Con Mario Bellatin

Los perros salvajes de Etchepare serán novela

Autor mexicano formado en Perú, habla desde Lima de su creación literaria y del libro en el cual está trabajando, donde refiere la historia de los pacientes atacados por perros en la colonia psiquiátrica uruguaya.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Mario Bellatin

Publicó este año en Uruguay la novela El perro de Fogwill (Criatura), y antes había publicado en este mismo sello editorial El libro uruguayo de los muertos (2013) y El hombre dinero (2014). Acaba de reeditarse en México su novela publicada hace 20 años, Salón de belleza, actualizada por el propio autor. Participó de la Feria del Libro Lima Norte (Felino), donde se mostró esperanzado de participar de un espacio que acoge la lectura y a nuevos lectores. Testigo como fue de los cambios sustanciales que se dieron en esta zona de Lima, pues vivió algún tiempo en Perú, está convencido de que la feria debe ir acompañada de la “construcción de un imaginario” que tome distancia de lo que es la Lima oficial y “su literatura”. Anclados en un no lugar en la mesa de un bar, comenzamos un no diálogo.

—¿Vivir es un acto trágico o una forma de hacer arte?

—La escritura no acaba ni termina en el papel. Es la punta del iceberg. Valoro a la gente que considera su vida como obra de arte, demostrando una entrega total. Los autores que más nos interesan son aquellos que han confundido su escritura con su vida, aquellos que no saben dónde empieza la una o la otra. Pero pensar que cada acto de tu vida es una obra de arte es un disparate.

—Cuando escribes, ¿a quién te diriges?

—A mí. Escribo porque tengo que escribir, no sé por qué y no quiero saberlo. Me someto a un estado esquizoide para estar en la mente de quienes leen para seguir escribiendo.

—No sabes si tu escritura proviene de una necesidad interior o de una forma de goce y deseo de mostrar una historia.

—La escritura incluye el goce, el no goce, el repudio, las ganas, las no ganas, el amor, todo. Es un magma lleno de contradicciones. Escribes desde el acto mecánico de escribir, esa es ya una necesidad. Soy testigo de mi propia escritura y, como tal, debo descubrir de qué se trata mi obra, y qué es lo que la hace propia. Debo respetar las reglas que la escritura va proponiendo. Lo que vas a decir no lo puede decir nadie, y a partir de esa utopía de engañarte a ti mismo es que construyes los textos. Cuando alguien reconozca un texto tuyo sin saber quién eres, en ese momento has logrado algo. Buscamos estar lejos de un estándar. Por ello me da miedo la escolástica de la literatura.

—¿Por eso tus libros son tan distintos entre sí?

—No sé si sean distintos. Lo que intento es emprender un reto diferente cada vez, pero trato de hacer evidente que se trata de la misma escritura. Mis libros son plataformas para que el lector construya lo que quiera, haga una película o una obra de teatro.

—¿Qué hace que una historia te fascine y quieras hacerla propia?

—No me fascina ninguna historia. Lo que me fascina es el acto de la escritura. El hecho de enfrentarme a una nada. De pronto, dentro de ese todo, aparece una historia. El texto va más allá de esta, es un tono, un susurro. Luego, lo transmito. Necesito tener el espacio para llenarlo de escritura, para que esta se vaya de mí. Mi interés no está en que se publique la obra, sino en seguir escribiendo.

—¿Un proceso parecido al de la plástica o el arte escénico?

—No, porque yo tengo el tiempo de volver al texto. El lector no lee lo que yo escribí. El texto pudo nacer de fragmentos pero hay que hacer creer al lector que lo que uno escribe se concibió como aparece en el papel. No hay nada improvisado, hay procesos de corrección y de “desescritura”. Lo más difícil es decidir qué queda o qué no queda. Hay que matar el mito de la página en blanco, y también hacer a un lado eso de la imaginación desbordada, del lenguaje poético o de los personajes que cobran vida. Eso impide la creación de una voz propia. “Aprender para aplicar”, eso no funciona. Hay una idea de lo que deben ser las cosas y ese es el peor daño que se hace a la literatura, porque un libro es un milagro. Lampedusa no fue escritor y precisamente por eso El gatopardo fue una obra maestra. Las corporaciones editoriales tratan de estandarizar los gustos y acallan estos milagros.

—En Salón de belleza, tu personaje está al límite de la vida, cercano al final y toma decisiones de acuerdo con su condición. ¿Cuál es tu relación con la muerte?

—Viviendo en México, la muerte es muy cercana. Imagínate en el Perú, donde ha estado tan presente. La asumo como una vida paralela. Soy un vivo muerto. Creo mis propias reglas, me considero un hombre-escritura. La muerte es la antelación de un mundo paralelo en el que seguiré escribiendo. Y esta es una idea mística que nada tiene que ver con la reencarnación. Llegará un momento de verdad cuando lleguen los partes médicos.

Salón de belleza tiene más de 20 años. Me parece, además, que se ha hecho una película sobre ella.

—Hice una película casera sobre Salón de belleza con chicos de 18 años y con un concepto de “cine en vivo”. No se puede proyectar la película sin mi presencia. Hay otro proyecto para Hollywood, del que no quise participar, mas sí di autorización para que lo realizara el italiano Andrea Pallaoro, director de Medeas. Esto empezaría el próximo año.

—Y en Jacobo el mutante sondeas el pensamiento judío y tocas temas como los cambios, el tiempo, la degeneración. ¿Es inevitable vivir una vida que no se escogió?

—Puedes no elegir la vida pero la construyes. Mi vida es rigurosa, sigo cierta disciplina. Hubo un tiempo en que estaba “enfermo de escritura” y me tuve que domesticar. Sentía que iba a llegar a un aniquilamiento.

—Tienes libros en los que abordas la atmósfera y las texturas de la literatura japonesa.

—Son máscaras para un no tiempo y un no espacio. Admiro mucho a los narradores del siglo XX del Japón en cuyos libros colisionan la tradición y la modernidad: lo oculto, la vergüenza, el perdón. Por ello no entiendo el endiosamiento de Murakami. Otra máscara es la del pensamiento judío en Jacobo el mutante, que se inspira en la lectura de Joseph Roth, el último escritor jasídico y creador de narraciones tutelares y genésicas que llevan al absurdo. En la nueva versión, Jacobo reloaded, incluyo un texto en el que explico por qué escribí el libro.

—En Poeta ciego, por ejemplo, recurres a la figura de las sectas, del fanatismo, del sadismo, la perversidad y la locura.

—Es una lectura sobre Sendero Luminoso, fue mi respuesta al tema. La generación de la violencia dentro de la literatura peruana fue inmoral, porque no hubo distancia. Se representaba como en un circo. Se lucraba con la muerte de tus amigos durante la época de mayor violencia. En Salón de belleza hablo de una peste que es el Sida. Sin embargo, no quise hacer mis libros coyunturales. Se acaba esa realidad y muere el libro.

—¿En qué trabajas ahora?

—En publicar Salón de belleza libre de derechos. Otro libro en el que trabajo es sobre un diálogo entre dos hermanos ciegos y sordos, a través del braille electrónico. Esto lo adapto, por una razón misteriosa, a la historia de una colonia de alienados llamada Etchepare, en Uruguay, donde existen jaurías de perros salvajes que se comen a los pacientes. La escritura es el centro de mi vida y lo demás es secundario.

(El Comercio/GDA)

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