FESTIVAL DE CINE CHINO EN MONTEVIDEO

Siete películas en siete días con lo mejor de China

Jean Jaques Annaud y Chen Kaige fueron los directores más esperados. Ambos tienen películas prohibidas en China continental.

película El último lobo
El último lobo, de Jean Jacques Annaud

El Festival de Cine Chino que se realizó en Montevideo en los meses de agosto y setiembre en las salas de Movie puso sobre la mesa la relación entre dos países, pero sobre todo entre dos culturas.

China ha sido desde comienzos del siglo XX un gran productor de películas, directores, actores, técnicos, mientras que Uruguay carece de esa tradición, aunque posee una que los chinos no tienen: tradición crítica. Nombres como Emir Rodríguez Monegal, Arturo Despouey, Homero Alsina Thevenet o Jorge Abbondanza elevaron la crítica de cine al nivel de arte, obteniendo reconocimiento internacional (Andrew Graham Yooll contaba que la sola mención del nombre de Alsina en el British Film Institute provocaba en los presentes una leve reverencia).

La crítica, sin embargo, no es bienvenida en China, a no ser que sea funcional al poder. Este es un punto clave en los vínculos entre ambas culturas, la china y la uruguaya, y remite a la cultura política.

Mientras que China se construyó en términos políticos desde arriba, con el rol milenario de la autoridad dictando hacia abajo —sea el Emperador o el Partido Comunista actual—, Uruguay se construyó con una cultura política que fomentó el poder desde abajo, el poder ciudadano. De la verticalidad china a la horizontalidad uruguaya hay un trecho, y en lo que concierne al cine, más. El Estado chino ha contado siempre con un primo obediente y algo rústico: el censor. Toda obra de arte producida por artistas talentosos tiende a ser crítica del poder, de una u otra forma. En cine más, por su razón social. Encaminar esas obras para que no se “desvíen” y sean funcionales al poder, al Estado, a los símbolos absolutos que lo sustentan, es toda una tarea. China tiene una larga tradición en ese sentido. Pero también posee una tradición de realizadores talentosos, apasionados con su creación. Lo que plantea un conflicto.

El Festival trajo de todo, y fue muy enriquecedor. Siete películas en siete días hablaron del poder y de la gente común, de su sufrimiento y sus alegrías, de las frustraciones y los sueños, de los símbolos que los guían y de los profundos cambios que está viviendo la sociedad china. Y es fundamental, sobre todo en este momento histórico, porque China es el principal socio comercial de Uruguay.

El vínculo comercial entre las naciones es, quizá, el más enriquecedor y pacífico de los vínculos que las comunidades pueden establecer (Aldo Mazzucchelli dixit) y más hoy, en esta era de bombas. El Embajador de la China en Uruguay, en la apertura del Festival, señaló la importancia de este tipo de eventos culturales porque permiten conocernos, conocer al otro. También recalcó, sonoramente, que China tiene 1.400 millones de habitantes. No hizo falta decir que Uruguay tiene tres. La percepción que los chinos pueden llegar a tener de los uruguayos está siempre definida por la escala. Este cronista, hace veinte años, recorrió un sector de la gran muralla China junto al arqueólogo jefe de ciertas restauraciones, buscando auténticas murallas Ming sin tocar. Al final del recorrido él se interesó por Uruguay, su cultura, hasta que preguntó por la población. “Tres millones”. La traductora trasladó la cifra al mandarín. El arqueólogo no entendió, y mencionó un error de traducción. La traductora confirmó el dato. El hombre quedó en silencio, desconcertado, con la mirada perdida. La traductora también.

Dos nombres llamaron la atención, el del director francés Jean Jaques Annaud con su película Wolf Totem (2015, El último lobo) y el del chino Chen Kaige con Caught in the Web (2012, Atrapados en la red).

Annaud ya había enamorado a las audiencias del mundo con Siete años en el Tibet (1997), película que relataba la historia del alpinista austríaco Heinrich Harrer (interpretado por Brad Pitt), que quedó atrapado en el Tíbet mientras ocurría la Segunda Guerra Mundial, él procesaba su nazismo y su forma de percibir al otro, al nativo, y terminó siendo amigo del Dalai Lama y testigo de la anexión china del Tíbet (1950). Esta película fue prohibida en China, y lo sigue estando, al igual que otra de Annaud, El amante (1992), basada en un libro de Marguerite Duras y con una inolvidable Jane March en el papel de la amante europea. Cabe preguntarse cómo un director prohibido en China termina siendo contratado para una superproducción de grandes estudios chinos, para filmar una historia en China continental.

A Annaud lo fueron a buscar, a París. Los productores chinos lo querían para adaptar al formato cine el libro de dos investigadores chinos que vivieron muchos años en Mongolia interior, establecieron un vínculo profundo y enriquecedor con la cultura local, pero sobre todo con el lobo, el gran enemigo de la estepa, un animal cargado de un simbolismo poderoso, pero que también puede ser mortal. A los chinos les interesaba la forma cómo Annaud se había vinculado en su carrera a lo asiático, y su registro de los animales. La pregunta es cómo sabían esto, en un país que prohíbe sus películas. Muy simple: la población no tendrá acceso, pero los realizadores y productores ven todo lo que el mundo produce como parte de su formación.

Annaud desembarcó en las vastas llanuras verdes de Mongolia con 480 técnicos básicamente chinos, 200 caballos, 1.000 ovejas, 50 adiestradores de animales, guardias armados y granjeros del lugar. El equipo se completó con el fotógrafo Jean-Marie Dreujou, el compositor musical James Horner, el editor Reynald Bertrand, y el guionista Alain Godard. La intensa y cambiante luz planteó desafíos a los fotógrafos. Las escenas de alto riesgo también, como una corrida desenfrenada de 200 caballos perseguidos por 25 lobos en medio de una fuerte ventisca, filmada desde un dron. El director apeló a las imágenes generadas por computadora sólo para ciertas escenas, o para mejoras en la post producción, pero cuando debió recrear lobos digitalizados, el resultado no fue feliz. Los dos protagonistas chinos, Chen Zhen y Yang Ke (interpretados por Feng Shaofeng y Shawn Dou), logran que sus personajes crezcan a lo largo de la película, tanto en su vínculo con el otro, el local, como con los lobos. Ambos representan a la civilización enfrentada a la barbarie, lo racional contra lo místico, tradicional (de hecho son voluntarios enviados allí durante la Revolución Cultural). Fue, quizá, la mejor película que se vio en este ciclo montevideano, con muchos elementos que remiten a la legendaria Danza con lobos (1990), protagonizada por Kevin Costner.

Otro que vio todo el cine extranjero que había que ver fue el director Chen Kaige, que llegó con la película Caught in the Web. Es, hoy, uno de los viejos directores de China, de respetada y reconocida trayectoria, premiado en Cannes en 1993 con la Palma de Oro por Farewell my Concubine, película que fue prohibida en su país. La trayectoria de Kaige habla mucho del vínculo entre el cine chino y la censura. Pertenece a la llamada Quinta Generación de realizadores, la primera tanda de 153 egresados de la Beijing Film Academy luego de que esta fuera reabierta en 1978. Años antes Kaige había sufrido en carne propia los rigores de la Revolución Cultural, incluso fue obligado a denunciar a su padre. Es considerado lo mejor de esa tanda junto a Zhang Yimou (que debió vender su propia sangre para comprar una cámara). Las películas Tierra amarilla (1984) de Kaige y Sorgo rojo (1987) de Yimou los consagraron frente a las grandes masas de espectadores chinos y del mundo.

Caught in the Web es la historia de una chica que recibe una terrible noticia: tiene un cáncer terminal. Sube luego a un ómnibus, tiene una actitud muy descortés con un anciano, otro pasajero la filma, sube la filmación a las redes, y pasa a ser la peor mujer del planeta para todos los chinos que están en redes sociales. La cuestión de la invasión a la privacidad de las redes sociales en China queda planteada, tema que transcurre por debajo de una historia tratada de forma liviana, sin profundizar en los personajes, por momentos en tono de comedia. Lo que queda, sin embargo, es el lado oscuro de Internet, que también cunde en China y de forma cruel. Es también una película urbana, opuesta al clima de la Mongolia de Annaud, donde la vida es precaria, imprevisible y no existe el consumo de bienes. En Caught… abundan los Mercedes Benz, BMW, Rolls Royce y Bentley’s, sabemos cómo viven los multimillonarios en China, con ese tono kitsch que busca imitar el consumo extremo de los nuevos ricos occidentales. Este despliegue es, acaso, una alegoría deliberada del director para mostrar la cara luminosa pero vacía y moralmente cuestionable de la sociedad china actual. La Quinta Generación tiene una gran tradición en el uso de alegorías para zafar del primo censor.

Las cinco películas restantes plantearon cuestiones variadas, con diferente nivel de profundidad. La más impactante es Aftershock (2010), del director Feng Xiaogang, que trata en tono cine catástrofe el desarrollo y los efectos posteriores del terremoto que afectó en el año 1976 a la región de Tangshan, quizá el más letal que ha afectado al planeta, pues mató a 240.000 personas. La trama cuenta la tragedia de una familia separada por los efectos del sismo, con el protagonismo del Ejército Popular Chino en el salvataje de víctimas y posterior recuperación del desastre. No se mencionan las críticas que sufrieron las autoridades, que habían sido alertadas, ni la precariedad de la infraestructura, que terminó siendo una trampa mortal para miles. Xiaogang tiene como antecedente otra megaproducción que fue éxito de taquilla en China, 1942 (2012), con estrellas occidentales y locales (Adrien Brody, Tim Robbins) relatando la hambruna que afectó a la región de Henan durante la Segunda Guerra Mundial y que mató a tres millones de chinos. El director ha recibido el apodo de “Spielberg chino”, y también ha tenido sus desavenencias con la censura. En 2014 fue noticia cuando, en una ceremonia de la Asociación China de Directores de Cine trasmitida por televisión, siendo presidente del jurado Xiaogang se negó a otorgar los premios a Mejor Film y Mejor Director diciendo que “ha llegado la hora para que nosotros encontremos nuestra razón de hacer películas y lograr que el arte sea el corazón de nuestro cine”, lo que se interpretó como una crítica velada a la censura oficial.

De las otras cuatro, The Nightingale (2013, dir. Philippe Muyl), apoyado en equipo técnico francés, narra la peripecia de un anciano que vuelve a su pueblo natal en el campo acompañado a desgano por su nieta, una consentida de ciudad con ipad a cuestas. El contraste entre lo urbano y lo rural, y el vínculo de ambos protagonistas con la naturaleza, es de una belleza y encanto poco común, acercando al espectador a la armonía de las cosas simples. Miss Granny (2015) del director Leste Chan nacido en Taiwan, es una remake de un éxito surcoreano donde una anciana de golpe rejuvenece y todo vuelve a circular en su entorno con singular vigor, en tono comedia. Go Away, Mr. Tumor (2015, dir. Yan Han) es una comedia sobre la agonía de una enferma terminal de cáncer, un linfoma no-Hodgkin, en tono hiperactivo e hilarante, con la ayuda de una actriz como Bai Baihe capaz de mantener ese ritmo a lo largo de todo el film, con momentos disparatados, de humor descacharrante, y otros donde la reflexión frente a la muerte se transforma en lección de vida (“no sabemos cuándo vamos a morir, pero sí podemos vivir al máximo cada día” dice la actriz).

El Festival abrió con la película Cableway Doctor (2012, dir. Len Xianhe), basada en la historia real del médico rural Deng Qiandui y su trabajo diario en el área del río Un Jiang. Es una película paradójica, poderosamente humana y a la vez propagandística, tanto que al final le puede chocar al espectador uruguayo. Deng sacrifica mucho de lo personal y familiar para no abandonar a los habitantes de la zona en manos de los curanderos místicos. En la ciudad podía multiplicar sus ingresos. Opta por seguir asumiendo día a día los riesgos de cruzar el río en un cable carril casero. La película cierra mostrando el puente que se construyó en lugar del cable, rodeado de cientos de banderas rojas, y describe también en off la implantación en la actualidad de un sistema de médicos rurales para toda China, muchos años después de Deng.

Un buen complemento para quienes se acercaron a ver este ciclo (un promedio de 60, 70 espectadores por exhibición, siempre variado) es el libro que circula en librerías del uruguayo Nicolás Santo, "Un tango con el dragón" (Aguilar, 2018), relatando su vida en China con una mirada lúcida e inteligente, pues hace muchos años que trabaja allá y conoce infinidad de sutilezas que en Uruguay se ignoran. Es un libro escrito para uruguayos, como este Festival, pues ayuda a conocer al otro y, por lo tanto, a definir mejor nuestro propio lugar en el mundo.

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