COLUMNA — CABEZA DE TURCO

El odio nos va a enloquecer a todos

Washington Abdala

odio
Foto: Pixabay. 

Se empieza a llenar de gente odiadora la política. El odiador no es el que dice una frase filosa. Menos quien “punchea” una respuesta de coyuntura, o el que ladra un poco para que lo levante algún medio de comunicación. Esos personajes son retóricos de la actualidad, discutidores, contestadores de momentos o debatientes de tertulias de café. No matan a nadie. Si estuviera Sócrates vivo, reclamaría por una mayor presencia de ellos, dado que mantienen presente “el debate”. No me refiero a ellos.

Los odiadores y las odiadoras son personas que vienen con un rollo interno desde hace años, y la política les viene a como anillo al dedo para desplegar sus furias, broncas, iras y animadversiones contra un enemigo que disimulan de “adversario” al que hay que repudiar sea como sea. Son gente que esconde su sentido tóxico con la construcción de una épica de la confrontación a la que supuestamente adornan con chirimbolos principistas (como ponemos las bolitas del árbol de navidad, para engañar nomás) cuando en realidad odian. Salado.

O sea, hay mucho odiador y odiadora que se considera a sí mismo un personaje generoso o magnánimo. Un raye excelso y un cinismo al que hay que estar atentos por lo que trae consigo: el engaño.

Pongamos ejemplos de diversa índole, pero genéricos para que nadie se ofenda, igual se entienden. Cuando un protagonista (o una) levanta la voz y descarga alardeando felicidad cuando a otro le sucede algo malo, cuando al otro se lo agravia, cuando se lo ridiculiza, cada situación deberá analizarse por separado y se verá cuando hay odio o no. El ciudadano que está atento lo capta de manera inmediata y sabe cuándo se pasa la raya. Esto es automático, excepto en el territorio del humor. En la vida real, todo el mundo sabe cuando hay derrape odiador.

Por estos días, el WhatsApp es el reinado del odio. La gente se pasa mensajes propios o ajenos donde siempre aparece alguno “odiando” a otro de manera increíble. He sentido lo que se parecen a conversaciones privadas, a mensajes políticos a nivel de zócalo, a personas que se quejan del “No Estado” de manera que jamás lo harían ante un fiscal (teniendo razón), se me plaga el teléfono de fotos que muestran la discriminación (y el odio) a lo diverso de manera delirante, en fin, odio en su versión más palpable y abierta. Curiosa paradoja, pensé (una vez más me equivoqué) que las redes sociales lo mostraban todo pero el WhatsApp (no la considero una red como las demás) muestra lo increíble, viraliza a una velocidad fulminante lo que es un off the record y aparecen allí grabaciones que son de una violencia inusitada. Claro, una vez que emergieron, y ahora que los medios de prueba son valorados de forma tan abierta por las justicias y las fiscalías del mundo (lo que está perfecto, si querés que algo no se sepa, no lo hagas, decía mi abuelito) todo cambió. Se habla de todo y todo queda registrado.

Es la posverdad pura.

A mí me parece que el odio tiene sus momentos malditos y que las sociedades tienden a rechazarlo cada vez más, por eso las gentes que se paran en los púlpitos de lo que sea, y levantan el puño, te miran con ojos coléricos, y te intimidan con sus elocuencias iracundas, esos, me parece, son los que el gran colectivo deja por el camino. Terminan en sus “sectas”, pero la mayoría los borra.

Miren el documental Al filo de la democracia en Netflix, que es sobre Brasil. Es un documental tendencioso pero útil. Deja claro que los pueblos cuando ingresan por el camino del conflicto y el odio, con sus líderes políticos a la cabeza inundados de corrupción sistémica, más temprano que tarde terminan mal. No tiene misterio el asunto, en ciencia política decimos: “Es cuestión de tiempo”.

Y en Uruguay o rebajamos un cambio o el odio que anda por allí nos va a enloquecer. ¡Agua va!

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