COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | Con los glúteos no alcanza

En este país, todos los partidos políticos han cobrado algún correctivo electoral en sus glúteos. Duele, quedan algo irritados. Pero pasa. 

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

En 1120, un montón de ratones y un conjunto de orugas fueron excomulgados por un obispo. Durante el año 1404, tres cerdos fueron sacrificados y sentenciados en Borgoña por haber matado a un niñito en su cuna. En 1499, en Beauvais, se le quitó la vida a un toro por haber embestido a un joven adolescente y matarlo. En 1917 una elefanta de circo -llamada Mary- fue colgada con una grúa (al estilo iraní actual) por matar a su domador y semejante “crimen” se castigó de semejante forma aleccionadora. Si miran la nota en Infobae -que suministra estos datos- verán que resulta complicado colgar una elefanta. Pero eso es lo que hicimos toda la vida los humanos: matar, castigar y usar el poder que tenemos como supuestos dueños del planeta (¿creíamos que un cerdo entendía una sentencia?). El ser humano es despiadado con los animales y hasta hace poco tiempo creía que los tenía que castigar porque consideraba que si se portaban mal comprenderían el castigo.

Por eso, inicio desde este lugar (delirante) nuestra conexión dominical para afirmar —veamos si puedo conectar las dos ideas— que en tiempos de ira y extremismo mental como el de la presente campaña política oriental (la guerra civilizada) conviene estar mansos, no putear al pariente que dice boludeces los domingos en medio de los ravioles sobre la política local, hacer yoga ante la chotez que hay que oír en la oficina acerca de tal o cual candidato y sencillamente no ingresar en la polémica con amigos. Porque no se trata de grieta, sino de escupitajos en lo que podemos terminar si nos dejamos llevar por la pasión política (“Prohibido salivar” decían los bondis).

Digamos la verdad: hay gente que nos saca de casillas, ¿pero qué hay que hacer con ellos? Nada. Ningunearlos. No darles un centímetro de bola, dormirla como hacía yo cuando jugaba al billar. Lo mismo hay que hacer con algunos discursos algorítmicos, psicóticos y llenos de excremento que buscan la reacción del otro. ¡El discurso cliché yo sé que nos saca (la callaron a Gra)! Sin embargo, me como toda la papita. ¡Esta vez los boludos nos borramos! ¡Te dejamos en el estrado con todas las luces para vos y sacá a luz toda tu verborragia sesentista, que abajo te miramos calladitos esperando el turno con la urna cerquita!

“De chiquilín te miraba de afuera” dice el tango, “como a esas cosas que nunca se alcanzan…” Mejor olvidar y pasar la hoja. No me puedo quedar en la imagen de lo bestial de los humanos con los bichos (reconecté con la idea disparadora) porque tenemos que salir de la lógica que “todo se puede”. No adorados, no todo se puede, sorry. No se puede juzgar a los animales como si fueran humanos, y no se puede dialogar con humanos cuando tienen reacciones de animales. Si la gente es puro instinto, bestialidad, reacciones de odio y asuntillos así, estamos fritos, no hay solución.

Para los sensatos: cuando desalojan a un gobierno, la gente sabe lo que hace, puede que no tenga todo claro, pero cuando le meten una patada en nuestra zona blandita -al que se la embocan- es porque lo quieren embocar. Y en este país, todos los partidos políticos han cobrado en sus glúteos algún correctivo que otro (electoral, digo). Solo el gobierno se estrenará en pocos días en semejante menester ofreciendo sus bellas nalgas. Duele, quedan algo irritadas pero pasa con el tiempo. No digo que se acostumbrarán pero es parte del asunto: respetar esa libertad del pueblo.

La democracia es tan generosa que permite en cinco años volver a ofrecer los glúteos. A veces es todo lo que se tiene para ofrecer, y qué sé yo, la vida es tan rara que más de uno se ha colado solo con ese aporte “patriótico”.

Sería hora de ir pidiendo algo más. Da toda la impresión que eso no es demasiado. ¡Salud! ¡No calentarse que largum vivirum!

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