CON ANTONIO MANZINI

Novela negra y democracia

Autor italiano exitoso de novelas policiales, afirma que hay días en que se siente tan enojado por la corrupción que no tiene ganas de escribir.

Antonio Manzini. Foto Gianni Cipriano
Foto Gianni Cipriano

Fue actor, director de cine y teatro, y también escribió novelas, cuentos y guiones hasta que decidió intentar con la novela negra, tras haber sido discípulo de Andrea Camilleri. Y no le fue mal. Va en la cuarta entrega de la saga del inspector Rocco Schiavone con éxito de ventas, y acaba de llegar la última, Sol de mayo.

De paso por Montevideo intentó explicar el por qué de este proceso.

—¿Qué busca el lector en tus novelas?

—Creo que los lectores italianos buscan alejarse de cosas angustiantes. Es una especie de distracción.

—Esa realidad angustiante es cada vez más opaca. ¿No buscan explicaciones en tus novelas? Al comienzo de Sol de mayo citas a una periodista que se queja del crimen, de la ley del silencio, y advierte sobre una posible "necrosis de la democracia". Es un tiro por elevación.

—La novela habla de poderes muy fuertes y escondidos que logran debilitar la democracia. El crimen organizado es un poder escondido debajo de otro poder. Y el pueblo termina acostumbrándose a esos poderes ocultos. Eso hace que la democracia sea cada vez más débil. No es el único poder escondido, está la mafia, la masonería, el Vaticano... hacia el final de la novela queda evidente que la justicia y la ley no toman siempre el mismo camino, y eso hace que en el tiempo la democracia se muera.

—Es tradición que la novela policial trate de "ordenar" una realidad que ha sido "desordenada" por un crimen.

El lector sabe muy bien que existe ese desorden, vive en él, pero hace como que no. Por eso creo que hoy no se puede escribir un policial puro, uno donde el homicidio es la única mancha negra. Tenemos entonces la novela negra, donde el homicidio es una mancha entre muchas otras.

—El especialista en novela policial, Ezequiel De Rosso, dice que el éxito de la novela negra en América Latina tiene que ver con el fin de la fantasía de que la sociedad civil pueda participar en el control del crimen.

En Italia no es así. Creo que la novela negra denuncia la incapacidad de reacción de esa misma sociedad civil. El lector, entonces, pone su esperanza en que el inspector pueda dar un poco de orden llevando al culpable preso, hecho que a menudo, en la realidad, se ve frustrado. Pero también me parece importante hacer una aclaración. La situación de Italia es bien diferente a la de América Latina. En Italia los golpes de Estado terminaron en 1943, y hoy tenemos un Estado que, a escondidas, apoya a las mafias para negocios internos. Los italianos nunca hemos perdido la fantasía de que la sociedad civil pueda participar de alguna manera en el control del crimen. Por ejemplo, lo que pasó con Santiago Maldonado en Argentina... eso nunca podría pasar en Italia. Entonces sí, entiendo que en determinados países la novela tenga ese rol de rebelión, de protesta. Si yo fuera un escritor argentino estaría muy enojado. Por eso sí creo que la novela negra busca despertar al público para que siga buscando democracia. Pero la novela no puede ser más que una metáfora. No puede ser una denuncia, porque entonces sería una intervención directa en la estructura antropológica del país. No hay que olvidar que una novela negra es una novela, cuenta una historia y muy a menudo más personal que social. Cuenta problemas psicológicos. Los presenta mucho antes que los problemas sociales.

GINECÓLOGO IMPROBABLE.

—¿Qué devolución tienes de tus lectores?

Están los lectores que se emocionan y siempre quieren saber más de la vida de Rocco Schiavone. Después están los lectores que son como la protagonista de Misery, el libro de Stephen King. Esos me dan un poco de miedo. La mayoría leen el libro en un día... mientras que a mí me lleva un año escribirlo. A veces también confunden un poco la vida de Rocco con la mía y mis asuntos personales. Y luego están los detallistas, con reclamos del tipo "mira que aquel edificio tiene cuatro pisos, no tres". Pero de todos modos son expresiones de amor que emocionan mucho.

—El problema de confundir realidad y ficción, algo que te debe haber ocurrido cuando eras actor.

Sí. Una vez actuaba de ginecólogo en una serie de televisión. Tres años después me encuentro en un tren hacia Génova, donde iba a grabar otra serie, y una señora me mira y me dice: "Yo estoy utilizando este tipo de crema vaginal, no sé si usted piensa que sería mejor una píldora...". Yo la miraba con asombro, y la mujer seguía: "¿Es mejor la crema o la píldora?" Yo no entendía de qué hablaba.

—El poder de la televisión...

Esto pasa en el país que tuvo a Berlusconi en el poder durante 20 años. Su poder era la televisión. Destrozó al país. Si alguien puede llegar a pensar que soy ginecólogo, cualquier cosa que diga Berlusconi en televisión será tomado como verdad.

—¿Eso no es una enfermedad?

Es una psicopatía, muy precisa.

—Situación que nos involucra a tí y a mí como comunicadores, pues deberíamos fomentar el sentido crítico en los lectores.

Mi padre me decía, cuando yo era chico: "Un libro siempre tiene que ayudarte a ser crítico, a desarrollar tu espíritu crítico, tiene que empujarte a hacer preguntas sobre la vida, sobre el amor, sobre todo". Respecto a la denuncia, hay una diferencia entre lo que hace un libro y lo que hace el periodismo, que es más directo, enfrentan por ejemplo los problemas de la Camorra en Nápoles. El escritor habla con metáforas, cómodo en su casa, plantea otro tipo de denuncia.

—¿Como Saviano?

Este chico pagó un precio muy caro por la denuncia que hizo en sus libros, y perdió su libertad. Vive bajo protección. Yo lo admiro porque tuvo el coraje de poner su vida a disposición de una causa. ¿Yo lo haría? No, no puedo hacerlo.

—Pero sigues con el mandato paterno.

Es lo único que logro hacer. Hay días en que uno está tan enojado que siente que es inútil hasta escribir un libro. Además hay una autoconvicción generalizada entre los escritores sobre la importancia de su trabajo. Yo en eso soy bastante escéptico. Es frustrante, pero creo que es así.

EL INMIGRANTE Y EL LENGUAJE.

—El inspector Rocco Schiavone ha trabajado en Roma, y ahora en Aosta. ¿Dónde más te gustaría que desarrollara sus casos?

—En Trieste, porque huele a límite de Europa, a Hungría, a Austria, a Eslovenia, a Ítalo Svevo, que amo mucho. Además en Trieste están un poco locos, y eso me gusta. Creo que Rocco haría muchos amigos en Trieste.

—¿Has leído novela negra latinoamericana?

—No. De todas formas creo que el rol del escritor noir es diferente en América Latina que en Europa. Creo que en América Latina la bomba social está ahí siempre para explotar. Quien escribe sobre la justicia en estos países con problemáticas sociales tan marcadas, tiene el deber ético de subrayar el peligro que corre la democracia. En Europa estamos más dormidos, es más sutil. Ahora la bomba social en Europa está con los inmigrantes. El miedo al diferente, al árabe...

—Podría estar en el argumento de una novela negra...

—Yo prefiero no tocar la temática migratoria. Un extranjero es un arma de doble filo. Podría parecer que quiero atacarlo, o terminar en una posición que no quiero. Es sutil y delicado el tema, hay problemas con el lenguaje. Hasta en el periodismo de izquierda en Italia. Cuando escriben un titular ponen "chica violada por marroquí", o tunecino, o rumano. Si es italiano, es hombre.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)

º