ROBERTO SUÁREZ

"Todo está cargado de risotadas y tragedias"

El actor, director, dramaturgo y cineasta repasa una vida dedicada a la actuación en general, mientras prepara lo que será su futura gran apuesta sobre los escenarios.

Roberto Suárez, la magia detrás de la maquinaria de ficciones.

Siente una enorme fascinación por lo que pasa detrás del escenario. Cree que hay un momento mágico cuando, con el telón aún abajo y a oscuras, pasan cosas mientras la sala se va llenando de público. Tal vez porque desde allí se "oyen" los engranajes de esa maquinaria de ficción que es una pieza teatral.

Roberto Suárez (48), actor, director, dramaturgo y también cineasta, ha dedicado su vida a las artes escénicas. Es raro que en una charla Suárez utilice la primera persona, alude a su grupo de actores en forma casi permanente.

Recibe a Domingo en una mesa del Bar 36, en la esquina de Maldonado y Convención. "Esto es casi como mi casa", dice. Y, de hecho, cada tanto lo saluda algún vecino de la cuadra. Allí suele repasar sus apuntes, o los textos en los que esté trabajando para el proyecto de turno. Un poco después irá a los ensayos, y luego a dar clases. Esa es su rutina, a lo que suelen sumarse las funciones o las horas de rodaje si le toca estar en alguna producción audiovisual. Al cabo de la jornada volverá a casa con su compañera Valentina y su hija de dos años, Nina, a la que suele cuidar por las mañanas.

Roberto presentó el año pasado su única película, una obra que le llevó casi dos décadas rodar y producir, Ojos de madera. Todavía no se anima a verla como un simple espectador. Y, de hecho, está demasiado ocupado en sus próximos proyectos como para darse una hora libre y sentarse a ver ese filme que tantos trabajos le hizo pasar.

Desde siempre.

Roberto Suárez cree que siempre supo que iba a ser actor. Aunque mientras era un niño no tenía demasiada idea de qué se trataba, ya le encantaba disfrazarse y, de algún modo, todos los juegos que inventaban se parecían mucho a un improvisado teatro.

En la casa familiar estaban sus padres y sus dos hermanas mayores. Vivían en un apartamento del Reducto y Roberto pasaba las horas jugando solo.

De aquellos tiempos también recuerda la vieja casona de su abuela, llena de muebles antiguos y olor a humedad. Y las ocurrencias de su abuela, tan parecidas al realismo mágico. "Si caminás para atrás le vas a pisar el pelo a la Virgen", le decía. O cuando le señalaba que el "día de brujas" (para ella era el 21 de junio, el día del solsticio de verano en el hemisferio Norte) no debía romper la cáscara de un huevo, ya que en caso de hacerlo las brujas utilizarían esas cáscaras para "navegar" a sus anchas por la casa.

"Todo esto hacía un universo hermoso, plagado de fantasías", recuerda Roberto. Tal vez haya mucho de esa infancia en la historia que narra en Ojos de madera, protagonizada por un niño de 11 años, huérfano a causa de un accidente, y atormentado por terribles visiones.

Roberto creció pero su pasión por eso parecido a la actuación no lo abandonó. En el liceo no perdía ocasión de participar en obras de teatro. A los 17 ya sabía cuál era su vocación.

Una de sus hermanas le avisó que la escuela del teatro La Gaviota abría inscripciones y Roberto no lo dudó. Allí aprendió el oficio junto a grandes maestros, como Luis Vidal o Berto Fontana, entre otros notables artistas nacionales. Y allí también conoció a César Troncoso, con quien construiría un dúo que edificaría el inicio de su carrera.

"Era una experiencia muy emocionante, era muy divertido. La gente respondía de todas las maneras posibles, pasó desde que les vino como una pasión a algunos espectadores que se querían sacar la ropa en una suerte de delirio colectivo, hasta empezar a actuar y cuando aún no dijimos la primera palabra, alguien del fondo decía: son espantosos", recuerda.

El dúo Suárez-Troncoso actuó en los lugares más inesperados, como un local bailable de música tropical con un público de mil quinientas personas. "Nos querían limpiar", dice a las risas.

Con Troncoso continuó trabajando más allá de esas propuestas, en algunas de las primeras obras que le tocó dirigir. Lo hizo en Rococó Kitsch o El bosque de Sasha, por ejemplo. Poco después Troncoso comenzó a hacer más seguidas sus participaciones en cine, hasta que su carrera lo llevó hasta la televisión brasileña donde ha cosechado éxitos hasta ahora. Y esto comenzó a alejar a los amigos que, de todos modos, siguen viéndose de tanto en tanto.

Para Roberto no hay contradicción entre la amistad y la dirección, incluso prefiere una relación amistosa cuando le toca ejercer la dirección de una obra. "De hecho, en el grupo que trabajamos ahora, que se llama El Pequeño Teatro de Morondanga, somos todos amigos, con algunos hace más de veinte años que trabajamos juntos, entonces nos conocemos, charlamos, profundizamos entre nosotros, vemos hacia dónde se debe dirigir la búsqueda", apunta.

La investigación en la preparación de una obra es la parte que más disfruta, casi a la par con la misma actuación. Roberto cree que los mayores esfuerzos investigativos estuvieron volcados a una de sus obras más ambiciosas: Bienvenido a casa. El proceso de investigación previo le llevó al grupo más de dos años. Esta obra estrenada en 2012 estaba compuesta por dos episodios realizados durante dos días consecutivos, de modo que el espectador tenía una suerte de primera versión que, en buena medida, resultaba contradicho en la segunda. "Esta obra trata mucho de la subjetividad, sobre cómo vemos una cosa y la damos por cierta, y nos colocamos en otro lugar y se transforma", explica el artista.

Roberto y su grupo están embarcados ahora en un nuevo proceso de búsqueda, que los ha llevado a hablar con especialistas para abordar el tema de las fobias. Pero su rigurosidad los llevará de viaje en pocos días, ya que debido a que alguno de los personajes de la obra es argentino cruzarán el charco para "recoger el habla" de los porteños.

Aunque la marcada tendencia a la experimentación podría emparentarlo con el llamado "teatro del absurdo" —creaciones en boga entre las décadas de 1940 y 1960, con Samuel Beckett y Eugéne Ionesco entre sus máximos exponentes—, Roberto Suárez prefiere no encasillarse allí.

—¿Te gusta trabajar con el absurdo?

—No trabajo exactamente el absurdo, sino que trabajo el humor y la tragedia en simultáneo. Vos podés estar sintiendo una enorme emoción pero inmediatamente después te vas a reír. El teatro es absoluta contradicción, tiene que haber conflicto constantemente, ya sea de acción o de concepto, o de subtexto, o de palabra, de clima. Todo está cargado de risotadas y todo está cargado de tragedia, incluso en la vida misma, creo que ese es el eje del teatro, siempre está en un doble juego, porque quizá la vida tenga algo de esto. Nunca reaccionamos como lo imaginamos en forma natural; si hay un accidente a vos te puede venir un ataque de risa, no necesariamente te vas a tirar al piso a llorar. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar alguien ante un fenómeno. Y eso es lo que hace atractivo el teatro. Hay aspectos del teatro que toman cosas de la vida de las que poco se hablan, el teatro exacerba los sentidos del espectador. Si vos vaciás un escenario de actores y dejás al público, y ocurrió una escena contundente antes, esa energía queda en el escenario, hay una transmisión energética, no mística, esto es real.

Además de su experiencia en cine, Roberto Suárez tuvo también su pasaje por la ficción televisiva. En el ciclo Somos, que se exhibió en Canal 10, al actor le tocó encarnar al detective de la ficción Cadáver se necesita, basado en una novela de Milton Fornaro. Recuerda con cariño esta experiencia, pero a la vez le hizo ver con mayor claridad que sus preferencias siguen estando por el teatro, por encima de todas las demás disciplinas.

A tal punto llega su pasión por las tablas que, junto a su grupo, están levantando desde los cimientos una nueva sala teatral, un proyecto que de aquí a un año esperan ver completo. Y con él las nuevas obras en las que están trabajando.

La película "maldita"

Ojos de madera
Ojos de madera

Ojos de madera es una película de apenas 65 minutos. "Si seguíamos cortándola se convertía en un corto", apunta Roberto Suárez. Comenzó a escribirla cuando tenía 25 años. "Por aquel entonces yo estaba muy enroscado con el tema del doble, un amigo psicólogo me acercó un texto de Freud, Lo ominoso, que hablaba del tema", recuerda. El trabajo analizaba un cuento fantástico de E.T.A. Hoffman, El hombre de arena. En ese entonces estaba leyendo el Pinocho de Carlo Collodi. Y el tercer ingrediente que desencadenó la fantasía del autor fue su propia experiencia. "Fui a un cumpleaños infantil de un sobrino y allí estaba un payaso en un rincón, tomando whisky, ya había actuado, pero era una imagen muy decadente. Todo ese combo me llevó a imaginar esa historia", comenta Suárez. El accidentado proceso de filmación llevó casi dos décadas. "En el transcurso murió gente relacionada con el elenco", apunta. Los tropiezos se fueron sucediendo uno tras otro al cabo de todo el rodaje. Sin embargo el trabajo de posproducción, montaje y edición fue el más largo de todo el proceso. "Todos los días cambiábamos algo", dice. Aunque ya se estrenó y tuvo buena crítica, Roberto aún no se anima a verla.

SUS COSAS.

Series. "Cada capítulo de una serie es como una película, algunas me resultaron fascinantes", confiesa Roberto Suárez. La serie Mindhunter y su secuela Mindhunter: Unabomber, ambas por Netflix,son el ejemplo del tipo de realizaciones que más le gustan.
​La Celeste. Roberto no es hincha de ningún cuadro en particular, pero le gusta ver y escuchar partidos del campeonato uruguayo durante los fines de semana. No se pierde ninguno de los partidos de la selección celeste, de la que sí se declara abiertamente hincha, y grita los goles como cualquier uruguayo que se precie.
​La cocina. "Me gusta cocinar, por lo general en casa cocino yo", asegura. Su preferencia va por los pescados y mariscos, "por lo general me quedan bien", dice. Con sus amigos y compañeros del teatro Morondanga son de juntarse a comer. "También me encanta hacer asados", apunta.

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