede con el spanglish en buena parte de la cultura latina con Estados Unidos, y los propios estadounidenses aceptando de buen talante la carga aluvional de lo latino.

Los adultos tienen tendencia a no abrirse al formato idiomático de las nuevas generaciones: hacen mal, así se aíslan y terminan por no entender lo cotidiano que los rodea. No se trata de ser focas aplaudidoras ante todo lo nuevo, pero si tener la cabeza abierta para entender lo que está pasando a nuestro alrededor. O de lo contrario mirar desde la ventana como pasa un mundo que no se logrará comprender. Esa es una forma de morir.

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